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Debemos vivir en la era de la opulencia. Vamos, que atamos los perros con longanizas y pavimentamos las aceras con baldosas de oro y quemamos billetes de 200 para encender la cocina (los de 500 están escondidos en sacos).
Porque a lo tonto la leche y derivados han subido un 12% en un mes; el pan se paga casi un 5% más caro y el pollo se ha puesto en un 14% más. Es curioso: nos hemos acostumbrado a que el pollo sea un recurso cárnico barato y asequible a todos los bolsillos, pero no siempre fue así: basta recordar las aventuras de Carpanta a la búsqueda del ansiado muslito asado. Pues parece que volvemos a esos tiempos oscuros, y que nos tendremos que pasar a las chuletitas de cerdo. Malos tiempos para los que quieran controlar el colesterol. Y digo que debemos nadar en la abundancia porque, al igual que no estamos en los tiempos en los que los pobres cenaban langosta cada día (los que eran de pueblos de mar, claro) y preservaban el pollo para los grandes festejos, tampoco esta vez nos hemos lanzado a la calle, ni hemos montado barricadas, ni hemos linchado a las fuerzas del orden ni hemos tomado el palacio de invierno, cuando deberíamos estar indignadísimos porque mientras los salarios apenas suben con el IPC – en el caso de los afortunados que tengan convenio- el precio de los productos básicos se dispara 3 o 4 veces por encima de la inflación. Una barbaridad, oiga. De acuerdo que tampoco vivimos – afortunadamente – los tiempos en los que el salario de un trabajador alcanzaba apenas para tres kilos diarios de pan. Pero sí sufrimos un retroceso en nuestro nivel de vida. La mitad, o más, de nuestros sueldos está hipotecada; los alimentos básicos cada vez más caros, aún nos falta capear las subidas de la luz, el gas y los transportes públicos – que ya de por sí sufren subidas abusivas, pero este año con el precio de los carburantes por las nubes va a ser una fiesta- y ni siquiera hemos tenido ocasión de desconectar de nuestros problemas si atendemos a que la mitad de los españoles no salió de vacaciones el verano pasado (algo terrible no sólo para los que nos tuvimos que quedar en casa: señores, la principal industria de este país es el turismo, ¿es que quieren llevarnos a la ruina? Háganme el favor de subvencionar estancias en Torremolinos ya mismo, hombre). En fin, que algo pasa. No sé si son las primeras estribaciones de una crisis, pero me da que estamos sufriendo el desmantelamiento de la clase media, al igual que está ocurriendo en los USA.
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