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Al contrario de la mayoría de las cosas que escribo, este artículo no tiene la intención de ser un desarrollo ordenado de una serie de conclusiones deducidas de una serie de premisas planteadas a su vez ante preguntas precisas. Más bien, quiero lanzar al aire, entre los compañeros y compañeras de Socialdemocracia.org, una pregunta: ¿somos demasiado tolerantes con los delincuentes?
La pregunta me la he planteado a raíz de haber visto la despreciable actuación de un niñato en los Ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya (ya ven, otro signo de que los Paises Catalanes avanzan: ayer teníamos al niñato del metro de Valencia, hoy tenemos al niñato de los FGC). Por si no saben de lo que hablo: en una grabación en los citados FGC se puede ver en primer plano a un chaval, el típico killo (traducido al madrileño: un cani), intentando sobarle los pechos a una chica inmigrante y menor de edad, acompañando el acoso con golpes, increpaciones y una espectacular patada en la cara. Vamos, violencia gratuita pura y dura. Uno ve ese video y piensa: “a este tío habría que meterle en la cárcel durante mucho tiempo a ver si se le iba la tontería”. Y esta “opinión” (en realidad, reclamo de las vísceras) no hace más que reafirmarse cuando uno se entera de que el chaval ha salido en libertad; con cargos, pero en libertad. Y atención: “yo es que iba borracho, neng”. Como si fuese la mejor de las excusas. Por supuesto, un acto de éste tipo es mucho menos condenable que la pederastia, el asesinato o el tráfico de drogas. Pero cabe no olvidar que ciudadano “normal y corriente”, el que se mantiene mal que bien dentro de los márgenes de la ley y de la inclusión social, se ve mucho más afectado por los macarras de barrio que por la Cosa Nostra. Está claro que, debido a la enorme diferencia entre el mal y el sufrimiento engendrado por una y por los otros, es prioritario luchar contra la segunda. Pero mi pregunta es otra: ¿de verdad podemos despachar alegremente la cuestión diciendo 'son cosas de crios', como parece hacer el sistema legal y penal del Estado español? Claro, a poco que se piense las dudas asaltan. Enviar a un niñato cómo este a la cárcel equivaldrá probablemente a dejarlo peor de lo que ya está, más que a ayudar a convertirlo en un ciudadano civilizado. Pero la dinámica del entrar por una puerta de la comisaria y salir por la otra en cuestión de horas tampoco parece la mejor de las opciones. Se me ocurren multitud de sanciones que podrían servir para que chicos así entendiesen algo tan obvio como que no pueden ir por la vida comportándose como les dé la real gana. Por ejemplo, un servicio comunitario obligatorio para todo aquel que cometa determinadas faltas. En todo caso, la pregunta subsiste: ¿son nuestras sociedades demasiado magnánimas con el delincuente “del montón”? Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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