| Internacionalismo, tercermundismo y cooperación al desarrollo |
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Artículo de Adrián Ruano, publicado originalmente en Red Economía Crítica La reciente proliferación de Organizaciones No Gubernamentales, y más en concreto aquellas dedicadas a la denominada Cooperación al Desarrollo, descansa en una nueva forma de concebir las relaciones sociales más allá de las fronteras. En concreto, afirmaremos que la quiebra del internacionalismo enarbolado por el histórico movimiento obrero, vinculado a su vez en una trama bastante compleja con el surgimiento del tercermundismo tras la II Guerra Mundial, supone la base histórica de este reciente fenómeno, propio de las dos o tres últimas décadas. El universalismo de la disciplina cuya carta fundacional fue otorgada por Adam Smith se basaba en la aplicación indiscriminada de las leyes económicas sobre cualquier sujeto, o más bien a la institución de un nuevo sujeto, el homo oeconomicus, sin atender a su antigua moral, su etnia o raza, su nacionalidad, su cultura, etc. Más tarde, el reverendo Thomas Malthus llegó a afirmar que la riqueza es virtud, y de hecho la acumulación de riquezas tendió a convertirse en la única “moral” o regla de comportamiento socialmente aceptada. El internacionalismo defendido por Karl Marx partía precisamente de la universalidad de las leyes económicas dentro del modo de producción capitalista, frente al cual defendía la autoorganización de la clase obrera, cuya extensión, concentración y homogeneización era precisamente uno de los principales resultados de la actuación de esas leyes de acumulación del capital. La proletarización del mundo era la base del internacionalismo obrero, dada la convergencia en las condiciones de vida y de trabajo impuestas por la acumulación de capital a escala mundial, lo que también traía consigo una convergencia de intereses. Pronto surgieron “problemas”, pues el antagonismo puro entre capital y trabajo, entre burgueses y proletarios, tuvo que enfrentarse a “persistentes impurezas”, como por ejemplo, la presencia del campesinado, que naturalmente fue tratado como un residuo histórico condenado a desaparecer. Las tremendas contradicciones y complejidad de uno de los mayores acontecimientos de la Historia de la Humanidad, la Revolución Rusa, esto es, la toma del poder por una de las secciones del movimiento obrero internacional, el Partido Bolchevique, en un país donde el insuficiente desarrollo de las fuerzas productivas arrojaba como resultado una inmensa mayoría campesina, planteó la problemática de cómo “convivir” con esa mayoría que escapaba a los esquemas de “El Capital”. El campesinado, los “otros” con los que hasta entonces apenas se había contado de cara a la lucha contra el capital, pasaban a ser un sujeto político, susceptible de ser incluido en una hipotética alianza de clases. La conclusión de la II Guerra Mundial traslado tal problemática del “otro” a la escena planetaria. Frente a los dos grandes bloques de países antagonistas, que representarían capital y trabajo, surgía un tercero, formado por los países recientemente descolonizados, que a su vez no parecían decantarse por ese lineamiento. Las condiciones materiales de vida y de trabajo de los obreros del “mundo libre” y del “bloque comunista” poco tenían que ver con las de la inmensa mayoría de la población del Tercer Mundo. La irrupción política de esta “clase incomoda” (expresión acuñada por Theodor Shanin como título de uno de sus libros sobre la Revolución Rusa) condujo nuevamente a infructuosos intentos de fraguar alianzas que incluyesen a estos nuevos sujetos, en un intento por superar el no alineamiento, mediante la conexión de las luchas de liberación nacional y los proyectos de desarrollo nacional independiente con la lucha política entre los dos grandes bloques antagónicos. La propia Economía del Desarrollo en su vertiente marxista suponía en gran medida una ruptura con la idea de Marx de difusión cuasi-automática del desarrollo capitalista de las fuerzas productivas a lo largo y ancho del orbe, ante lo cual se proponía la desconexión, esto es, la ruptura de los vínculos con el proceso de acumulación a escala mundial y la adopción de un patrón de desarrollo autónomo. El fracaso político-económico de tales proyectos de desarrollo autocentrado para el Tercer Mundo, así como la tremenda crisis del movimiento obrero internacional tras el derrumbe del Segundo Mundo, esto es, del bloque liderado por la originaria “patria de los trabajadores”, puso fin al intento de forjar una alianza frente al Primero de los Mundos, y por ende, de concebir al Tercer Mundo en su especificidad. En definitiva, es una crisis también de la Economía del Desarrollo y de su noción básica: país subdesarrollado, concepto que habría sido el pilar sobre el que se habría levantado ese cuerpo teórico independiente. Lo que siguió es de sobra conocido: recetas fondomonetaristas universales, y auge de la Cooperación al Desarrollo para compensar a las víctimas de tales políticas de ajuste, una vez más, los “otros”, que perdieron su rango de sujeto político y se reconvirtieron en objetos de compasión para el Primer Mundo.
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| Escrito por Red Economia Crítica | |
| lunes, 19 de noviembre de 2007 | |
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