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No voy a dudar de la buena fe de los voluntarios detenidos en el Chad. Sé que algo huele a podrido, pero el olor parece provenir sobre todo de Europa, de los despachos de la organización que tramó semejante embrollo.
Pero las buenas intenciones no son una virtud si no van acompañadas de algo de sentido común. Sacar del país a más de 100 niños saltándose a la torera leyes nacionales e internacionales sólo consigue poner a los menores en una precaria situación. Hacerlo, además, defraudando la confianza de las autoridades y de la población, en una región ya de por sí salpicada por la desconfianza fruto de años de conflictos, deja en un aprieto a otras organizaciones que se dejan los cuernos en sus tareas de cooperación. Ya es bastante complicado sortear el recelo y las trabas administrativas – con el riesgo de que le usen a uno de peón político, como ha ocurrido en Somalia con idris Osman- como para tensar aún más las difíciles relaciones entre los cooperantes y aquellos a los que han venido a ayudar. En parte es culpa nuestra. Culpa de nuestra percepción del concepto de solidaridad, teñido a menudo de visos neocoloniales, en los que los buenos amos blancos practican la caridad con los pobres negritos y esperan que éstos les respondan con una amplia sonrisa de agradecimiento. Nos gusta colaborar, pero nos gusta aún más hacerlo sin esfuerzo: pagar la entrada de un concierto solidario, elegir esa botella de agua mineral que destina 1 céntimo del precio que pagas a construir un pozo en una aldea, apadrinar a un niño o – esto le sitúa a uno en el Parnaso de los solidarios – marcharse 15 días a un país exótico para ayudar a construir una escuela. Que el edificio acabe sirviendo como granero porque no hay libros, pupitres, profesores ni alumnos para llenarlo es algo que no llegaremos a saber. La solución que diseñaron los miembros de la ONG era, a pesar de su espectacularidad, la más cómoda. Para la mentalidad de un europeo, ¿qué mejor que tener la oportunidad de vivir en un país desarrollado, al amparo de una familia con posibles? Poco importará que para ello haya que arrancar al niño de su familia y de su entorno, sin contar con su voluntad ni con las consecuencias que el desarraigo pueda tener en un futuro, y que este acto sólo contribuya a “salvar” unos pocos cientos de vidas, entre los miles de víctimas que se cuentan en las regiones en conflicto. El etnocentrismo nos puede, y distorsiona nuestra capacidad de pensar en soluciones verdaderamente eficaces para un problema que se debe resolver in situ.
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