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miércoles, 03 de diciembre de 2008
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Mediocracia de partido II: La dificultad del cambio y la estabilidad de los partidos mediocráticos Imprimir E-Mail
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ImageEn un anterior artículo de esta serie analicé como la tensión en una organización política entre la necesidad de “ganar elecciones” a través de ofrecer programas y candidatos interesantes y la necesidad de la alta dirección de esta organización de estabilidad y protección genera una jerarquía intermedia de los partidos ha sido seleccionada para no producir muchos problemas. En este artículo analizo cómo esta propia estructura no forma una semilla capaz de reaccionar a los cambios.


No me hartaré de repetirlo, pero un partido político que sea exitoso es uno que es capaz de ganar elecciones o adquirir cierta responsabilidad a través de elecciones. Desde un punto de vista “darwinista” las organizaciones políticas que sobreviven y tienen capacidad de autoperpetuarse son aquellas que son capaces de adquirir poder político. Estas son las que atraen militantes y personas que interesadas por la política o por X motivos deciden sumar sus esfuerzos a esa organización.


idearota.jpgA diferencia de asociaciones y organizaciones de otro tipo, los partidos necesitan gestionar poder para poder perpetuarse. Tanto a nivel organizativo como económico (tan sólo hay que recordar el descalabro económico que suposo recientemente para IU, un mal resultado en las elecciones generales).


Por tanto, es un buen modelo simple aproximarse a las organizaciones políticas que gestionan poder como fruto de dos tensiones:

a) La necesidad de ganar elecciones ofreciendo candidatos y propuestas interesantes para el electorado y movilizando a su militancia y sus simpatizantes.

b) La necesidad de la alta dirección de los partidos de tener organizaciones estables y tranquilas, que no generen suspicacias entre el electorado, pero sobretodo problemas para la alta dirección en mantenerse en su status quo.


Por tanto los partidos políticos han de mantener un equilibrio entre “ideas nuevas” y “estabilidad y control de las bases”. Ya hablé en mi anterior artículo que en este caso los cargos intermedios, la mediocracia, son las piezas clave que consiguen ayudar a construir ese equilibrio entre democracia interna y tranquilidad organizativa.


Bien, esto funciona correctamente, a pesar del desencanto político debido precisamente a que ese desencanto no se traduce en exigencia de mejores ideas o de mejores candidatos (hablaba del nivel mínimo de tolerancia de la sociedad a las pequeñas corrupciones, a los malos candidatos o a dirigentes intermedios y cargos públicos poco competentes), y si lo hace no se configura como una amenaza al status quo. Tanto el resto de organizaciones políticas tienen un nivel igual de bajo de candidatos y propuestas (el famoso problema de que “todos los partidos son iguales”, que no quiere decir que todos los partidos vayan a hacer lo mismo, sinó que la percepción de estos es que no se puede esperar de ninguno cosas mucho mejores), y la “sociedad” no genera organizaciones sociales o movimientos que presionen seriamente en mejoras del sistema (la idea de que a pesar de las quejas, en general las cosas no van demasiado mal y el coste de oportunidad de los ciudadanos es más grande que el beneficio que obtendrían movilizándose).


En una sociedad donde la gente es más o menos acomodaticia o los problemas no son excesivamente serios, este sistema mediocráticos tiene más capacidad de subsistir que el meritocrático, ya que entonces es más importante la estabilidad interna que generar mejores candidatos. Si esto se perpetúa durante años y años, tendremos que las organizaciones políticas se acercarán más al modelo mediocrático que al de activistas talentosos, y su propia cultura interna (no hablo de organización formal sinó de la informal, de la cultura organizativa y de la organización humana que se configura alrededor de la estructura formal) tenderá a que prosperen los mediócratas y no las personas más capacitadas a los cargos institucionales y de dirección intermedia.


Ante este escenario cualquier situación de cambio o de necesidad de reacción y adaptación interna tiene serios problemas en prosperar. Si el electorado deja de ser tan acomodaticio, o comienzan a moverse nuevas ideas que pueden afectar al electorado de forma seria, o incluso nuevas formas de acción política (por ejemplo, la ciberpolítica), las organizaciones están poco preparadas para afrontarlo. Una alta dirección, por muy buena que sea no puede impulsar cambios serios en el partido sin contar con la mediocracia o los cargos intermedios, y un impulso desde arriba está condenado al fracaso, no porqué la mediocracia se oponga. De hecho la mediocracia está seleccionada para ser leal y bastante obediente a la alta dirección, sinó porqué la selección, adoctrinamiento y aculturización de las personas que terminan conformando la mediocracia termina por dejarlos con poco margen de maniobra y capacidad de gestionar el cambio.


Durante años se les ha adoctrinado para que no se escapen de una línea general marcada por la dirección, para no lanzar ideas propias o bien cuando las lanzan tener siempre todo cubierto y poco margen de riesgo. Se les ha seleccionado precisamente por entender una estructura organizativa que busca la estabilidad, por saber moverse en este tipo de escenarios. Cuando hay que asumir otras formas de trabajar y organizarse se encuentran algo paralizados. No es que tengan una incapacidad personal cognitiva para adaptarse personalmente a los cambios, aunque seguramente no son los más talentosos de sus organizaciones, los mediócratas no son idiotas funcionales y han demostrado capacidad para adaptarse personalmente a una organización poco hecha para el común de los mortales, sinó que toda su aculturización y las presiones “selectivas” (utilizando el argot darwiniano) le han empujado a mantener apagada la generación de ideas que escapen el gris o la consigna del momento, a dejar de lado el pensamiento lateral y el ingenio necesario para reaccionar en momentos de cambio profundo.


Cuando ahora los propios partidos (aquí y en medio mundo) se dan cuenta que hay bastante desencanto en la sociedad (no hace falta ser un lumbrera para ello) con la política y los políticos, se han lanzado como locos y llevan haciéndolo durante años a analizar como cambiar esto, a la vez que siguen manteniendo esa cultura interna que fomenta un tipo de dirigente: el mediócrata. Estoy convencido que pocas organizaciones se han autoanalizado tanto como los partidos, precisamente con más intensidad por los cargos intermedios y los que “más entienden la organización” a los que la alta dirección les ha pedido que hagan ese ejercicio con ellos (ya que la alta dirección, por muy listos que sean, no tienen todas las respuestas ni conocen toda la organización). Bien, todos sabemos el resultado: los partidos poco han cambiado. Y no tiene nada que ver eso de que son estructuras formales casi del s. XIX. Lo importante realmente no es la organización formal, sinó la cultura organizativa y la estructura informal. Esta tampoco ha cambiado en las últimas décadas, a pesar de que el desencanto va a más.


Los partidos pueden terminar asumiendo nuevas propuestas en sus programas, abrirse más a la sociedad incluyendo independientes, escuchando a las entidades, llenándose la boca de proximidad, etc.. Y seguramente la mayoría de estas iniciativas son positivas y buenas, están hechas con la mejor de las intenciones y además se obtienen resultados reales (por ejemplo, la lucha contra el cambio climático ya forma parte del programa de casi todos los partidos y se traduce en algunas acciones de gobierno reales). Pero lo esencial, no se cambia. La cultura política no evoluciona a la par, y los partidos siguen fomentando mediocracias. Y además, lo bueno, es que toda esta estructura es sostenible. La crisis de los partidos lleva décadas tratándose y los partidos (mediocráticos) siguen siendo las estructuras y organizaciones políticas más competitivas para gestionar el poder público.


La parte de la sociedad que es “rebelde” o que exige otro nivel de participación es una minoría, la insatisfacción con la política no se traduce con un apoyo a formas alternativas de gestionar lo público o en movimientos ciudadanos afianzados y con proyectos que pongan en riesgo el status quo. La “queja del bar” no se traduce en propuestas, y lo de la exigencia de una democracia deliberativa es realmente una petición de una minoría y no de la mayoría de la sociedad. Ante esto los partidos mediocráticos tienen las de ganar, por más que en su fuero interior crean que están en crisis esto no es así: siguen siendo la opción más adaptada para gestionar el poder.


Esto sólo se ve alterado cuando hay nuevos escenarios que realmente alteran la creación de opinión o los mecanismos de influencia interna en los partidos. Un ejemplo de ellos es la eclosión de la blogosfera política, que aunque no sabemos realmente la dimensión de su influencia entre el electorado, sí que sabemos que está afectando en cierta manera a la estructura interna de los partidos. Por ello los propios partidos han dedicado mucho esfuerzo en intentar acercarse y entenderla. La blogosfera ha servido para que “nuevos talentos” en las propias organizaciones políticas emergan como nuevos líderes de opinión en un ámbito restringido, se han abierto compuertas en los flancos que hacen fluir un nuevo tipo de talento adaptado a una nueva forma de comunicación. A pesar de ello, y aunque la influencia de la blogosfera es creciente, aún los partidos mediocráticos son una opción altamente competitiva para gestionar el poder público y aunque son capaces de ir aceptando las nuevas realidades, no esperemos que toda la estructura mediocrática se vaya a alterar significativamente. Tal vez el cambio nazca en un nivel de exigencia mayor de los activistas políticos de los partidos que se han lanzado a la blogosfera y se han dado cuenta que pueden deliberar y dialogar a nivel de igualdad con otros, pero esto es algo que dejaré para otro artículo en el cuál analizaré si la blogosfera es realmente un reto de cambio de las mediocracias.


Triste es que después de décadas de autoanálisis de los partidos su única adaptación seria (más allá de la introducción de nuevas propuestas programáticas, que son importantes de cara a la gestión pública pero no para transformar la cultura organizativa) vaya a ser la blogosfera, ¿no?. Por algo el sistema de partidos mediocráticos es bastante estable.



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Escrito por Jose Rodriguez   
miércoles, 23 de enero de 2008
 
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