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En época de bonanza, los Gobiernos se devanan los sesos pensando cómo van a gastar todo el dinero que entra en sus arcas.
Cuando pasan las vacas gordas, sucede lo mismo, pero a la palabra “gastar” se le añade también la palabra “sabiamente”.
De cómo tomen las decisiones presupuestarias depende mucho que esa época de vacas flacas sea breve o se prolongue los suficiente como para que pierdan las elecciones. Nadie parece haberlo notado, pero muchas de las derrotas electorales más escandalosas han venido precedidas por crisis económicas.Por ello, conviene mirar muy bien en qué se emplea el dinero público, y cómo se gestiona. Uno de los elementos fundamentales que todo Gobierno de cualquier administración u organización (local, estatal, autonómica y hasta internacional) es el transporte y las infraestructuras.
Los sucesos acaecidos en Barcelona, en cercanías, y en Madrid, en la red de Metro, ponen de manifiesto la vulnerabilidad de la clase política a un mal funcionamiento de unos elementos de transporte que se suele dar por hecho que funcionan solos. La inversión continua en mantenimiento, mejora y expansión de la red de transporte público puede suponer la diferencia entre el atraso económico y una pujanza económica. En las grandes ciudades españolas, y especialmente incido sobre Madrid por ser la más cercana a mi experiencia, sufrimos todavía un déficit en este sentido, causa sin duda de primar criterios comerciales frente a productivos. Así, el famoso Metro Sur no es sino un mecanismo de conexión entre centros comerciales y barrios consumidores, sin apenas conexión con los principales polígonos industriales. En un país que necesita desesperadamente una industria dinámica, pujante y con recursos, esto, así como la poca oferta de líneas de autobús y tren que pasen por estas zonas, nos pone al borde del abismo industrial. Si dispusiésemos de una economía distribuida, donde el teletrabajo, las redes de comunicación, el diseño y la innovación tirasen del motor económico, no tendríamos problemas, las empresas y los trabajadores podrían radicarse donde quisiesen, pues su trabajo y el valor creado por él no requerirían de un lugar fijo, grandes equipamientos o aglomeraciones de trabajadores. El trabajo, el valor y la riqueza radicarían en cada persona, en las ideas y la tecnología (ordenadores, software, etc.). Pero en una economía cuyos pilares son el consumo y el comercio, un sector turístico que no parece saber adaptarse a los cambios de los tiempos, una industria en franca retirada y un sector agrícola que necesita las subvenciones y algún que otro milagro para sobrevivir, no podemos permitirnos cortar las conexiones con los centros industriales de producción. Cada día cuando voy a trabajar, voy en coche porque tardaría casi dos horas en ir y dos horas en volver, veo colas de gente esperando el autobús que lleva al polígono, pasando frío a las 7 de la mañana (porque en muchos casos antes de esa hora no hay transporte) y pienso en lo diferente que sería todo si el metro pasase por el polígono, si las carreteras no estuviesen en un estado deplorable de mantenimiento, si los autobuses hiciesen un buen servicio. Lo que me lleva a pensar en las toneladas de CO2 que nos ahorraríamos si la gente pudiese ir a trabajar en transporte público. Si ir al centro no fuese una pesadilla de vagones apretados, empujones y agotamiento. Imagino, que es una situación que no interesa cambiar. Que a nadie preocupa más que de boquilla, porque los lobies que dependen del consumo de combustible, de la compra de coches y de todo lo que rodea al sector de la automoción no lo permitirían. Pero también puedo imaginar lo que sería ir a trabajar en tren a mi trabajo, y no tardar el doble que yendo en coche (con atasco y todo), poder ir leyendo tranquilamente, sentado y calentito. Sin grandes retrasos y sin que nadie te pise, se te caiga encima o tengas que esperar veinte minutos al próximo autobús.
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