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Fernando estaba satisfecho con su vida. Algunos la considerarían anodina, pero a él le bastaba. Tenía un empleo estable, buenos colegas con los que divertirse y aficiones sencillas que le permitían relajarse de vez en cuando. Incluso se podía permitir algún que otro rollete pasajero, gracias a una presencia aceptable rematada por un cabello rubio muy lustroso, de esos que sólo se ven en los anuncios. Y era un ejemplar ciudadano, cumplidor de las normas. Por eso cuando salió de la fiesta de cumpleaños de su amigo con unas demasiadas copas de más, resolvió dejar el coche en el garaje público y volver a casa dando un agradable paseo.
Los acontecimientos posteriores le hicieron arrepentirse de su decisión. Mientras la navaja apuntaba su cuello, se preguntaba si no hubiera sido preferible coger el riesgo de ponerse al volante, buscar un taxi incluso. Se sentía algo estúpido por haber tomado aquella ruta que atravesaba una calle mal iluminada, pero una vez se hubo calmado, sentado en el bordillo de un portal mientras su atracador se alejaba corriendo con el botín, pensó que no tenía sentido hacerse culpable. Esas cosas pasan, aunque uno siempre piensa que esas cosas sólo les pasan a los demás hasta que te toca el turno. Se incorporó lentamente y se dirigió a la comisaría más cercana mientras intentaba recordar dónde había dejado anotado el teléfono de la compañía bancaria al que debía llamar para anular las tarjetas. Ah, claro, lo tenía guardado en la cartera. La misma que ahora corría en el bolsillo de un quinqui. Qué idiota eres, Fernando. En la comisaría tuvo que esperar cerca de una hora hasta que le atendieron, sentado entre un infeliz al borde del coma etílico y dos marrulleros cubiertos de moretones que se habían enzarzado en una bulla callejera. El panorama típico de un viernes por la noche, vamos. El policía que le atendió en el despacho le recibió sin mostrar ninguna emoción o siquiera algún fingido interés. Le tomó los datos y apuntó los detalles de su declaración con una eficacia mecánica; Fernando no había confiado en ningún momento que aquella visita a la comisaría fuera a ser útil- aparte del necesario parte para el seguro- pero aún así se indignó por la clara falta de empatía del funcionario. Pero aún se sorprendió más cuando éste le pidió que pasara a una sala contigua y se desnudara. Es para comprobar si tiene alguna lesión debida al ataque-, le explicó. Pero si ni me llegó a tocar-, contestó él- no veo por qué esto es necesario Pues, sin pruebas físicas, va a resultar algo complicado sacar adelante la denuncia. Ya sabe cómo son estas cosas, no hay testigos, no hay pruebas... aún y cuando se haya cometido el delito, e incluso en el extremo de que logremos atrapar a un sospechoso, todo se reducirá a un par de declaraciones contrarias. ¿Cómo que “aún y cuando se haya cometido el delito”?- Fernando estaba tan asqueado que sintió náuseas- ¿Es que debería haber algún motivo para dudarlo? Huy, no se imagina usted la de cosas que se llega a inventar la gente. Las denuncias falsas por atraco son habituales y no se deben descartar; muchos las usan para encubrir que han perdido la cartera, o para perjudicar a un antiguo amigo. Mire, le voy a ser sincero: piénselo un poco antes de llevar esto a juicio. No tiene nada para probarlo y el proceso va a ser traumático; se verá obligado a recordar los hechos, deberá enfrentarse cara a cara a su agresor... y todo eso mientras juez y jurado dudan de cada una de sus palabras. No es nada agradable, créame. Fernando salió de la comisaría con la bilis asomando a su garganta. No tenía ninguna intención de quedarse sin hacer nada; no era sólo por el daño recibido, creía que era su deber evitar que el atracador volviera a hacerse con otra víctima. No, la justicia debía hacer su trabajo. El lunes siguiente, durante la pausa del café, relató la experiencia vivida a su compañero de despacho en la oficina. Se había pasado el fin de semana encerrado en casa, algo desazonado, y tenía la sensación de que le costaría reunir valor para volver a salir de noche. Su compañero le dio la razón, aunque de una forma un tanto retorcida: Es que no hubieras debido salir de buen principio, hombre. ¿A quién se le ocurre? Ir solo por la calle a altas horas de la madrugada, bien vestido, con la apariencia de llevar bastante dinero encima... estaba cantado. Pero esto no tendría que ser así... todos tenemos derecho de salir a la calle cuando nos plazca, sin miedo a que nos pase algo malo. Hombre, eso sí- terció el de la sección de marketing- pero no está de más tomar algunas precauciones... si tantas ganas tienes de salir por ahí, toma algunas clases de defensa personal, o asegúrate de ir siempre acompañado. Seguro que tienes algún amigo moreno del que te puedas fiar para... Un momento, ¿cómo que moreno?- Fernando dejó la taza de café sobre la mesa- ¿Qué tiene que ver el color del pelo con esto? Bueno... no es que los rubios seáis peores o eso, pero en general sois más débiles... y eso los atracadores lo saben. ¡Eso es una soberana gilipollez! Tranquilo, Fernando, no te pongas histérico. No es nada malo, sólo una cualidad biológica. Pero os pone en desventaja, por eso digo que no deberías arriesgarte a salir solo de noche. Ya te ha pasado una vez y sabes lo malo que puede ser. Sé más prudente, ¿vale? Como es lógico, Fernando se pasó de morros el resto de la jornada. Aquella conversación no había tenido ningñun sentido, y para colmo le había vuelto a asaltar aquel velado sentimiento de culpabilidad que tuvo el día del atraco. ¿Sería cierto que había sido un irresponsable? No tardó en comprobar que aquello era cierto para muchos; en los siguientes días tuvo la intuición de que se había convertido en el objeto de los cotilleos de toda la oficina e incluso de buena parte de su vecindario. Más adelante, en la sede de la Asociación de Víctimas de Violencia en la Calle, en la que asistía a sesiones de terapia en grupo para superar el trauma, descubrió que su situación era habitual. Las víctimas de atracos a veces eran objeto de la compasión de los demás, pero sobre todo sufrían la censura de moralistas que les acusaban de haberse comportado como alegres irresponsables, que les llegaban a reprocharles incluso su forma de andar, de vestir, sus hábitos de vida, pretendiendo que la ostentación de riqueza era un cebo irresistible para los atracadores que se veían tentados a sacar la navaja. Y tú tuviste suerte- le comentaba una joven asistente a la terapia- a tí te atacaron por la fuerza, y eso la gente aún lo reprueba. Pero el mío es un caso perdido- sacudió la rubia cabeza en un gesto de pesar. Fernando se sorprendía ahora al notar que todas las personas del grupo de terapia, excepto una, eran rubias- yo le presté 300 euros a un amigo que me había prometido que me los devolvería al día siguiente. Pero lo que hizo fue quedárselos... aún tuvo la cara de pretender que yo se los había dado voluntariamente... lo peor fue que poco después empezó a bravuconear delante de sus amigos, diciendo que yo le daba dinero a cualquiera, que era una manirrota... la gente me señalaba y me gritaba, eh rubia, ¿no tendrás 100 eurillos metidos en el bolsillo del culo? Es que se piensan que porque les vayas a prestar algo tienen derecho a todo- replicó el enjuto hombre que se sentaba a la derecha de la chica- y encima tus amigos empiezan a abandonarte y hasta se ponen de su lado porque piensan que eres un liante y un egoísta. En el juicio las cosas se pusieron aún más rocambolescas. No ayudó el hecho de que la policía había atrapado al sospechoso equivocado: al no poder probar la autoría del robo, la mayoría de asistentes a la vista- incluidos varios periodistas que se habían hecho eco del caso- infirieron que la denuncia también era falsa. Si ya había tenido que soportar bastante humillación durante el proceso: desde insistentes preguntas sobre qué hacía paseando por la calle a una hora en la que las gentes de bien están a salvo durmiendo en casa hasta intrascendentes, pero aún así muy recalcadas, estadísticas sobre el número de atracos denunciados que luego resultan ser falsos, o la cantidad de atracos en los que las víctimas son morenos (no olvidemos que los rubios no son los únicos que sufren la Violencia en la Calle, no se cansaba de repetir el abogado defensor) Sí, pero esas estadísticas están amañadas – comentaría más tarde la psicóloga del grupo de terapia- los atracos “falsos” son sentencias en las que el autor no se ha podido determinar, lo cual no demuestra que no exista delito: en realidad el porcentaje de denuncias falsas es el mismo que en el de otros delitos. Y en cuanto a la violencia que se ejerce sobre los morenos, no se dice que los perpetradores son, en la mayoría de los casos, también morenos. Por muy consoladoras que pudieran ser las palabras de la psicóloga, no aliviaban el hecho de que Fernando se había convertido en una especie de muro sobre el que lanzar el lodo de la ignominia: los compañeros de oficina, los vecinos, el jurado, la prensa, buena parte de sus amigos... le miraban como a un apestado, cuando no se burlaban cruelmente de él. Pensó seriamente la posibilidad de mudarse y salir de la ciudad, de aquella ciudad que parecía haberse vuelto loca y ya no le atraía en absoluto. El vaso de su paciencia se desbordó, sin embargo, cuando oyó por la radio las declaraciones de un jerifalte eclesiástico que salía al paso de las acusaciones de que su organización se embolsaba buena parte del dinero de la caridad para obras personales y no muy caritativas precisamente. Decía este prelado que las víctimas de atracos eran en parte responsables de su desgracia, que iban provocando y que algunos hasta deseaban que los robaran. Fernando se rió con sarcasmo y un cierto punto de histeria; ciertamente a él le había encantado perderlo todo: la cartera, el DNI, el móvil con su agenda de contactos, la confianza en los demás, la dignidad, el aprecio de sus amigos. Sí, seguro que eso era lo que esperaba cuando tomó la desafortunada decisión de volver andando a casa. Lo que ocurrió a continuación quedó reflejado en todos los medios de prensa del país, por lo bizarro de la situación: Fernando había entrado en una iglesia, en la que de hacía tiempo se rumoreaba que el párroco sisaba parte del dinero de las limosnas para las obras de la sacristía. Algo de razón debían tener, pues Fernando consiguió forzar sin dificultad el maltrecho pestillo de la puerta; agarró al cura y le dio una somanta de palos con el copón de misa hasta dejarlo medio muerto. Pero no fue eso lo que le mató: Al acudir alertados por los gritos de agonía del atacado, los vecinos del lugar se lo encontraron tumbado boca abajo, con el culo en pompa, y la bandeja del cepillo atravesada en el recto.
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