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viernes, 05 de diciembre de 2008
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Socialismo y Liberalismo (II): el liberalismo negativo Imprimir E-Mail
Lecturas 1358    

ImageDelimité en el anterior artículo el mínimo común denominador que puede definir al conjunto de los proyectos político-sociales que, aun siendo bien diferentes entre si, la sociedad ha dado en llamar “socialismos”. Con el liberalismo, la misión es bastante más difícil. Lo único que podría parecer el mínimo común denominador del liberalismo, a saber, la defensa de la libertad individual, en realidad no es tal. La razón es que el liberalismo (o mejor dicho, el conjunto de proyecto politicosociales que, aun siendo bien diferentes entre si, la sociedad ha dado en llamar “liberalismos”) no es ni la única ni la más antigua tradición preocupada por la reflexión sobre, y la defensa de, la libertad individual. Lo veremos hacia el final de esta serie cuando hablemos de la tradición republicana. Pero en todo caso, ya sabemos que ese mínimo denominador común no nos sirve.

Y es que cuando se habla de liberalismo, para avanzar en una definición de lo que se entiende por tal, hay que señalar que el sentido de la palabra tiene un significado notablemente diferente en Europa (y por extensión América Latina) y en Estados Unidos. En Europa, al calificar a alguien de “liberal” en el lenguaje político ordinario, estamos normalmente señalando la preferencia de este individuo por la retirada del Estado en uno o más ámbitos de la vida social. Así, calificamos una política económica de “liberal” cuando redunda en un menor peso del Estado en la economía, así como consideramos que un “liberal” no puede tener razones de principio para prohibir a las mujeres acceder a una determinada profesión. En cambio, en Estados Unidos un “liberal” es alguien que, sin llegar a ser socialista o socialdemócrata, es un izquierdista moderado. Un izquierdista que no solo cree, como el primer liberal, en dar libertad a las mujeres para acceder al mercado laboral, sino que también cree en ayudar activamente a las mujeres a desplegar tal libertad, a poseer recursos (materiales, educativos...) para acceder realmente a la profesión a la que quieren llegar en igualdad de condiciones con sus congéneres masculinos.

En realidad, no es del todo cierto que en estos dos sitios se utilice el término “liberal” en estos sentidos y solo en estos. Uno de los padres del Estado de Bienestar británico, Beveridge, se autoconsideraba “liberal” en un sentido muy próximo al que antes hemos caracterizado como propio del “liberalismo” norteamericano. Por su parte, las reformas de Ronald Reagan fueron calificadas de “neoliberales” en el propio Estados Unidos. Como suele pasar en estos casos, no todo es fruto de la simple casualidad lingüística. Detrás hay razones históricas. El “liberalismo” a la europea desciende de la rama decimonónica del liberalismo conocida como “liberalismo doctrinario”, clásicamente representado por autores como Benjamin Constant, mientras que el “liberalismo” a la norteamericana descenderia de lo que en su dia se llamó “liberalismo social” o “radical”. El primero tenia una concepción de la libertad que coincide con lo que hoy denominamos “libertad negativa”. El segundo añadia a la defensa de esta libertad la vindicación de lo que hoy denominamos “libertad positiva”. Mientras que el primero tuvo por objetivo proteger y afirmar los derechos de propiedad de la boyante burguesía europea moderna frente a posibles intromisiones del Estado, el segundo fijó su preocupación en la existencia, en el orden instaurado por el liberalismo doctrinario, de grandes masas de desheredados para los cuales la libertad de prensa no llenaba el plato a la hora de la cena.

Por tanto, si queremos estudiar la compatibilidad del socialismo (definido por la caracterización que dí de él en el primer artículo, a saber: como la defensa de una cierta idea de comunidad y de una cierta idea de igualdad) con el liberalismo, vamos a tener que preguntarnos primero sobre qué versión del liberalismo estaremos teniendo en cuenta. En este artículo hablaré de la compatibilidad con el liberalismo negativo, es decir, con el liberalismo entendido a la europea. Para éste liberalismo, la libertad se cifra en la ausencia de intromisiones del Estado, y en general de cualquier poder fundado en el uso de la fuerza física, en el ámbito de las decisiones individuales tomadas por adultos. En sus versiones más refinadas, éste liberalismo proclama que el uso de la fuerza solo está justificado en defensa de una agresión externa, qué por tanto la misma existencia del Estado solo está justificada (si lo está) para proteger a los individuos libres de agresiones de otros individuos, y qué los impuestos, las prisiones, las policías y en general todo lo característico de la esfera pública debe ser observado con desconfianza por los amantes de la libertad. La sociedad es, en si misma, una amenaza para la libertad de los individuos. El individuo idealmente libre es, pues, un Robinson Crusoe que se ve alejado en sus decisiones de posibles intromisiones de terceros, fundadas en la fuerza física. Si entra en relación con terceros solo podrá ser porqué él así lo decida. Y lo mismo cabe decir si decide no mantener esas relaciones, sean contratos, amistades, relaciones sexuales o intercambio de mercancías. Esto es en pocas lineas lo que se entiende por libertad “negativa”: ausencia de coacción violenta (y de fraude, añadiran algunos liberales, entendiendo que este es de hecho una forma de substraer bienes o servicios a alguien sin su consentimiento).

Esta versión del liberalismo no es necesariamente tan incompatible con el socialismo como pudiera parecer a primera vista. Al menos, no lo es con aquellas versiones “apolíticas” (por decirlo de alguna manera) del socialismo. Si usted, yo y unos colegas decidimos montar un kibbutz voluntariamente y aislarnos de los intercambios de mercado y de la propiedad privada, nadie nos lo podría impedir apelando a los principios del liberalismo negativo. Nadie fue obligado a venir al kibbutz, nadie está obligado a quedarse, y por tanto quienes participan del socialismo del kibbutz lo hacen sin violar el principio del respeto a la libertad negativa. Resulta otro cantar cuando el socialismo se quiere extender al resto de la sociedad mediante el uso del poder político del Estado, es decir, finalmente mediante la fuerza. Ahí, el juicio del liberalismo negativo es taxativo: el socialismo, como objetivo político, no es sino el intento de unos individuos con una determinada concepcion de la buena vida y de la buena sociedad de extender ambas al resto de la sociedad, no mediante la persuasion, sino mediante la coercion. Usted puede intentar convencerme a mi de que la vida mas etica que puede llevar un ser humano es aquella que se vive en igualdad y en comunidad con los demas, pero no puede hacer uso del poder del Estado para imponerme dicha concepcion etica, ni siquiera si tal fuerza está sometida a control democrático.

Este es un punto importante: para el liberalismo negativo, la democracia no es un sistema de gobierno menos amenazante que el despotismo de un tirano: la mayoria tambien puede ser despotica para con el individuo, que es quien finalemente goza (o padece la falta) de libertad. De ahí que el liberalismo negativo no solo haya previsto (como ya lo hizo en su dia la tradicion republicana) un sistema de de division de poderes a fin de evitar la excesiva concentracion del poder en unas mismas manos, sino que ademas haya preconizado la creacion de instituciones no sometidas a control democratico (léase Banco Central, léase Tribunal Constitucional; los ejemplos varian de un pais a otro) con el objeto de “prevenir” los “excesos” de las masas. Algun dia hablaré de los mitos que hay entorno a la tirania de la mayoria y a las supuestas bondades de la existencia de este tipo de instituciones. Por el momento, retengamos este dato: para el liberalismo negativo, el socialismo político es inaceptable. Y lo es por una razón a la cual los socialistas de hoy, marcados como están por la terrible experiencia de las tiranias comunistas del Este, son particularmente sensibles: porque el socialismo político no puede realizarse si no es a costa de violar la libertad negativa de los individuos. Y porque una vez se viola ésta para redistribuir la riqueza o para expropiar un solar, parece no quedar criterio objetivo alguno que impida que se justifique igualmente la violacion de la libertad para forzar a los individuos a tener un mismo credo político, una misma moral o una misma confesion religiosa. O simplemente para torturarlos o asesinarlos. Parece una exageración, pero si uno quiere ser coherente con los principios del liberalismo negativo, no hay vuelta de hoja: tan condenable es que el Estado fuerze a los individuos a ser solidarios con sus semejantes como que los fuerze a adorar al camarada Stalin. Y sin embargo, seguimos teniendo la irresistible intuición moral de que ambas cosas son completamente diferentes. La concepcion “positiva” del liberalismo intentará dar respuesta a esta intuición, como veremos en el siguiente articulo. 

Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.



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Escrito por Lluis Pérez   
lunes, 17 de diciembre de 2007
 
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