| Socialismo y Liberalismo (V): los problemas de la libertad negativa |
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Parece, pues, como si el socialismo político apareciese inevitablemente confrontado a la única libertad que aparentemente merece tal nombre, la negativa. Defender que el Estado debe pugnar por organizar la vida socioeconómica de manera tan comunitaria e igualitaria como sea posible; defender esto, digo, entra inevitablemente en conflicto con una concepción de la libertad que parte precisamente de la idea de que el Estado solo está justificado como institución, si lo está, en la medida en que protege a los individuos del inicio de la fuerza física por parte de otros individuos. Todo ideal ético-político que intente imponerse mediante la fuerza del Estado, incluso si el Estado es democrático, carece de justificación para el liberalismo negativo. El socialismo puede defender una concepción de la vida socioeconómica muy respetable y quizá muy acertada, pero carece de legitimidad para convertirse en ley. La libertad negativa, no obstante, también presenta sus problemas. Para empezar, en un nivel puramente intuitivo, resulta difícil aceptar que es igual de condenable el costear un sistema de Seguridad Social con el dinero de los más ricos que el imponer la adoración al camarada Stalin. Aquí el liberal negativo nos puede contestar “bueno, esa es su intuición, pero sus opiniones no tienen por qué ser las de los demás, ni tampoco tus intuiciones. Si queremos respetar la pluralidad de concepciones de la buena vida que existen, no tenemos más remedio que respetar escrupulosamente la libertad negativo. La única prohibición debe ser la de prohibir; la única constricción que deben sufrir los individuos debe ser la de no iniciar el uso de la fuerza”. Sin embargo, y este es el punto crucial que desacredita a la libertad negativa, no queda nada claro que la única amenaza a la capacidad de los individuos de tomar decisiones sea la fuerza física. El decir que una persona está “obligada” a hacer algo solo porque le amenazan con una pistola es de todo menos claro. Al fin y al cabo, alguien podría decir que si usted y yo aceptamos la típica transacción entre la bolsa o la vida es porque a los dos nos interesa: a mi me sale más a cuenta darle la bolsa que perder la vida y a usted le sale más a cuenta coger la bolsa sin quitarme la vida que hacer ambas cosas. Una argumentación que típicamente el liberalismo negativo utiliza para desacreditar a aquellos que dicen que un pobre está “obligado” a trabajar en pésimas condiciones por el hecho de que si no lo hace morirá de hambre: al fin y al cabo, dicen, el pobre podría decir “no” y seguir con su camino hacia la inexorable inanición. Todo un ejercicio de libertad, para el liberalismo negativo. Lo que no se entiende es, insisto, que diferencia hay entre eso y la elección entre la bolsa y la vida, que no deja de ser una “elección” ante la que podemos decir “no” y acarrear con el coste de tal negativa. No hay ninguna mano todopoderosa que, ante una pistola, nos fuerce irrevocablemente a aceptar los dictados de quien la sostiene. Hay que insistir: siempre se puede decir “no” y morir de un tiro, como siempre se puede decir “no” a un explotador tercermundista y morir de hambre. Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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| Escrito por Lluís Pérez | |
| lunes, 07 de enero de 2008 | |
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En el anterior artículo examiné los problemas que presentaba la defensa de la libertad positiva, sostenida por cierto liberalismo de izquierda y que consideraba plenamente compatible con el socialismo político, es decir, con el proyecto de realizar los ideales de comunidad e igualdad desde el poder del Estado. Tal proyecto, llevado a cabo teniendo en cuenta las constricciones de viabilidad económica pertinentes, no hacía sino ampliar la libertad positiva de los y las ciudadanas, entendida como la capacidad para llevar a cabo efectivamente las decisiones tomadas en el ámbito de la libertad negativa (libertad que, a su vez, se entiende como la posibilidad de tomar decisiones sin interferencias por parte de poderes fundados en el uso o amenaza de la fuerza; señaladamente, el Estado). Sin embargo, hemos visto que la defensa de esta concepción positiva de la libertad estaba cargada de problemas que tenían que ver, en última instancia, con su conflictiva relación con la libertad negativa. Parece ser que una y otra se llevan mal, que ampliar el ámbito de la una significa disminuir el de la otra (por ejemplo: asegurar mi libertad positiva de ir al médico supone cobrar impuestos progresivos y por tanto negarle a un rico su libertad negativa de utilizar su dinero como le plazca), y que no existe ningún criterio claro para saber hasta que punto podemos violar la libertad negativa en nombre de la libertad positiva. Defender la libertad positiva, por tanto, nos lleva por un camino inicialmente sensato que puede desembocar en auténticas barbaridades.





