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2041  |
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El complejo militar
industrial que forma uno de los mayores lobies mundiales, no sólo
en Estados unidos, sino en prácticamente todos los países
desarrollados, es quizás uno de los más odiados de
todos los grupos de presión que intentan manejar a su antojo
la política internacional en beneficio propio.
Su presión por
conseguir beneficios, dicen, fuerza guerras en países
empobrecidos, plaga de minas antipersona los campos de cultivo
trabajados por niños, y obliga a los estados a invertir
grandes cantidades de dinero en la compra de armamento, avines y
barcos.
Se esgrime en su defensa
a creación de puestos de trabajo, y la inversión
tecnológica que realizan.
En el lado negativo, el
lento retorno de dicho progreso tecnológico, y el despilfarro
que, humanamente, supone dedicar tan ingentes recursos a la
fabricación de armamentos de destrucción que sólo
sol necesarios en casos excepcionales. Muchos de ellos forzados.
Según cita The
Economist, en el año 2006 sólo Estados Unidos gastará
en seguridad y en el ámbito militar 510.000 millones de
dólares.
La ONU, en comparación
“sólo” gastará 3.200 millones de dólares
Sin entrar en el enorme
déficit fiscal que las guerras y la política de
incremento del gasto militar están generando en Estados
Unidos, con el consiguiente peligro de desestabilización de
las finanzas mundiales, debemos comprender que una cantidad tan
ingente de dinero está fuera del alcance de los países
que la necesitarían
O dicho de otra forma.
Debemos renunciar a la idea de que las naciones desarrolladas
emplearán el dinero invertido en alimentar el complejo
militar-industrial para paliar el hambre y las carencias de los
países en vías de desarrollo (bonito eufemismo
ampliamente generalizado).
Eso no va a pasar.
La industria militar
necesita el ingente gasto público que la alimenta. Las
naciones desarrolladas no pueden permitirse el efecto psicológico
que produciría la destrucción de empleos (seguramente
el impacto real sería mucho menor del psicológico, pero
en economía cotizan las expectativas tanto como la realidad).
Por lo tanto, es
imprescindible encontrar una forma de derivar las necesidades
sociales y de la industria hacia otros campos más productivos
y menos destructivos.
El candidato más
cercano, y más factible es la industria aeroespacial.
No sin un coste
importante, la industria militar podría reconvertirse para
ampliar y complementar la aeroespacial. La mayor parte de las
empresas que invierten y producen en un sector lo hacen también
en el otro.
Desde luego, para poder
acometer esta reestructuración habría que reducir
drásticamente la tensión existente hoy día en el
panorama internacional. Es decir, para poder reducir los ejércitos
es imprescindible ir reduciendo paulatinamente su necesidad.
De ser esto posible, que
no deja de ser una utopía a día de hoy, sería
necesario ir transformando y empleando la capacidad fabril sobrante
en otro sector. El aeroespacial.
Por las características
comunes de ambos sectores la transición no sería tan
dramática como la desaparición de las fábricas.
De hecho, las inversiones públicas y privadas necesarias para
ello implicarían una reactivación económica en
las zonas donde se produjese.
¿Qué
características comparten ambas industrias?
La primera, la necesidad
de un sector público como cliente. El principal cliente de la
industria miliar es el sector público (tanto interno como
externo). Exactamente igual que para la industria aeroespacial.
Así mismo, ambas
tienen un componente de industria pesada y de alto componente
tecnológico. Los dos requieren grandes inversiones en I+D+i
para ir avanzando y desarrollando nuevos éxitos.
Por último, los
retornos tecnológicos de ambas industrias se van filtrando
(con más o menos éxito según el país) de
forma lenta la sociedad y sus productos, teniendo un impacto
relativo en la economía, los consumidores y los estados.
Sin embargo, el sector
aerospacial cuenta con una ventaja que lo hace superior, mirándolo
desde el punto de vista del contribuyente, al militar. Sus ganancias
no sólo se limitan a retornos a medio plazo de tecnología,
sino que posee numerosas aplicaciones prácticas a corto plazo,
y abre horizontes a largo plazo para el desarrollo económico.
Desde el sistema Galileo
que va a suponer una ruptura del dominio absoluto del sistema
norteamericano GPS, hasta los nuevos materiales conseguidos en
gravedad cero, pasando por el fallido satélite Criosat, o la
incipiente industria turística en el espacio, la economía,
los productos y los servicios de los que se beneficiarían
consumidores y ciudadanos serían muchos más de los que
ofrecen un avión de combate, un submarino o una fragata.
Repito, tal
transformación será inútil sin una distensión
en el panorama internacional, y en el interior de las naciones, que
hiciese paulatinamente inútil la existencia de grandes
ejércitos (otra cuestión es si debería ampliarse
al papel de la ONU y de sus cuerpos de paz).
Pero no sólo a
corto plazo se notarían dichos beneficios socioeconómicos.
Como hemos dicho, a medio plazo las inversiones en I+D supondrían
avances importantes en tecnologías tales como las
comunicaciones, la inteligencia artificial, la robótica, los
vuelos comerciales, la industria de nuevos materiales e incluso en la
nanotecnología, la biotecnología y la física.
Por último, a
largo plazo, la inyección de tantos billones de dólares
anuales en la exploración y el desarrollo aeroespacial
acarrearía el cumplimiento de metas como la vuelta a la Luna,
o las primeras misiones tripuladas a Marte y, eventualmente, la
explotación comercial de ambos (tanto como destino turístico
y como fuente de minerales y energía).
Pero esto ya es mirar
varias décadas adelante, y no me atrevo a vaticinar lo que
pueda pasar. Sólo una cosa está clara.
Quienes comiencen antes
la carrera hacia las nuevas “colonias” llevarán una
ventaja considerable para obtener sus recursos y los beneficios que
generen. Sean Estados o empresas particulares.
En resumen, a medio y
largo plazo, la reconversión de la industria militar en
aeroespacial conllevaría un incremento en los ratios de
crecimiento exigidos por la economía actual. A corto plazo los
beneficios derivados de ella permitirían acometer los costes
de la reconversión y las inversiones necesarias.
Pero una cosa está
clara, sólo los estados podrían iniciar este proceso.
Sólo ellos podrían, como clientes principales de ambas
industrias, mantener el nivel de gasto e inversión necesarios
para activar el proceso de forma paulatina, pero inexorable.
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