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No he podido evitar experimentar una cierta desazón al ver las imágenes retransmitidas por las cadenas de televisión al uso sobre la visita de SS.MM. los Reyes de España a las Ciudades Autónomas de Ceuta y Melilla. Una inquietud que tiene una doble vertiente causal: por un lado, como republicano, que la institución monárquica goce del innegable reconocimiento social demostrado en estos actos supone en el terreno personal una decepción; y, por otro, como furibundo detractor de las patrias que me considero, el agitar de enseñas nacionales y el proferir de vítores a la patria “común de todos los españoles”, no es plato de mi agrado. Pero todo en esta vida tiene un matiz explicativo contextual.
Ceuta y Melilla son, para empezar, dos ciudades autónomas españolas que en la organización territorial del Estado tienen la misma consideración que cualquiera del resto de Comunidades Autónomas, esto es, son Estado y no territorios coloniales – como es el caso de Gibraltar para la Corona Británica, pongamos por caso – aunque estén físicamente ubicadas en el continente africano – como es el caso de las Islas Canarias, pongamos también por caso –. Ya sabemos, y si no lo digo yo, que la ciudadanía gibraltareña estima más conveniente a sus intereses seguir “gozando” del estatus de colonia británica que no el de territorio español, aquella gente sabrá bien porqué. Ahora también sabemos que la ciudadanía ceutí y melillense se precia de su españolidad, estimando más acorde a sus intereses el continuar siendo ciudadanos españoles frente a la pretensión marroquí de incorporarlos a su territorio estatal. Basta echar un somero vistazo a las condiciones de vida del reino alahuí para hacerse una idea bastante aproximada, por comparación, de las razones que fundamentan esta decisión de ceutíes y melillenses. Es evidente que en la visita del titular de la Corona Española a las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla se ha agitado un mar de enseñas nacionales rojigualdas, profiriendo consignas patrióticas y “vivas al Rey” de España. Es lícito deducir de ello que en ambos enclaves africanos españoles reina un profundo patriotismo (constitucional, si quieren) que impulsa a la ciudadanía de ambas ciudades a estimar la patria española con vehemencia. Pero también es lícito suponer que este supuesto “amor a la patria” se fundamenta más en la convicción de que las cosas les irán mejor si están del lado de Europa que si lo están del de África y que sus condiciones de vida serán notablemente mejores en España que en Marruecos. En consecuencia, ante la amenaza marroquí de incorporarlas a su territorio, las ciudades de Ceuta y Melilla exaltan su españolidad, más por necesidad que por patriotismo y aunque no descarto lo segundo creo que lo primero es razón de mayor enjundia y probablemente explicación más acertada del fenómeno, lo que me dejará más tranquilo ya que dará pie a suponer que tal explosión patriótica ocurriría igualmente bajo otra forma de Estado y con otra bandera.
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