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miércoles, 03 de diciembre de 2008
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Sobre dinosaurios ideológicos, neos y otros camuflajes políticos Imprimir E-Mail
Lecturas 2654    

ImageEs un hecho que los grandes dinosaurios ideológicos alumbrados desde el Renacimiento pero crecidos y desarrollados durante los últimos dos siglos vienen apareciéndose desde hace años como simples caricaturas de lo que en su día fueron y representaron. Hace poco tiempo que en el museo de la Historia dormitan estos gigantes, otrora indómitos y con vocación de universalidad, pero que en la actualidad se conforman con ser meros testigos mudos de la destrucción de sus herederos y epígonos.

Estos enormes especímenes (liberalismo, fascismo, marxismo y conservadurismo) conformaron en sus respectivas épocas y ámbitos de influencia toda una suerte de cosmovisiones y formas de entender la realidad por parte de la humanidad que ésta no podía más que mantener como base fundamental de su pensamiento y acciones, como respuesta a toda pregunta, como satisfactorios axiomas polivalentes ante cada acontecer político o social.

Ni siquiera el marxismo como corriente basada en el valor dialéctico de la lucha de clases y el conflicto como motor del cambio pudo escapar a la lógica positivista que todo lo convierte en dogma y verdad absolutos y universales.

Descendientes de esta primera generación fueron los retoños reencarnados, los herederos relativistas de tercera vía que con mayor perspectiva supieron adaptarse a un nuevo escenario climático donde sus progenitores habían desaparecido de la faz de la Tierra debido a las consecuencias del impacto del gran meteorito que supuso la II Guerra Mundial.

Fue después del cataclismo cuando, dentro de los estrechos límites del entorno occidental, comienzan a dar sus primeros pasos toda una serie de camadas que aún hoy difícilmente podemos situar y definir. De todas ellas, sin duda la más fructífera ha sido la del socialismo democrático. Concepto y realidad político-ideológica tautológica donde las haya (nada hay más democrático que el socialismo), nos sirve para señalar aquel cuerpo ideológico que defiende la plena emancipación de las personas para conquistar las más altas cotas de felicidad a través de la universalización de derechos sociales y de ciudadanía, de la construcción de una sociedad más justa, cohesionada, igualitaria, libre y solidaria.

Sin embargo, esta coherencia en los fines no fue común a todos los renacidos, ya que la mayoría cumplió con la máxima simbólica freudiana de matar al padre para después crecer de manera clandestina bajo ajenas etiquetas de camuflaje unos o añadiéndose al nombre el prefijo ‘neo’ otros.

Aún hoy coexisten en un mismo espacio ideológico personas aferradas al pesimismo antropológico de considerar la dinámica histórica y sus acontecimientos como algo pendular junto a aquellas que intentan imponer sus tesis disfrazándolas de síntesis o las que bajo algunas antítesis encubren sus fantasmas colectivos. Se necesitarían muchas páginas para describir pormenorizadamente todo el universo de grupúsculos pseudo-políticos que utilizan el señuelo de la oposición destructiva basada en el simplismo intelectual, la demagogia populista y el elementalismo ideológico para engrosar sus filas.

Sin duda existen muchos saurios que interrumpieron su evolución para aparecer ahora con aire renovado, sin solución de continuidad desde aquellos lúgubres orígenes hasta su actual nueva estética. Nueva estética reñida con la ética y amiga de denominar “sana competitividad” a lo que en sus épocas de esplendorosa vigencia definíamos como darwinismo social; la lucha por sobrevivir y la irreversible victoria del más fuerte sobre el débil.

Aquel liberalismo que legitimara el Estado de Naturaleza hobbesiano en el seno de un mercado sin límites se nos presenta ahora bajo rostros amables que no esconden más que estrategias para desnaturalizar el estado de bienestar, la importancia de las políticas públicas para la cohesión social, la fiscalidad redistributivo-progresiva o el keynesianismo socialdemócrata. Este neoliberalismo de nuevo cuño, aliado táctico de los ‘neo-con’ y ‘teo-con’, mantiene intacta el arma teórica con la que acallar a sus adversarios. Es por ello que el socialismo democrático actual está condenado a construir sobre sus pilares de demostrada consistencia, todo un cuerpo argumental y de valores que conduzcan a la legitimación, por la praxis, de una política diferente en su concepto y aplicación. El socialismo real (no el comunismo, sino la pràctica cotidiana de los gobiernos socialdemócratas activos en la actualidad) constituye la mejor defensa colectiva contra las veleidades de aquellos para los que el poder sólo constituye un patrimonio personal vitalicio y graciosamente concedido por derecho natural. La sociedad demanda al socialismo una política de, para y por las personas, donde podamos ir más allá de la gestión y hablar también de anhelos y utopías compartidas.

Pero no podemos olvidar que, en dicho proceso, también participan diversas familias directamente herederas de todos aquellos conceptos alrededor de los cuales giró toda acción y reflexión política en el pasado. El viejo concepto de clase, interpretado políticamente a partir de la revolución rusa, una vez pareciera haber desaparecido de nuestro horizonte resurge, sin embargo, bajo formatos tan poco edificantes como los que hacen referencia a movimientos ultras y extremos de uno u otro signo. El viejo concepto de nación, interpretado políticamente y de forma explícita durante la época de los grandes imperios expansionistas, pareciera ahora reclamar un nuevo protagonismo a la hora de definir las identidades colectivas.

Podemos concluir que los valores que defiende la socialdemocracia se reafirman como aquellos que han garantizado històricamente la vigencia de proyectos, siglas y estrategias (reformismo parlamentarista) que, a lo largo del tiempo, no han necesitado más que de su puesta en práctica para no desactualizarse. En esencia, los principios socialdemócratas y las formaciones políticas que los representan han mantenido su fundamento a lo largo de sus más de 150 años de existencia. Evidentemente, ha existido una reinterpretación a la luz de los diferentes contextos, momentos y realidades, pero las raíces del liberalismo político y el radicalismo democrático se han mantenido inalterables como principios rectores de las trayectorias y las acciones tanto de las propias organizaciones socialistas, socialdemócratas y laboristas como de las personas que se han venido reclamando como pertenecientes a esta tradición.

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Escrito por Luis Fernando García   
domingo, 09 de abril de 2006
 
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