| La vida bajo el patrón oro |
|
|
Es un tema recurrente, y la verdad, un poco cansino. Cada cierto tiempo, algún liberal hispánico o conservador americano tozudo (lo de "liberales" en España siempre me ha hecho mucha gracia) sale con eso que el dinero actual es usura, opresión e imposición estatal, y que lo único que tiene sentido es volver a la época donde los hombres eran hombres, los mercados, mercados y la moneda estaba anclada en trozos de metal brillantes. O, dicho en otras palabras, en una vuelta al patrón oro.
Ya expliqué por aquí el otro día en qué consiste, más o menos, el dinero qué utilizamos ahora. En el fondo, trocitos de papel que tienen valor porque todo el mundo cree que tienen valor; de un modo parecido a que todos creemos que una lechuga es una lechuga porque todo el mundo le llama así. Como comentaba entonces, esto no ha sido siempre de este modo; desde mediados del siglo XIX a los años 70 del XX, el sistema era un poco más complicado que eso.Tradicionalmente, el "hombre civilizado" (o al menos, el de eurasia, oriente próximo y barrios cercanos) ha pagado las cosas usando oro, un poco por casualidad histórica. Es bonito, es escaso, no se estropea y es bastante conveniente; además, por uno de esos milagros de los efectos de red, el hecho que mucha gente lo considere valioso acaba de hecho por darle valor y le convierte en un sistema de pago práctico. Algo así como el por qué todo el mundo usa Windows, lo único que aplicado a la moneda. El problema de usar oro, claro está, es que no hay demasiado. Cuando la economía crece, uno tiene más cachivaches que comprar y vender, pero no tiene necesariamente más monedas. Ese elemento tan conveniente que tiene el utilizar una moneda que es tener una pieza de metal que vale por diez lechugas deja de serlo cuando la economía produce veinte. Tu moneda cada vez compra más, algo que no tiene demasiado sentido; si mañana seré más rico sin hacer nada, no voy a gastar este oro que tengo, etcétera. La deflación no es una buena idea. La cuestión es, la economía es más valiosa, y eso tiene que verse en algún sitio. Una alternativa es mezclar el oro con plata, estaño o cualquier otro metal, y tener más monedas, pero eso añade problemas al sistema: lo que dice la moneda que vale es menos de su precio real; el problema será pronto no la deflación, sino la inflación, así que el sistema también sufre desajustes. A principios del siglo XIX el Banco de Inglaterra encontró una solución bastante elegante al problema, un poco por casualidad. En vez de pasearnos con monedas de oro de valor o nunca suficiente o fácilmente devaluado, lo que se haría sería cambiar el oro en sí por billetes que representaban promesas de recibir su valor en oro. El Banco de Inglaterra pagaría al portador tanto oro a cambio de ese billete (7,32 gramos por libra, para ser precisos) si este quisiera; ese billete, por tanto, tenía valor en metálico, pero no era metal en sí. La belleza del arreglo radicaba, evidentemente, que podía haber más papel moneda en circulación que oro, siempre que hubiera confianza en la moneda. Si las cosas iban bien, nadie tiene dudas que el billete es sólido: ¿para qué uno quiere tener oro, si la libra esterlina es respetada, aceptada, y me permite hacer todo con comodidad y confianza infinita?. Nadie va a ir al banco a por lingotes, ya que todo va estupendo. Si la economía crece más rápido que el oro, no importa que haya más papel en circulación que oro en el banco; la confianza de los inversores es sólida y nadie querrá cambiar su deposito de valor útil, líquido y conveniente por lingotes. El tener tu moneda anclada al oro te da además un beneficio añadido: puedes comerciar con otros países muy fácilmente. Uno tiene libras y otro tiene francos, pero la moneda es sólo una expresión abstracta de una cantidad de metal que puedo retirar cuando quiera (31 francos siendo 9 gramos, por cierto), así que el intercambio es muy sencillo. Suena sencillo, alegre y elegante, ¿no?. Bien, ese es parte del problema; la sencillez crea una rigidez tremenda. Supongamos que una economía cualquiera pasa un par de leyes absurdas o un par de terremotos devastadores, y sufre una mala recesión. Debido a esto, debe empezar a comprar más cosas al exterior, ya que tiene sus fábricas hechas unos zorros, con lo que su balanza comercial se vuelve negativa. En un principio, eso no debería ser problema; los vecinos reciben sus pagos en francos, marcos, o lo que sea, se vuelven a casa, y convierten esa moneda en la moneda local, haciendo que su banco central reclame esa cantidad de oro al banco vecino. El país con una balanza comercial negativa empieza por tanto a perder reservas de oro, para compensar por estas transacciones. Eso hace que su moneda esté de hecho perdiendo respaldo, ya que igual cantidad de papel está apoyado en menos oro. Como hemos visto, este no puede suceder; si la gente deja de creer en la moneda, el mecanismo de tener más papel que metal se rompe, y la economía no funciona. La pérdida de respaldo en oro puede hacer que la gente empieza a dudar de la solvencia de esa divisa, y se plantee seriamente tratar de cambiarla antes que pierdan dinero. El Banco Central sólo tiene una salida si no quiere cambiar su paridad con el oro, que es reducir la cantidad de papel; eso se traduce en subir tipos, echar el freno y meter al país en recesión para evitar que este pánico monetario suceda y lo envíe a la bancarrota. Al ser una devaluación inaceptable (esto es, aceptar que tenemos menos oro por franco, marco o peseta y decir que cada franco, marco o peseta te da menos oro), tenemos que ajustar por algún lado, a golpe de deflación. Tenemos menos lechugas, vamos a tener menos moneda; agarraos que vienen curvas. ¿El resultado? El sesgo anti-inflacionario y anti-devaluación del patrón oro de hecho lo hace mucho más propenso a las recesiones. Y una recesión por devaluación es muy, muy dura; lo que está uno haciendo es penalizar la inversión y el consumo a favor del ahorro de forma radical, y eso acaba por penalizar a quien más consume y no ahorra, esto es, a los pobres, a golpe de paro. La teoría de los defensores de la disciplina del patrón oro dicen que la misma rigidez del sistema obliga a políticos y banqueros a no provocar crisis con leyes absurdas, atándoles las manos mejor que cualquier banco central; uno no tiene que ser demasiado pesimista, sin embargo, para darse cuenta que la estupidez humana es más fuerte que cualquier cadena. Crear un sistema que hace cualquier error mucho más costoso para todos es sencillamente absurdo, y más cuando la alternativa (y el crecimiento económico desde que se enterró la camisa de fuerza dorada así lo atestigua) parece más que eficaz creando riqueza.
|
mXcomment 1.0.3 © 2007-2008 - visualclinic.fr
License Creative Commons - Some rights reserved
| Escrito por Roger Senserrich | |
| jueves, 01 de noviembre de 2007 | |
| < Anterior | Siguiente > |
|---|
RSS


Es un tema recurrente, y la verdad, un poco cansino. Cada cierto tiempo, algún liberal hispánico o conservador americano tozudo (lo de "liberales" en España siempre me ha hecho mucha gracia) sale con eso que el dinero actual es usura, opresión e imposición estatal, y que lo único que tiene sentido es volver a la época donde los hombres eran hombres, los mercados, mercados y la moneda estaba anclada en trozos de metal brillantes. O, dicho en otras palabras, en una vuelta al patrón oro.








