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domingo, 07 de septiembre de 2008
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Reconocimiento a los movimientos feministas Imprimir E-Mail
Lecturas 4141    

ImageComo sociedad, hemos de reconocer el trabajo de las feministas (y algunos hombres) que se organizan para conseguir una igualdad real de oportunidades. Es éste un reconocimiento necesario por todo lo que han conseguido, un reconocimiento que la derecha (conservadora y liberal) nunca realizará.

Las movimientos feministas se han movilizado a lo largo de la historia, y aún lo siguen haciendo, para conseguir que la igualdad de oportunidades real llegue a ser una realidad para las mujeres. Con su tesón y audacia, han logrado muchos de los derechos de los que hoy, gran parte de las democracia, se disfruta, pero no siempre su trabajo ha sido reconocido.

La religión y la derecha, ya sea por convencionalismos moralistas o porque sale más a cuenta tener la posibilidad de explotar laboralmente a un colectivo tan numeroso, han intentado acallar la labor de estas organizaciones, y han tratado de desvirtuar su trabajo.

En este miniartículo, quiero brindar un reconocimiento a las entidades feministas por su iniciativa en el difícil contexto en el que se han movilizado, por sus logros conseguidos y para desenmascarar la sutil estrategia de la derecha y de las religiones para boicotear la imagen de las feministas, bien sea ridiculizándolas o invisibilizándolas.

Ocultas por los historiadores y escritores bajo el manto de la iglesia, poco o nada se sabe de las reivindicativas Hildegarda de Bingen (s.XII, cuyo estilo narrativo desde lo personal tal calado tendría), Margarite Porete (quemada viva por sus críticas a la iglesia, sXIII) o las beguinistas (movimiento nacido en Bélgica en el s.XII, sólo de mujeres que vivían en comumidad con el objetivo de vivir su unión con dios sin mediacions sacerdotales (masculinas) mediante una institución democrática, conviviendo mujeres aristócratas con mujeres de toda clase y condiciones).

Cuántos libros y películas realizadas entorno a la revolución francesa, pero que poco se ha hablado del importante papel que jugaron previamente los “salones”, organizados por mujeres, donde éstas, junto con los hombres que las acompañaban, crearon el germen ideológico de la revolución (en la época de los salones, Marie de Gournay publicó Égalité des Hommes et des Femmes, 1622). Ya de cara a la Revolución, tampoco se ha reconocido el papel que millares de mujeres prostitutas organizadas ejercieron en la batalla, matando a sus clientes soldado, o ganándolos para la revolución. Ni tampoco se ha hablado de Olympe de Gouges, luchadora e ideóloga infatigable de la Revolución, y guillotinada por sus excamaradas por escribir “Los derechos de la mujer y de la ciudadana ”(1791), donde exigía la igualdad de derechos reales. Sus compañeras de lucha fueron algunas ejecutadas, otras, encerradas en manicomios para no “contagiar” de sus ideas feministas al resto de mujeres, pues, como decía Napoleón “qué loca idea esa de considerar a las mujeres iguales a los hombres; las mujeres son sólo máquinas para criar hijos”.

Tampoco se explica en las escuelas que el derecho al voto de las mujeres se debe, además de al ejemplo de las colonias americanas, a las movilizaciones de las sufragistas inglesas, que padecieron encierro en manicomios, prisión,... y campañas de desprestigio personal y ridiculización social por parte de los lobbies de poder de la época (y actualmente, porque ¿quién no recuerda en Mary Poopins a la madre frívola que acaba volviendo al redil y a ejercer de buena esposa y madre?). Cuánto le debemos a Mary Wollstonecraft por su valiente “Vindicación de los derechos de la mujer” (1792).

En España, fue Clara Campoamor la artífice de que las mujeres pudieran votar en la II República. Ella, junto con otras mujeres y hombres, definieron unos derechos para las mujeres (derecho al matrimonio contratado, al aborto, derecho a ser madre soltera, derecho a trabajar, ...) que a lo poco perdimos, a causa del levantamiento ilegal del ejército, con apoyo de Hitler, Mussolini, de la iglesia, de la banca y de muchos medios de comunicación.

Hay que hacer un homenaje a esas mujeres (y algunos hombres) que, a pesar de hallarse en un contexto, generalmente, adverso a reconocer los derechos de las mujeres, se movilizan, a pesar de las dificultades que muchas de ellas padecen económicas, sociales y legales, y aunque el hecho de asociarse les lleva a vivir ya no la doble jornada, sino la triple (la remunerada en una empresa, la no remunerada en tareas del hogar, y la asociativa) y, en muchas ocasiones, con peligro para su integridad física.

Trabajar en red para conseguir el reconocimientos de derechos no es nuevo para las mujeres; actualmente, lo están haciendo HAWCA, por ejemplo, en Afganistán (aquellas mujeres y algún hombre que enfrentándose con la pena capital, crearon redes para enseñar a leer y a escribir a las niñas y mujeres en un país donde estaba prohibido por la intrasigencia talibán). También RAWA se merece un reconocimiento por su labor menos social y más política, centrada en movilizar a las mujeres para concienciarlas a ellas y a los países sobre sus derechos.

Mujeres de negro lucha en todo el continente africano y asiático sobre todo por el reconocimiento de los derechos de las mujeres, contraargumentando a los poderes conservadores y religiosos que prefieren no cambiar el status de las mujeres y también criticando a las corrientes neoliberales que tienen en las mujeres de esos países mano barata para las multinacionales.

Pero el feminismo y la lucha contra los valores de derecha no sólo se encuentra en países en desarrollo sino también en Europa.

Las entidades feministas como Dones amb l’Esglèsia (Mujeres con la Iglesia) luchan por una igualdad de oportunidades en un mundo tan misógino y retrógrado como es el católico (Nota: recuerdo, por si a alguien se le ha olvidado, que el Vaticano es oficialmente un Estado, un Estado en el que las mujeres no tienen igualdad de derechos que los hombres, y donde para entrar en su iglesia si eres mujer has de cubrir los hombros y piernas. Además, los vínculos con el mundo de la banca y la mafia siempre han estado revoloteando sobre la “santa” sede, al igual que los vínculos reconocidos entre el Opus Dei y el mundo financiero y político del PP.)

Pero aún queda mucho por hacer. Mujeres y hombres hemos de luchar codo con codo para mantener y ampliar nuestros derechos sociales e individuales, universalizando los derechos humanos, y por ello, apoyando a las entidades feministas que tienen como objetivo, únicamente, crear un mundo más justo y democrático, no sólo para todos...sino, también, para todas.

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Comentarios de los usuarios (1) RSS feed comment
Escrito por Invitado, on 23-11-2006 17:27,
1. Juan
El proceso, sin embargo, fue bastante complejo y paradójico. 
Era opinión general, tanto en los partidos de izquierda como de derecha, que la mayoría de las mujeres, fuertemente influenciadas por la Iglesia católica, eran profundamente conservadoras. Su participación electoral devendría inevitablemente en un fortalecimiento de las fuerzas de derecha. 
Este planteamiento llevó a que importantes feministas como la socialista Margarita Nelken (1898-1968) y la radical-socialista Victoria Kent (1897-1987), que habían sido elegidas diputadas a las Cortes Constituyentes de 1931, rechazaran la concesión del sufragio femenino. En su opinión, las mujeres todavía no estaban preparadas para asumir el derecho de voto, y su ejercicio siempre sería en beneficio de las fuerzas más conservadoras y, por consecuencia, más partidarias de mantener a la mujer en su tradicional situación de subordinación. 
Clara Campoamor (1888-1972), también diputada y miembro del Partido Radical, asumió una apasionada defensa del derecho de sufragio femenino. Argumentó en las Cortes Constituyentes que los derechos del individuo exigían un tratamiento legal igualitario para hombres y mujeres y que, por ello, los principios democráticos debían garantizar la redacción de una Constitución republicana basada en la igualdad y en la eliminación de cualquier discriminación de sexo. 
 
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