| Socialismo y Liberalismo (1): los valores socialistas |
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Como suele ocurrir en estos casos, todo este debate es fruto de la extrema vaguedad de los conceptos que se suelen usar en el lenguaje político cotidiano. Denominamos “socialistas” a formaciones, proyectos y políticos que poco tienen que ver entre si. Y lo mismo pasa con el término “liberal”. Y es entonces cuando el debate se empieza a desplazar de las ideas (que son finalmente lo que importa) a las palabras. Alguien que quiera forzar los parecidos entre el liberalismo y el socialismo definirá ambos términos de manera que no parezcan tan antitéticos como se supone. Alguien que quiera forzar las distancias hará justo lo contrario. Así pues, me propongo hacer otra cosa: observar a quien se ha denominado “liberal” y “socialista” a lo largo de la Historia y, partiendo de allí, de la realidad política, definir los términos, señalando la polisemia, si es que existe. En el caso del socialismo, creo que Gerald Cohen ha captado muy sugerentemente los dos elementos centrales que intuitivamente asociamos a todo aquello que se ha denominado “socialismo” a lo largo de la Historia. No se trata ni de la nacionalización de los medios de producción (que no está presente, por ejemplo, en las vertientes socialdemócratas y anarquistas del socialismo), ni de la abolición de la propiedad privada (admitida por algunos de los primeros socialistas como Fourier, así como por la socialdemocracia e incluso por socialismos revolucionarios como el sandinista), ni de la substitución del mercado por la planificación al estilo soviético (que no aparece en los modelos de “socialismo de mercado” de científicos tan solventes como John Roemer). En realidad, estos dos elementos centrales de la tradición socialista son dos valores éticos: una cierta idea de igualdad y una cierta idea de comunidad. La idea de igualdad que a grandes rasgos han defendido todas las familias del socialismo, al menos nominalmente, es la de la igualdad de oportunidades entendida como ausencia, para todos los individuos, de desventajas que sean el reflejo de otra cosa que no sean sus propias elecciones. Una persona no puede encontrarse, a lo largo de su vida, con obstáculos de los que no pueda ser tenido racionalmente por responsable de los mismos. Esto desautorizaría las desigualdades originadas, por ejemplo, por el hecho de nacer en una familia o en otra, pero también aquellas otras desigualdades basadas en la dotación natural de que disponen los individuos; la idea es que es tan injustificable el hecho de que un niño carezca de educación por no poder pagársela, como el hecho de que carezca igualmente de la misma por el hecho de tener síndrome de Down y no poder seguir el ritmo de la clase. La idea socialista de comunidad, por su parte, se concreta en el principio según el cual yo te presto un servicio a ti, no por lo que pueda obtener de ello para mi beneficio personal, sino porque tu lo necesitas, y viceversa. Este “y viceversa” significa que solo podemos considerar que el ideal socialista de comunidad está funcionando cuando los individuos sirven y son servidos según sus necesidades. La conjunción es, pues, importante. Si yo te sirvo a ti sin tener en cuenta mi beneficio personal sino solamente tu necesidad pero tu no haces lo mismo, lo que está funcionando no es el ideal de comunidad, sino un simple y llano aprovechamiento por tu parte. “Sirvo cuando los otros lo necesitan y soy servido por ellos cuando lo necesito” podría ser el lema del ciudadano idealmente socialista. A poco que se piense, veremos que todas las experiencias habitualmente calificadas de “socialistas” tienen en común la preocupación por realizar estos valores de igualdad y comunidad en la esfera socioeconómica. Lo que intuitivamente nos parece “socialista” de los kibbutz, de la planificación soviética, de la experiencia autogestionaria yugoslava, de los falansterios de Fourier o del Estado del Bienestar es que se trata de diseños institucionales que, por muy diferentes que hayan sido entre si, han intentado (en la medida de lo que sus promotores han tenido por posible) realizar este ideal de igualdad en comunidad. Otra cosa son las razones que hubiese para ello. Había quien consideraba que su realización era el destino inexorable de la Historia. Otros han señalado que el ideal de una sociedad igualitaria y comunitaria tiene valor en si mismo. Otros han apelado a la justicia y/o a la libertad. Sea como sea, esto es lo más cerca que podemos estar de dar un mínimo común denominador a todos los socialismos, es decir, a todo a lo que históricamente se ha llamado “socialismo”, al menos durante la Contemporaneidad. ¿Y el liberalismo? Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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| Escrito por Lluís Pérez | |
| lunes, 10 de diciembre de 2007 | |
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A raíz de la publicación de un artículo de José Zaragoza a propósito del “socialismo liberal” se han sucedido en Socialdemocracia.org diversos artículos tratando del tema. Unos abominaban de la noción misma de “socialismo liberal”, considerando el liberalismo y el socialismo como antítesis irreconciliables. Otros, en cambio, consideraban que de alguna manera el socialismo es un heredero natural de muchos de los valores liberales. A grandes rasgos, la argumentación de estos últimos iba por la vía de afirmar que el valor central de la tradición liberal (la libertad individual) solo se puede defender cabalmente si uno apela a prácticas “socialistas” como la redistribución de la riqueza o el control público de los mercados. En cambio, los primeros venían a recordar que la insistencia en el posible contenido liberal de la tradición socialista, en un momento donde es el socialismo y no el liberalismo el que está devaluado en la esfera pública, pueden convertir al socialismo organizado en un mero partido liberal con cierta conciencia social. Las dos posturas, a mi parecer, tienen algo de cierto. Por un lado, es cierto que el socialismo que nos interesa a los socialdemócratas solo puede ser un socialismo preocupado por la defensa de la libertad. Por otro lado, también es cierto que los matrimonios entre el liberalismo y el socialismo suelen redundar en un abandono, por parte de los socialistas, de aquello que se supone que les distingue como familia política.







