| Socialismo y Liberalismo (III): el liberalismo positivo |
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Delimité en el anterior artículo el mínimo común denominador que puede definir al conjunto de los proyectos político-sociales que, aun siendo bien diferentes entre si, la sociedad ha dado en llamar “socialismos”. Con el liberalismo, la misión es bastante más difícil. Lo único que podría parecer el mínimo común denominador del liberalismo, a saber, la defensa de la libertad individual, en realidad no es tal. La razón es que el liberalismo (o mejor dicho, el conjunto de proyecto politicosociales que, aun siendo bien diferentes entre si, la sociedad ha dado en llamar “liberalismos”) no es ni la única ni la más antigua tradición preocupada por la reflexión sobre, y la defensa de, la libertad individual. Lo veremos hacia el final de esta serie cuando hablemos de la tradición republicana. Pero en todo caso, ya sabemos que ese mínimo denominador común no nos sirve. Por supuesto, hay un par de cosas profundamente insatisfactorias en esta concepción de la libertad, cosas que violan en buena medida nuestra moralidad intuitiva. Primero, parece ser que para esta concepción de la libertad es igualmente lesiva para el individuo la obligación de pagar impuestos que la de adorar al camarada Stalin. Y segundo, y muy importante, es que parece ser que en esta concepción de la libertad la posesión o carencia de riqueza es irrelevante. Es decir, que yo soy libre de ir al médico si ni el Estado ni cualquier otro poder armado me lo prohíbe, pero esto es independiente de si tengo dinero o no para pagármelo. La concepción “positiva” de la libertad, manejada por cierto liberalismo de izquierdas, viene a discutir esta visión de las cosas. La libertad “positiva” no solo se basaría en la ausencia de coacciones basadas en el uso (o amenaza de uso) de la fuerza sobre mis elecciones, sino que, apoyándose sobre esta, se extendería también al ámbito de los recursos necesarios para llevar a cabo dichas decisiones. En breve: yo soy libre de ir a un médico no solo si el Estado me lo prohíbe, sino si dispongo de dinero para ello y, aún más, si hay médicos dispuestos a atenderme. El belga Philippe Van Parijs es quien seguramente ha refinado más esta concepción de la libertad. Van Parijs distingue entre la libertad formal (la que aquí hemos llamado “negativa”) y la libertad real (la que aquí hemos llamado “positiva”). Para Van Parijs, una sociedad es realmente libre cuando reúne tres condiciones: 1) seguridad –existe una estructura de derechos y libertades básicas bien articulada-; 2) propiedad de uno mismo –en esa estructura, cada persona es propietaria de las decisiones sobre su vida-; y 3) ordenamiento leximin de la oportunidad –si, en esa estructura, cada persona cuenta con la mayor oportunidad posible para hacer cualquier cosa que pudiera querer hacer; en una sociedad realmente libre, quienes tengan menos oportunidades tendrán las máximas que podrían tener en cualquier otro ordenamiento que podamos llevar a cabo-. Una sociedad formalmente libre seria la que reuniese las primeras dos condiciones, pero esta libertad formal solo se convertiría en real si nos aseguramos que la sociedad en cuestión es aquella donde aquellos que tienen menos oportunidades tienen más que en cualquier otra sociedad razonablemente posible. Por poner un ejemplo: tenemos tres sociedades en las cuales se reconoce formalmente el derecho a ir al médico. En una de ellas solo un 10% de los ciudadanos dispone de recursos para ir realmente al médico. En otra, solo un 30%. Y en una última, solo un 50%. Pues bien: para un liberalismo “positivo” a là Van Parijs, seria la última la que maximizaria (de manera incompleta) el ideal de la libertad positiva. Una sociedad ideal donde tal libertad fuese universal seria, finalmente, una sociedad donde los individuos pudiesen llevar a cabo cualquier decisión que se les antojase. Este liberalismo si que es, o mejor dicho, si que puede ser compatible con el socialismo político. Lo único que un socialista político debe hacer para proclamar que su socialismo es “liberal” en el sentido aquí apuntado es demostrar que la extensión, en alguna medida, de los valores de igualdad y comunidad a la esfera socioeconómica (esto es, recordemos, la definición más inclusiva que podemos dar del término “socialismo”) contribuye a la maximización de la libertad positiva. Lo cual, dicho sea de paso, no es extremadamente difícil: sin entrar en grandes exámenes empíricos (que si entramos mejor, pero aquí por la extensión y por la intención del artículo está de más), creo que es poco objetable los norteamericanos tienen aproximadamente la misma libertad formal que los suecos y que, no obstante, los suecos más desfavorecidos tienen bastante más libertad real (esto es, más recursos para realizar efectivamente sus decisiones formalmente libres) que sus equivalentes norteamericanos. Parece razonable pensar que para maximizar la libertad positiva es necesario que los valores socialistas de igualdad y comunidad gobiernen en alguna medida la economia. Lo cual, por cierto, aleja este “socialismo liberal” de aquel otro pregonado por Giddens, Blair y el New Labour, que al parecer es el que inspiró a José Zaragoza y que se basa más bien en un imposible matrimonio con el liberalismo negativo, más respaldado por lo demás en la retórica y en el trato con los valores que en la lógica y en los valores en si mismos.
Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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| Escrito por Lluís Pérez | |
| lunes, 24 de diciembre de 2007 | |
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Delimité en el anterior artículo el mínimo común denominador que puede definir al conjunto de los proyectos político-sociales que, aun siendo bien diferentes entre si, la sociedad ha dado en llamar “socialismos”. Con el liberalismo, la misión es bastante más difícil. Lo único que podría parecer el mínimo común denominador del liberalismo, a saber, la defensa de la libertad individual, en realidad no es tal. La razón es que el liberalismo (o mejor dicho, el conjunto de proyecto politicosociales que, aun siendo bien diferentes entre si, la sociedad ha dado en llamar “liberalismos”) no es ni la única ni la más antigua tradición preocupada por la reflexión sobre, y la defensa de, la libertad individual. Lo veremos hacia el final de esta serie cuando hablemos de la tradición republicana. Pero en todo caso, ya sabemos que ese mínimo denominador común no nos sirve.






