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viernes, 16 de mayo de 2008
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Políticos en Francia: incentivos para mentir Imprimir E-Mail
Lecturas 651    

ImageUno de los hechos más me llamó la atención de la política francesa cuando llegué es que la gente está harta de que les mientan. Los políticos franceses llevan mucho-demasiado- tiempo haciendo lo que les sale de las narices, es decir, todo lo contrario de lo que decían en el programa electoral excusándose con alguna historia a la Francesa.

En Francia, los políticos de izquierdas/derechas parecen mucho más de izquierdas/derechas cuando están en la oposición que cuando llegan al gobierno. Mitterrand soltó en los 70 aquello de “quién no esté a favor de una ruptura total y definitiva con el capitalismo, no puede llamarse socialista” y unos pocos años después pasó por el haro con la excusa de Europa.

Esto, contrariamente a lo que se pueda pensar, no responde a que los franceses sean especialmente aficionados al cainismo y al farisaísmo, sino sobre todo al sistema institucional de la quinta república. Lo que es característico de Francia es que todo el sistema está montado para que los políticos tengan incentivos para mentir a los votantes. Los políticos mienten por el efecto de la ley de la gravedad.

El efecto de la ley de la gravedad

Lo primero que hay que entender es que las estrategias de los políticos (es decir, el programa que quieren desarrollar) están en buena medida determinadas por el sistema de voto. En España (usaré la comparación con España sistemáticamente porque es el sistema que mejor conozco después del francés), los partidos mayoritarios tienen incentivos para proponer políticas centristas y mantenerse en ese tipo de políticas, porque su electorado potencial es un electorado o centrista, o para la que el centro es el second best. Los partidos mas periféricos como los IU o los partidos nacionalistas también tienen un electorado bien definido y constante en el tiempo y por lo tanto tienen incentivos para mantenerse un discurso coherente con este electorado potencial. En España, cada partido empieza la campaña electoral con un discurso/programa y se mantiene en ese discurso hasta el final de la legislatura sin que haya cambios realmente importantes porque el electorado al que se dirige no cambia a lo largo del tiempo. Los incentivos para mentir son por lo tanto menores.

En Francia, en cambio esto no ocurre. En primer lugar, en Francia votan dos veces para gobernar el Estado: una a la asamblea, otra a la presidencia de la república. En cada una de esas elecciones, además, votan dos veces. En las elecciones presidenciales (las que realmente cuentan) los candidatos se dirigen a dos electorados totalmente distintos en cada vuelta.

En la primera vuelta la oferta electoral es mucho mayor (hay más candidatos) y por lo tanto el presidenciable tiene que dirigirse a un grupo de electores que lo tengan como el mejor de todos los candidatos. Es decir, es un electorado muy ideologizado. Un elector comunista no votará jamás a un candidato PS teniendo a tres comunistas en la primera vuelta. El discurso es por lo tanto acorde con este tipo de electorado. En realidad, los grandes candidatos no se hacen competencia en la primera vuelta así que cada uno puede tirar hacia el lado duro de su ala (izquierda o derecha).

En la segunda vuelta, sin embargo, el electorado es totalmente distinto ya que los electores tienen que elegir entre dos candidatos distintos. El electorado potencial de cada candidato va desde el centro hasta la extrema derecha o izquierda. En este caso, siguiendo la implacable lógica del carrito de helados, el candidato debe competir por el voto centrista sabiendo que toda la gente que estés a la derecha del centro votará por él para evitar al candidato de izquierda, y lo mismo para éste último. En otras palabras, la estrategia óptima es distinta en cada vuelta. Ambos candidatos se preocupaban de “rassembler” (reunir) a un máximo de votantes y con esa excusa, de limar las asperezas del programa (léase traicionar la promesas de la primera vuelta). Los temas de la campaña de la segunda vuelta se vuelven mas serios y poco ideológicos. Nada de hablar del aborto, de la inmigración o de la explotación capitalista, ahora hablamos de relaciones exteriores, de unión europea, de política económica, etc…

Un candidato que no miente (que no cambia de discurso) no gana elecciones en Francia. Si su discurso es posibilista y creíble, no pasará a la segunda vuelta, si su discurso es ideológico, no pasará de la segunda vuelta. Lo ideal, es tener un discurso distinto en cada vuelta, pero esto al mismo tiempo es un punto negativo porque al elector no le gustan los tránsfugas. Los candidatos tienen que ser por lo tanto camaleónicos.

Caso práctico: el último ciclo electoral

Aquí me gustaría remarcar las diferentes estrategias que llevaron Segolène y Sarko. Sarkozy apostó por un programa de “ruptura”. Ruptura significa que propone reformas en todas las áreas, es decir, un programa muy completo. El discurso era duro tenía que ganarse a los posibles electores de Le Pen que era su competidor inmediato. Inmigración, ministerio de la identidad nacional, creo que la pedofilia es algo genético etc… La voz grave de los discursos, el aire militar con el que aparecía, la estrategia de estigmatización… El discurso era más de derechas, el tono mas duro, y la verdad es que daba bastante miedo. ¿Qué ocurrió en la segunda vuelta? Desde la noche de la primera vuelta empezó a refinarse “quiero que la señora Royal sepa que la respeto y respeto sus convicciones”. Sin cambiar sustancialmente el programa, sí puso el acento sobre temas mas técnicos (gestión de la inmigración en lugar de identidad nacional, reforma del mercado de trabajo en lugar estigmatizar a los parados, reforma del sector público, política exterior…). La ventaja de Sarkozy es que su programa era estirable a gusto del consumidor.

Segolene en cambio apostó por un programa mucho más vago, hasta el punto de poder decir que no tenía realmente un programa. Para prácticamente todo proponía formar un comité, un grupo de trabajo, entablar una negociación y hacer lo que los franceses decidieran. El hecho de no tener programa identificable le permitía no tener que mentir demasiado, pero también parece menos creíble. Aunque su propuesta de “gran pacto” le permitió cargarse algunas promesas impracticables (aunque muy importantes) del programa uno de los errores clave de Segolène fue el hecho de no saber cambiar de discurso suficientemente: en la segunda vuelta seguía evocando la retórica neomarxista (disyuntiva trabajo-capital…) y el aspecto “izquierda revoltosa” que no convencían a los votantes de centro.

¿El resultado cuál fue? El más mentiroso de los dos-Sarkozy- salió elegido. Esto es selección adversa ¿no? Los más mentirosos de todos llegan al poder.

Unos meses mas tarde fueron las elecciones a la asamblea. Sarkozy parecía otro en comparación con el de la primera vuelta. El Frente Nacional no existe prácticamente en las parlamentarias (sistema mayoritario por distrito). Sarkozy volvió a emplear la palabra mágica “rassembler” y lanzó una OPA a la izquierda francesa fichando a varios de sus moderados para ministerios importantes (como exteriores). Sarkozy el centrado, el moderado. Nada de hablar de liberalismo, ni de valor trabajo ni de ideas, ahora hablamos de reformas “dadme una mayoría para llevar a cabo mis reformas”. Incluso llegó a marcarse algún gesto para algún colectivo desfavorecido (negros, mujeres,…).

El resultado es que los Franceses se sienten mas o menos estafados por su clase política (con razón). Poneos en el lugar del votante del frente nacional que decide votar por Sarkozy en la primera vuelta y que tiene que tragar con la moderación en la segunda. Idem para la izquierda. En España tendremos corrupción, pero por lo menos solo nos mienten una vez, no varias.

 

Publicado anteriormente en "La ley de la gravedad "



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Escrito por Citoyen   
miércoles, 05 de diciembre de 2007
 
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Emilio Suñé Llinás
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