| Mediocracia de partido I: El desencanto del ciudadano con la política |
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Ser dirigente de un partido debe ser algo muy duro, y llegar a serlo aún más. Creo que fué egócrata quien dijo, con razón, que un candidato a la presidencia ha tenido más rivales internos que externos. Me explico: para llegar a ser candidato de un partido, esta persona ha tenido que enfrentarse a numerosos competidores a todos los diversos niveles de su partido a lo largo de su carrera política y luego tan sólo se tiene que enfrentar a un pequeño puñado de rivales de otros partidos.
No estoy entrando a juzgar esa actitud, ni siquiera creo que sea planificada ni haya una estrategia maligna detrás de todo ello, sinó más bien que es una “cultura de partidos” o “cultura política” que empuja en esa dirección. Y es lo más normal si nos paramos a pensar: antes hablaba que un dirigente ha tenido sobretodo muchos más rivales en su partido que fuera para llegar a donde está y es normal que a quien más pueda temer es a los rivales internos que a los externos. A parte de que llegar a donde está ha sido costoso y muy duro y lo natural es defender lo ganado y dificultar su pérdida. Por tanto entiendo que las estructuras de los partidos, controladas por los dirigentes, intentan sobretodo salvaguardar el poder establecido de veleidades revolucionarias y asaltos al poder. Como los partidos políticos han de tener una estructura formal democrática, no se puede establecer la jerarquía en base a “los primeros que llegan queman los puentes y se aislan en el castillo”. Los dirigentes han de establecer su perímetro defensivo en base a otras estrategias que consigan dos objetivos: satisfacer a las bases para que estas colaboren en campañas y en toda la acción política del partido y por otro lado no pongan en demasiado riesgo su cargo.
¿Cómo solventan ese dileman?. No pueden vetar formalmente ni el debate, ni la crítica, ni tan sólo las aspiraciones de posibles futuros dirigentes, pero sí pueden tener un cierto control sobre la estructura del partido, para así ganar asambleas y congresos. Para ello los dirigentes se dotan de herramientas de premio, delegación de poder, etc.. y lo hacen a través de cargos intermedios que controlan las estructuras territoriales y mantienen satisfecha a la base. El problema de ello es que estos cargos intermedios no pueden ser demasiado díscolos ni ocasionar muchas demandas y problemas ya que es posible que evolucionen a rivales e intenten asaltar el poder. Pero la propia cultura política discrimina que tipo de dirigente puede ascender y que habilidades son seleccionadas. Ya hablé de ello en “Liderazgo darwinista y principio de Peter”, básicamente las habilidades ques son seleccionadas no son las de un mejor discurso de fondo, las de una mayor capacidad de gestión o las de una honradez esquisita; estas pueden aparecer o no entre los cargos intermedios o a los dirigentes, pero las que son imprescindibles son las habilidades sociales de entender la lógica de las estructuras orgánicas, de saber identificar las oportunidades, de medrar y prosperar y las que permiten preveer y planificar estrategias sociales. Algunas de estas habilidades son útiles en la gestión pública o en las labores de dirección pero no son suficientes ni las únicas que han de ser necesitadas, por tanto, a pesar de que hay un proceso de selección, no implica que los seleccionados sean los más adecuados para ocupar cargos de responsabilidades públicas. En parte, y no todo, el desencanto con la política viene de que los cargos electos no tienen la capacidad para ejercer sus funciones de forma eficaz. Más de uno se sorprende como según que personas que aparentemente son unos incompetentes y posiblemente lo sean en sus cargos de responsabilidad estén ejerciendo cargos públicos electos o de confianza. Tan sólo hay que entender cuál es la lógica que rige su elección: no se eligen los mejores, sinó los que mejor han sabido moverse y mantienen una apariencia de competencia. Aún así, los partidos, porqué su dirección desea seguir ejerciendo un poder y mantener su cuota de gobiernos e instituciones a dirigir, aportan la peor de las soluciones si exceptuamos todas las demás: que pueden llevar al populismo de los candidatos, al amateurismo de los cargos de confianza o a las oligarquías tecnocráticas. El sistema de partidos mantiene un nivel de dignidad mínimo en sus candidatos que es el límite de tolerancia que en cada sociedad haya.... Para la sociedad danesa, que un responsable público se ventile 30€ del erario público en una comida es motivo para ser cesado y un verdadero escándalo, en España hay muchos dirigentes políticos que no son cesados hasta puntos extremos: y esto en parte también radica en que nuestra sociedad tiene un nivel de tolerancia a las corruptelas, las infracciones, al timo a lo público algo más alto. Pero en definitiva la mediocracia (nombre que le doy a la clase dirigente en especial los cargos intermedios entre la alta dirección y las bases) es la que copa el poder, una clase mediocrática seleccionada por un conjunto de habilidades y capacidades personales que no tienen que coincidir con las que son necesarias para una gestión eficaz.
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| Escrito por Jose Rodriguez | |
| martes, 15 de enero de 2008 | |
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Ser dirigente de un partido debe ser algo muy duro, y llegar a serlo aún más. Creo que fué egócrata quien dijo, con razón, que un candidato a la presidencia ha tenido más rivales internos que externos. Me explico: para llegar a ser candidato de un partido, esta persona ha tenido que enfrentarse a numerosos competidores a todos los diversos niveles de su partido a lo largo de su carrera política y luego tan sólo se tiene que enfrentar a un pequeño puñado de rivales de otros partidos.
Por tanto entiendo que las estructuras de los partidos, controladas por los dirigentes, intentan sobretodo salvaguardar el poder establecido de veleidades revolucionarias y asaltos al poder. Como los partidos políticos han de tener una estructura formal democrática, no se puede establecer la jerarquía en base a “los primeros que llegan queman los puentes y se aislan en el castillo”. Los dirigentes han de establecer su perímetro defensivo en base a otras estrategias que consigan dos objetivos: satisfacer a las bases para que estas colaboren en campañas y en toda la acción política del partido y por otro lado no pongan en demasiado riesgo su cargo.






