| Socialismo y Liberalismo (y VII): el socialismo republicano |
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En el artículo anterior explicaba la concepción republicana de la libertad. Una concepción que asociaba la libertad a la independencia individual respecto de la voluntad de terceros, que cifraba tal independencia en la incapacidad de un tercero de expulsarnos de la vida social (y aún de acabar con nuestra propia existencia material, base de aquella), y que consideraba como núcleo de tal invulnerabilidad el gozo de una propiedad que permitiese al individuo vivir por su cuenta, y no por cuenta de un tercero. También expliqué que esta concepción dividió al republicanismo a la hora de determinar la extensión que debía tener la libertad republicana, y con ella la ciudadanía de pleno derecho. Para unos (cómo Aristóteles o Cicerón), la ciudadanía debía restringirse a los libres, es decir, a los propietarios. El dejar la ciudadanía, y con ella el gobierno de la polis, en manos de los que no eran libres (los pobres, los esclavos, las mujeres...) equivalía a dejar los destinos de todos en manos de gente que carecía de voluntad propia, por deber su existencia social a un tercero. Por su parte, los republicanos democráticos (como Pericles o, más modernamente, Rousseau o Robespierre) coincidieron con éste diagnóstico, pero no con la solución de excluir a los ilibres de la ciudadanía republicana. Lo que éstos republicanos propusieron fue el extender la libertad republicana a aquellos que carecían de ella, para así poderlos elevar a la condición de ciudadanos sin que ello supusiese peligro alguno para la república.Ésta universalización de la libertad republicana se asoció, históricamente, con el proyecto de crear una sociedad de pequeños propietarios agrarios, cuya propiedad los convertiría en independientes y, por ello, en libres. Sin embargo, con la llegada del capitalismo industrial, éste proyecto se tornó inoperante. Con el motor de la economía desplazado del campo a las fábricas, resultó irrealista propugnar una suerte de “pequeña propiedad industrial” que supliese a la pequeña propiedad agraria como medio para universalizar la libertad republicana. Fue en esos tiempos de industrialización cuando diversos republicanos concibieron la idea de unir el proyecto de universalización de la libertad republicana con el viejo ideal, hasta entonces puramente utópico, de instaurar un modelo socioeconómico regido por los principios de comunidad y de igualdad, donde todos fuesen iguales y donde todo fuese de todos. Señalados en éste esfuerzo de fusión fueron dos jóvenes miembros de una sociedad secreta republicana, la Liga de los Justos, que ellos rebautizaron como Liga de los Comunistas. Sus nombres eran Marx y Engels, y su preocupación era extender la libertad republicana a aquellos que más evidentemente la veían aniquilada por el capitalismo: los asalariados, particularmente los industriales. De éste matrimonio entre el socialismo, el republicanismo y el movimento obrero surgió el moderno socialismo y con él la moderna socialdemocracia. Éste matrimonio no solo presidió los inicios revolucionarios de la socialdemocracia: también Bernstein, profeta del reformismo, insistió en sus escritos en la idea de que la tarea del socialismo era la de emancipar a la clase obrera, y que tal emancipación solo podía lograrse atacando la “inseguridad en la existencia” (la expresión es suya) que era propia de la condición el proletario en el capitalismo. El socialismo, por supuesto, tenía otras virtudes propias e intrínsecas, tanto para Bernstein, cómo para Marx y Engels, cómo para todos los demás grandes dirigentes socialistas de la época. El socialismo se tenia por un modelo más racional y más eficaz de organizar la economía, cómo un modo de realizar el ideal kantiano de tratar a los demás como fines y no cómo medios, o cómo un producto de la necesidad histórica. Las razones para defender el socialismo variaban de un autor a otro, pero antes de las guerras mundiales todos coincidían en una idea central: el socialismo era sobre todo un medio para lograr extender la libertad republicana al proletariado. Ésta centralidad de la libertad en el pensamiento socialista se iría eclipsando con el ascenso del stalinismo, con el olvido progresivo de la especificidad de la tradición republicana frente al liberalismo y con la construcción de un discurso derechista que identificaba la libertad con la libertad negativa pregonada por el liberalismo, inevitablemente enfrentada al socialismo político. Hoy existen intentos de volver a reivindicar las raíces republicanas del socialismo moderno y, con ellas, la concepción republicana de la libertad. El propio Zapatero se ha pronunciado alguna vez cómo seguidor de éste revival republicano-socialista, aunque me temo que más pensando en su utilidad retórica que en su significado ideológico. Se trata, no obstante, de movimientos aún minoritarios. En el grueso del socialismo democrático sigue siendo comúnmente aceptada la idea de que la libertad es un rasgo único y casi una invención del liberalismo, mientras que el socialismo únicamente se habría preocupado históricamente de la igualdad, concluyendo por tanto que el socialismo ideal debe ser un “socialismo liberal” que intente casar las convicciones socialistas con la defensa de alguna de las dos libertades teorizadas por el liberalismo. Pero ya hemos visto que ésto no funciona. La libertad estrictamente negativa casa mal con los intentos de asegurar la igualdad entre los ciudadanos y el funcionamiento comunitario de la vida socioeconómica. La libertad positiva se puede apoyar en ambas cosas, pero por si misma presenta graves problemas que la convierten en un mal aliado del socialismo. Y hemos visto, también, que la idea de que la libertad individual es un ideal exclusivo del liberalismo es rotundamente falsa. Que miles de años antes de que apareciese la misma noción de “liberalismo” existía ya una tradición, la republicana, que promovía un concepto de libertad mucho más cercano a lo que todo el mundo asocia intuitivamente con la palabra “libertad”. Que no fueron pocos los republicanos que, con la llegada del capitalismo industrial, vieron en el socialismo un medio ideal para universalizar la libertad republicana. Y que de esa republicanización del viejo ideal socialista es de donde nació el socialismo decimonónico del cual todas las corrientes socialistas modernas son, de cerca o de lejos, herederas directas. Sostengo que, hoy como ayer, el único socialismo que puede marcar políticamente la diferencia es un socialismo conscientemente comprometido con la libertad republicana. Tomarse en serio, hoy en día, la defensa de la universalización de la libertad republicana, implica dos tareas fundamentales. La primera, la lucha contra la pobreza y la precariedad económica, las mismas que ponen a unos individuos (los pobres) en situación de depender de otros (los ricos). La segunda, la lucha contra la extrema riqueza, contra las extremas concentraciones de poder económico, que históricamente han sido denunciadas por el republicanismo (incluso en sus versiones antidemocráticas) cómo amenazas a la libertad republicana: cuando una gran proporción de la riqueza de una república se concentra en manos de unos pocos magnates, denunciaba por ejemplo Maquiavelo, entonces no hay lugar para instituir república alguna, por cuanto las condiciones de existencia de sus habitantes y de la misma república se deberán a unos cuantos particulares que serán los que definirán, arbitraria y casi autocráticamente, qué linea política debe seguir el gobierno de la república. La concepción republicana de la libertad obliga, pues, al Estado a intervenir contra la pobreza y contra la extrema riqueza, por poner en peligro la libertad de muchos (en el primer caso) o incluso la de todos (en el segundo). Pero, además, ésta concepción de la libertad permite al Estado intervenir en una amplia gama de materias (desde la inversión en infraestructuras hasta la regulación de los contenidos televisivos) sin que se considere, como pasa en el liberalismo negativo, que se está “atentando” contra la libertad de los ciudadanos. Al menos, mientras se garanticen razonablemente tres cosas: 1) que los ciudadanos son libres en el sentido republicano de la palabra; 2) que los ciudadanos tienen razonablemente igual capacidad de influencia política en las decisiones del Estado; y 3) que, sea cual sea la intervención acordada en la vida socioeconómica, ésta no amenazará el derecho a la existencia de nadie. Ésto quiere decir que el Estado no puede asesinar a sus ciudadanos ni encarcelarlos arbitrariamente, pero también quiere decir que no puede (por ejemplo) expropiar las tierras de una tribu indígena para venderlas a una multinacional bananera, poniendo a aquella en situación de dependencia respecto de ésta. Todo esto implica que, si el republicanismo necesita del socialismo (o “de un cierto nivel” de socialismo) para realizar sus ideales en la sociedad moderna, no es menos cierto que el socialismo puede desarrollarse por completo (o hasta el límite de sus posibilidades) sin por ello ser señalado cómo enemigo de la libertad. El proyecto de hacer que la vida socioeconómica se rija, en la medida de lo posible, por los principios socialistas de igualdad y comunidad no solo puede ser compatible con la libertad entendida como independencia socioeconómica, sino que en buena medida puede venir a asegurarla y reforzarla. Creo que los socialistas democráticos deberíamos explorar la riqueza que aún hoy nos ofrece la concepción republicana de la libertad antes de lanzarnos, cómo nos propone José Zaragoza, a imposibles matrimonios con el liberalismo. La libertad debe ser una preocupación central para el socialismo democrático, pero eso no quiere decir que debamos aceptar el liberalismo. Antes bien: habida cuenta de la ilibertad generada por un ideario como el liberal, ampliamente tolerante con desigualdades que el republicanismo histórico siempre señaló cómo incompatibles con la libertad, deberíamos asumir que los socialistas, en nuestro esfuerzo por defender la libertad, vamos a tener por adversario al liberalismo en no pocas ocasiones.
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| Escrito por Lluís Pérez | |
| domingo, 20 de enero de 2008 | |
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En el artículo anterior explicaba la concepción republicana de la libertad. Una concepción que asociaba la libertad a la independencia individual respecto de la voluntad de terceros, que cifraba tal independencia en la incapacidad de un tercero de expulsarnos de la vida social (y aún de acabar con nuestra propia existencia material, base de aquella), y que consideraba como núcleo de tal invulnerabilidad el gozo de una propiedad que permitiese al individuo vivir por su cuenta, y no por cuenta de un tercero. También expliqué que esta concepción dividió al republicanismo a la hora de determinar la extensión que debía tener la libertad republicana, y con ella la ciudadanía de pleno derecho. Para unos (cómo Aristóteles o Cicerón), la ciudadanía debía restringirse a los libres, es decir, a los propietarios. El dejar la ciudadanía, y con ella el gobierno de la polis, en manos de los que no eran libres (los pobres, los esclavos, las mujeres...) equivalía a dejar los destinos de todos en manos de gente que carecía de voluntad propia, por deber su existencia social a un tercero. Por su parte, los republicanos democráticos (como Pericles o, más modernamente, Rousseau o Robespierre) coincidieron con éste diagnóstico, pero no con la solución de excluir a los ilibres de la ciudadanía republicana. Lo que éstos republicanos propusieron fue el extender la libertad republicana a aquellos que carecían de ella, para así poderlos elevar a la condición de ciudadanos sin que ello supusiese peligro alguno para la república.





