| Discurso socialdemócrata, redistribución y ley de la gravedad: una perspectiva neoprogresista |
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Hace algunos meses escribí un artículo que tuvo (sorprendentemente) cierto éxito donde exponía lo que para mi debía constituir el marco de razonamiento de la (extrema) izquierda del futuro. En ese artículo dije que pensaba que el escepticismo debía ser el principio fundamental de ese discurso. En este artículo me gustaría concretar que significa esta actitud en un aspecto fundamental de este discurso: la redistribución.
I JUSTICIA SOCIAL Y ESCEPTICISMO Si algo aúna a la izquierda es el escepticismo respecto a la capacidad del status quo para producir soluciones justas. Desde el liberalismo clásico, la ilustración, el marxismo e incluso el leninismo hasta el third way contemporáneo, la izquierda se ha visto federada por la creencia en que la situación actual es profundamente injusta oprimiendo a los débiles y ensalzando a un grupo de individuos injustamente privilegiados. Esta percepción intuitiva no ha sido tampoco refutada por ninguna teoría u observación empírica hasta el día de hoy. En el plano de la economía, por ejemplo, el paradigma neoclásico simplemente niega tener nada que decir sobre la distribución de la riqueza. La arquitectura del equilibrio general solo postula que, dada un distribución inicial, bajo ciertas condiciones, la situación será eficiente (nadie estará dispuesto a pagar lo que cuesta producir un poco más). No se dice sin embargo nada sobre lo justo o injusto de esa distribución inicial, eso es algo que se deja al aspecto normativo. Por otro lado, desde principio de los noventa, el debate comenzó a dar la razón a los que pensamos que las sociedades mas igualitarias no son menos, sino más eficientes: cuanto mayor sea la movilidad social, más gente hay compitiendo por llegar arriba y por lo tanto los ganadores en la carrera serán mejores, siempre y cuando la carrera sea justa. En el plano de la teoría política tampoco existe ningún obstáculo serio para creer en la redistribución. El paradigma dominante, el liberalismo igualitarista de Rawls proclama que las desigualdades solo son justas cuando sean la consecuencia de una elección individual (elegir jugar al tenis en vez de estudiando es un ejemplo). Una sociedad justa tiene que ser “sensible a la elección, insensible a la herencia”. Sin embargo, un mundo donde la distribución de recursos (desde la riqueza tangible hasta cosas mas intangibles como los contactos, las habilidades, etc…) no sea igualitaria no es una sociedad justa. Las principales críticas del liberalismo igualitarista, o no lo contradicen en su justificación o no son más que una tendencia marginal. En el caso del utilitarismo, como he dicho más arriba, se admite que la igualdad es algo que genera mayor utilidad agregada: cuando tenemos cinco coches para repartir entre cinco personas con necesidades idénticas, es evidente que lo que la diferencia de “placer” entre tener ningún coche y tener uno es mucho mayor que entre tener tres y tener cuatro (cada persona necesita “más” el primer coche.). Idem para el marxismo analítico que tiende a converger en soluciones con el liberalismo. Las únicas tendencias que realmente desafían el liberalismo igualitarista son el libertarianismo y el comunitarismo. Simplificando al máximo, el primero proclama que la distribución igualitaria no es necesaria para ser justa mientras se haya consentido libremente a partir de una distribución igualitaria inicial (algo que Nozick se ve incapaz de justificar) y el segundo justifica las desigualdades en función de la tradición o las esencias eternas. Aunque desde el punto de vista intelectual el desafío puede parecer serio, en el plano del debate político gozan de un gigantesco desprestigio, al menos, desde la revolución francesa. En este sentido, una perspectiva escéptica permite abogar por las redistribución masiva de la riqueza a favor de los menos favorecidos por el status quo, al menos, desde el punto de vista normativo. II REDISTRIBUCIÓN Y LEY DE LA GRAVEDAD La redistribución es pues, no solo un imperativo ético, sino también un presupuesto de la eficiencia económica. Sin embargo, el discurso de la izquierda actual tiende a sostener que redistribuir riqueza es algo fácil y barato. Es esa tendencia, cuya ingenuidad solo rivaliza con la fe ciegas en la eficiencia de los mercados y el darwinismo social, la que viola nuestro compromiso con el escepticismo y la toma en cuenta de la ley de la gravedad: Nada sale gratis y la gente responde a incentivos. En este sentido hay dos series de limitaciones. A) Primer límite: La estructura de la desigualdad Lo primero que no sale gratis es como se redistribuye renta y como se identifica la situación de desventaja que queremos corregir. ¿Qué es lo que provoca la desigualdad? A los fans de Bourdieu les daré la razón: la desigualdad proviene la posesión del capital. Sin embargo, el capital es un concepto abstracto y complejo que incluye no solo el capital físico (las máquinas y los “medios de producción) sino también el capital social (los contactos, las amistades, el origen social) y sobre todo, el capital humano (la educación, las habilidades, etc…) Esto pone dos tipos obstáculos: 1 La dificultad de redistribuir.¿qué es redistribuir? Básicamente, consiste en ejercer de Robin Hood: quitar a los ricos para dar a los pobres. El problema es que el poder de expropiación del estado es limitado. El capital físico (las máquinas) se puede expropiar fácilmente y redistribuir ya que es un bien escaso y transmisible, pero el capital social (las amistades) y el capital humano (las habilidades) son mucho más difíciles de expropiar. El Estado no puede obligar a nadie a ser amigo de nadie y con algo más de limitación puede facilitar la educación universal, pero es un proceso mucho más complejo que simplemente hacer transferencias. 2 La dificultad identificar la desigualdad: redistribuir significa identificar quién está peor. Sin embargo, si la posición de “mejor o peor” está determinada por la posesión de capital intangible (es decir, cosas abstractas como el nivel de amistades, o la capacidad para resolver problemas) al estado le resulta mucho más difícil identificar estas situaciones. Si además dentro de las desigualdades hay que diferenciar las que son legítimas (atribuibles al mérito) y las que no (atribuibles a la herencia) entonces el problema engorda. Por supuesto, la estadística sirve para algo y se pueden identificar “proxys” indicativos. Por ejemplo, el origen social, el género o la raza son un buen predictor de la desigualdad, sin embargo no es en ningún caso un mecanismo exacto y la desigualdad es algo fundamentalmente complejo y la discriminación positiva un mecanismo relativamente torpe. Aunque es cierto que muchas mujeres se encuentran discriminadas, hay muchas que no lo están (Esperanza Aguirre es un buen ejemplo), precisamente las que están más capacitadas para explotar los beneficios de la discriminación positiva. Además, querría puntualizar que hay “proxys” que son muy torpes identificando la desigualdad. Un ejemplo claro es la condición de trabajador. La cosmovisión de la izquierda está basada sobre la igualdad entre la condición de trabajador y la de pobre. Las consecuencias políticas de esta percepción son abogar por el sindicalismo y la manipulación del salario mínimo como herramientas de redistribución. Sin embargo, esto es por lo menos inexacto: hay al menos tres categorías muy desfavorecidas. La primera son los excluidos: las mujeres, los jubilados o los sin papeles que no acceden al mercado laboral no están menos desfavorecidos que los trabajadores asalariados. La segunda son los parados: un parado no está dentro del mercado y unas medidas de redistribución que tiendan a aumentar los costes laborales tenderán a reducir el número de puestos de trabajo a favor de los insiders. La tercera es la de los autónomos y los no asalariados: la teoría de la explotación marxista clásica es fundamentalmente caduca y existen muchas categorías profesionales que estando en una situación precaria no entran dentro del ámbito del derecho laboral. B) Segundo límite: la gente responde a incentivos En el plano de los incentivos, los “proxys” tienen un efecto de adaptación muy poderoso. Si acordamos un umbral de exención en el impuesto sobre la renta, es muy probable que la gente intente engañar a hacienda para hacerle creer que está por debajo de ese umbral. La discriminación en función de la honestidad crea incentivos para mentir. Lo cuál nos lleva al segundo límite Pero existen otros dos límites muy importantes: los de los agente privados y los de los políticos. 1. Los individuos privados: sonará a librillo liberal, pero es cierto: los impuestos tienen costes. No pretendo que no sean costes justificados, pero tampoco lo contrario, precisamente, lo que quiero argumentar es que en función de lo bien que usen los impuestas será conveniente o no aumentar el gasto público y los impuestos. Cuando la imposición del capital (el impuesto de sociedades) aumenta, la inversión disminuye, cuando la imposición del trabajo aumenta, el número de individuos que trabajan también disminuye. Hay mucho escrito sobre este tema, así que no me entretendré más sobre él, pero hay un punto que quiero resaltar: cuando, a golpe de decreto o de presión sindical se suben los salarios, los precios suben y eso crea inflación. La inflación es aceptable, pero en ningún caso buena y siempre costosa. La inflación es la ley de la gravedad de las subidas salariales que tiende a neutralizar sus efectos redistributivos y crear muchas pérdidas en términos de empleo y eficiencia. 2. El segundo, es que los políticos también responden a incentivos. ¿Como toma un político la decisión de redistribuir? La primera limitación son las deficiencias de información que hemos visto antes. La segunda es que su principal incentivo no es (¡gracias a dios!) responder ante la historia, sino asegurarse la reelección. La democracia no es un juego igualitario; está determinada por la posesión del capital (político). Existen grupos con mucho poder de presión cuyas demandas son tomadas en cuenta y existen grupos muy desorganizados y desinformados que son marginados. Entre los primeros se encuentran las asociaciones corporativas (los sindicatos, la patronal, las asociaciones de víctimas), la prensa, los agricultores y entre los segundos grupos mayoritarios como el votante pasivo, los parados, los sin papeles, los inmigrantes, los presos… Es posible que llevar a cabo una política de reinserción agresiva sea socialmente conveniente, sin embargo eso no ocurrirá porque la AVT tiene un poder de presión mucho mayor que el colectivo de presos. Una combinación de este último punto y el argumento de la información es el de la economía conductista. Los individuos (y los políticos no son una excepción) no tienden a actuar de forma completamente racional, sino que tienden a identificar lo conveniente (ser reelegido) con lo correcto (redistribuir de forma equitativa). En el caso de un político esto se traduce en una falta de capacidad de reacción a algo electoralmente inconveniente (liberalizar la agricultura) pero que es imperativo para la justicia social (los países del tercer mundo pierden mucho por culpa de nuestros subsidios). III CONCLUSIÓN: AMBICIÓN, COHERENCIA Y PRUDENCIA El discurso socialdemócrata no puede, salvo dejando de ser socialdemócrata, permitirse eliminar la redistribución de su programa político. Existen muchas formas de redistribuir riqueza cuya eficiencia está comprobada: guarderías gratuitas, sanidad gratuita, el subsidio de desempleo, el cuidado de los mayores dependientes, las políticas de igualdad hombre mujer. Incluir este tipo de políticas en el programa en el programa es obligación dictada por la ambición y la coherencia: corregir las deficiencias del status quo es posible y necesario y debe hacerse de forma enérgica. Sin embargo, el mainstream de la izquierda no parece haber asimilado el efecto de la ley de la gravedad y sigue creyendo que redistribuir riqueza es fácil y gratis. Esta rama de la izquierda aboga en coherencia por medidas de simpleza pasmosa como el desprecio de la inflación y la estabilidad presupuestaria, el aumento de los salarios a golpe de cirugía legislativa y, en algunos casos, la expropiación del capital físico. Los neoprogresistas debemos oponernos a este tipo de medidas como imperativos de prudencia y la coherencia. Esto no es política, es ciencia. Todo programa de redistribución debe basarse en la eficacia en la consecución de sus objetivos (es decir, en no ser contraproducente) y eso implica ser humilde y prudente. Así pues, el programa de la socialdemocracia moderna debe esforzarse por ser ambicioso y coherente, pero también prudente. Redistribuir renta es necesario y conveniente, pero no es fácil ni gratuito. La ley de la gravedad obliga.
Publicado originalmente en "La ley de la gravedad"
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| Escrito por Citoyen | |
| lunes, 21 de enero de 2008 | |
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