Qué falla en nuestro sistema productivo y educativo
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Nuestras dos asignaturas pendientes como país y comunidad se encuentran en el sistema productivo y en el educativo, y además arrastrando los mismos problemas y demandando las mismas soluciones.
Sobre la situación del sistema productivo nacional, ya lo he expresado en otras ocasiones, podríamos decir que, a pesar de ser España el país con un mercado laboral más precarizado (el despido es libre y casi gratuito), con las jornadas laborales más largas de toda la Unión Europea (42 minutos más que la media comunitaria), y con los salarios más bajos del mundo occidental (el 28% de los españoles tienen un salario inferior al 75% del salario medio, según la UE), nuestra productividad se encuentra a la cola de los países desarrollados (en el último período analizado por los estados miembros de la UE, la productividad española creció 0,2%, el peor resultado de la UE que creció un 2%).
La realidad del sistema educativo se podría testar y evaluar en razón a su índice de fracaso académico, y que representa: el 29% en el ámbito escolar, el 48% en el bachillerato y el 50% en el universitario.
Siendo pues la falta de efectividad práctica y resultados la característica fundamental de estos dos sistemas, a pesar de la aversividad de sus procedimientos: obligatoriedad, imposición y exigencia como seña de identidad, cuando no coacción. O será precisamente por esto su fracaso.
Desde hace más de un siglo se viene haciendo constar que las metodologías, tanto educativas como laborales, deben de cambiar. Los procedimientos aversivos no generan más que aversión, esto es, prevención, aborrecimiento y oposición; y desde estos supuestos difícilmente conseguiremos elevar, ni nuestra tasa de productividad laboral, ni nuestro nivel de logro y éxito académico.
Se necesitan instrumentos de intervención nuevos, tanto en lo laboral como en lo educativo, que eviten la exclusión. Se necesitan procedimientos que se fundamenten en la participación, en la colaboración, en la cooperación, en lo afectivo, en la cercanía, en la armonía, en la implicación, en el compromiso, en lo significativo, en la interiorización, en la aceptación, en definitiva, en el aprehendizaje de dinámicas motivadoras, ilusionadoras y estimuladoras que inciten a la autobligación, a la autoimposición y a la autoexigencia; dináminas en la que amemos lo que hagamos, dinámicas con las que disfrutemos y gocemos con nuestra actividad y en nuestra actividad, sea esta estudio o trabajo. La ciencia hace mucho que en este sentido se ha pronunciado, hace falta ahora mucha valentía y una fuerza de voluntad a raudales y exuberante para romper con todos esos hábitos nocivos que tenemos adquiridos desde tiempo inmemorial y que nos dañan.
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