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A lo largo de la historia, el ideal de belleza femenino ha cambiado de forma que las modelos de nuestros tiempos no se reconocerían en los retratos renacentistas, y mucho menos en las venus neolíticas. Pero a pesar de esos cambios externos, hay tres aspectos que permanecen inalterables en ese ideal: la identificación con el grupo social dominante; la incompatibilidad con un cuerpo atlético o de músculos desarrollados y la falta de naturalidad del canon con respecto a las formas innatas en la mujer. Todos estos aspectos siguen un fin, y el fin último del canon de belleza es la dominación.
El ideal de mujer se asocia en casi todas las épocas al de la fémina que no necesita trabajar para sobrevivir. De este modo, el objetivo de su existencia deriva en el de ser objeto de admiración hasta que le llegue la edad de dar hijos al patriarcado, y educada en esa filosofía, se centra únicamente en el mejoramiento de su físico dejando de un lado el crecimiento personal. Su estilo de vida se convierte además en un espejo a imitar por las menos favorecidas, perpetuando el statu quo.
Como la mujer ideal no necesita trabajar, no parece conveniente que su cuerpo se haga fuerte, más allá del mínimo exigido para su función de objeto decorativo (obviamente, si ha de permanecer delgada, deberá ser capaz de modelar sus caderas y su cintura mediante el ejercicio, pero sin pasarse). La mujer no sólo es hermosa, es también frágil hasta el desmayo y absolutamente dependiente de la fuerza varonil. Incluso en las épocas en las que se ha valorado más positivamente el ejercicio femenino, éste se dirige a moldear el cuerpo lo justo, sin llegar a excesos, y escondiendo la mayor cantidad de músculo posible.
Pero además el ideal de belleza es con frecuencia un imposible que terminará de ejercer el dominio sobre la mujer, por un lado físico, forzándola a castigar su cuerpo para adaptarlo a unas formas antinaturales, y por otro lado psicológico, al crear en ella inseguridades e insatisfacciones que actuarán de freno sobre su voluntad. De esta forma el canon estético deviene una presión física y social cuyo principal objetivo es la dominación. El placer sensual queda relegado a un segundo plano, y en realidad muchas veces los modelos estéticos que se imponen tienen poco que ver con lo que resulta agradable a la visión de hombres y mujeres y mucho menos con la apariencia de las compañeras sexuales en la vida real, porque no es una cuestión estética, sino de poder.
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Escrito por Mireia Ortega
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jueves, 30 de marzo de 2006 |
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