Érase una vez una pequeña gran dama de variada e inusual belleza. Preciosas montañas lo bordeaban por el norte, un mar de civilizaciones por el oeste y se unía por el este a una no menos bella y espectacular península. Pero este tesoro era ansiado en demasía: todo el mundo, desde dentro y desde fuera reclamaba su posesión, su sumisión.
Triste había sido su historia, en la cual los recuerdos de tiempos mejores se perdían en la lejanía. Pero peor aún su historia más reciente, en la que la sangre la manchó y los malos tratos sobre ella fueron constantes: no lo dejaron expresarse ni en la lengua que aprendió de sus padres ni en libertad con cualquier tipo de otra lengua. Luego vino una luz de esperanza, pero con ella vino también una apropiación indebida: otra vez, esta desde algunos pretendientes de dentro era sometida y obligada a brillar sólo y exclusivamente para unos. Fueron años en que estuvo aislada de la realidad y sólo se la podía querer como sus usurpadores dictaminaban, un amor dirigido. Ella, como siempre triste, sólo podía esperar tiempos mejores en la que pudiera ser querida simplemente por lo que es, no por lo que quieren que sea.
Finalmente una luz de cambio se presentó; los amantes excluidos durante muchos años pudieron tenerla. Tuvieron la intención de compartirla, que por una vez fuera amada por todos como quisieran. Pero otra vez, desde fuera y desde dentro, intentaron que esta luz se apagara. El miedo por un lado y la rabia de la pérdida por otro de esta bella dama se aliaron y aunque todo el mundo ahora era libre de amarla tal y como quisiera, un ensordecedor ruido de fondo impedía cualquier comunicación entre amantes, el ruido lo inundó todo llegando a romper los tímpanos y oídos.
Así pues, aquellos que perdieron la gran dama ahora ansiaban recuperarla habiendo dejado sordos tanto amantes como amada. La pobre bella dama no oía, no podía escuchar, no podía hacerse escuchar. Con el ruido ensordecedor, nadie se percató que la bella dama lloraba y lloraba desconsolada. Tanto tiempo, tanto sufrimiento, tantos sueños rotos ahogados por el ruido de la codicia, de la incomprensión, del egoísmo, en definitiva del desamor. ¿Dónde estaban aquellos amantes, antaño unidos en un amor incondicional y sin fisuras?
Finalmente la bella dama decidió dormirse. No quería volver a sus antiguos usurpadores, años y años de prisión dorada, pero tampoco soportaba este ruido dañino, ensordecedor. Así pues una bella dama duerme, una pequeña gran dama, esperando ser despertada, querida por lo que es en realidad, y no por las verdades que dicen que es. Una dama que cuando despierte se mire al espejo, esté orgullosa de todas sus facciones, de todos los matices de su faz. Una dama que cuando despierte quiere ser deseada y querida por todos, tanto sus hijos como el resto de la familia, que no sea motivo de disputa, de ruido. Sólo quiere querer y ser querida: un amor correspondido. El autentico amor.
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