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En los dos artículos anteriores comenté el surgimiento y ascenso electoral del primer gran partido independentista catalán moderno, Esquerra (la actual Esquerra), y la emergencia de una nueva sociedad civil soberanista, representada por organizaciones como la PDD o la Plataforma Sobirania i Progrés. Hoy hablaré del que me parece el último eslabón de la cadena de acontecimientos que han llevado al actual auge del independentismo catalán: la desilusión de una buena parte de la sociedad catalana con Zapatero.
En el artículo al que llevo respondiendo con esta serie, Joan Ramon lamentaba que “Zapatero, el Presidente del Gobierno Español que más allá ha ido en el reconocimiento de la pluralidad de España, que más reformas sociales ha hecho, que más ha visitado Catalunya, que más compromisos ha adquirido (con los consecuentes resultados) ... Zapatero, como decíamos, se convierte ¡en un mentiroso! ¿Porqué todo este desbarajuste?”. Bueno, yo no se cuantas veces ha visitado Zapatero este país nuestro, aunque creo que es irrelevante. Y me parece muy osado decir que Zapatero es el presidente español “que más reformas sociales ha hecho”, teniendo precedentes como Azaña. Pero de lo que no hay duda es de dos cosas: la primera, que Zapatero ha sido el presidente español que más allá ha ido en el reconocimiento de la pluralidad del Estado español, y la segunda, que ha sido el que más compromisos ha adquirido con el pueblo catalán.
Y he ahí el quid de la cuestión. Primero, los compromisos que Zapatero ha adquirido con el pueblo catalán han sido muchos y muy claros, pero “adquirir” y “cumplir” no es lo mismo. Y en cuanto a cumplimiento de contrato, Zapatero ha sido una parte que ha dejado mucho que desear, al menos por lo que respecta a Cataluña. No está de más recordarlo: Zapatero prometió, textualmente, que apoyaría la reforma del Estatuto de Cataluña que aprovase el Parlamento de Cataluña. No “una” reforma, como más tarde intentaría colar en más de una entrevista, sino “la” reforma que aprovase el Parlamento de Cataluña. Habrá quien diría que Zapatero no podía extender un cheque en blanco... pero el caso es que lo hizo. Y, cosa importante, luego no pagó. Y el impago fue clamoroso: ni reconocimiento de Cataluña como nación, ni blindaje de competencias, ni bilateralidad, ni concierto económico. Y a esos incumplimientos se han sumado otros en materias no menos importantes, como la gestión del aeropuerto del Prat. Por eso es tan ridículo decir que no hay motivo para que los catalanes estén descontentos con Zapatero porque Aznar era peor: nadie esperaba nada de Aznar, mientras que Zapatero levantó unas grandes expectativas que luego no se han cumplido. Que luego no ha cumplido.
Lo que nos lleva al segundo punto: que Zapatero ha sido el presidente español que más lejos ha ido en el reconocimiento de la pluralidad del Estado español. Y eso es un auténtico drama. Es desesperante, desde una óptica catalanista, que lo más lejos que se haya ido en el reconocimiento de dicha pluralidad haya sido autorizar el ridículo preámbulo del actual Estatuto; que, en una legislatura donde han estado más candentes que nunca cuestiones como el uso del catalán en el Congreso y en general en la administración del Estado, el reconocimiento de la oficialidad de las selecciones deportivas catalanas o la representación de Cataluña en las instancias europeas, apenas se hayan dado pasos hacia adelante (¡cuando no se han dado hacia atrás!) en todos estos campos. Y eso se ha dado con el presidente más sensible a la pluralidad del Estado español que jamás hemos tenido. Francamente descorazonador.
Y es entonces cuando a muchos catalanistas de convicciones autonomistas o federalistas comienza a encendérseles la bombilla: ¿y si nos hemos equivocado? ¿Y si España es irreformable? Porque, por lo pronto, al principio parecía que por fin los planetas se habían alineado. Los federalistas gobernaban en Cataluña y en La Moncloa. Pertenecían al mismo partido. Les unía, teóricamente, un mismo proyecto político. Y, pese a todo, fue imposible casi todo, incluso algo en principio puramente simbólico como que Cataluña fuese reconocida como nación. Ni siquiera en eso España estaba dispuesta a ceder. Hay quien dice que Zapatero no pudo hacer otra cosa, que tenia las manos atadas. Pero eso solo convierte en más forzosa la ya de por si forzosa pregunta: ¿la “España plural” es un proyecto factible o una simple quimera? Si ni el presidente del Gobierno es capaz de vencer a la España más cavernícola, presente también en su propio partido, entonces ¿quien será capaz?
Así, comienza a flotar en el aire catalán la sensación de que el proyecto tradicional del catalanismo, que no era la separación de España sino su regeneración, es un imposible. Incluso destacados federalistas como Miquel Caminal escriben artículos señalando que si las cosas siguen por donde están yendo, a la larga a Cataluña no le quedará otra opción que ejercer la autodeterminación cara a la independencia. Y a esta percepción, que silenciosa pero imparablemente se extiende por la geografía catalana, se le suma un año de desastres relacionados con las infrastructuras que, curiosamente, tienen todos que ver con empresas e instituciones que llevan la “E” de España. Años de subvinversión y de déficit fiscal, de pagar la T4 de Barajas y otros menesteres por el estilo, empiezan a hacer mella. Y entonces, de nuevo, a mucha gente se le enciende la lucecita: España no es solo un Estado irreformable, sino que encima es un mal negocio. No entraré a discutir si eso es una percepción acertada o erronea, aunque es fácil adivinar mi posición. Simplemente señalo que esto es lo que rondaba por las cabezas de los centenares de miles de personas que el pasado 1 de diciembre salieron a manifestarse en Barcelona, en una movilización que aunó la denuncia del pésimo estado de las infrastructuras en Cataluña con la reivindicación del derecho a decidir del pueblo catalán.
Así pues, querer ver el largo brazo de Convergencia en la actual eclosión del soberanismo catalán, como parece desprenderse del artículo de Joan Ramon, es una profunda equivocación. El auge del independentismo catalán tiene que ver con el hecho de que se ha creado un espacio político independentista mal que bien encabezado por Esquerra, una sociedad civil soberanista aun en pañales que no obstante ya ha conseguido movilizar a centenares de miles de personas, y un estado de opinión que cada vez contempla con mejores ojos la hipótesis de la independencia debido . El independentismo sigue siendo una opción minoritaria, pero ahora es la única opción que no tiene que luchar por sobrevivir, al contrario de lo que pasaba hace 5 o 6 años. Ahora, progresivamente, son los partidarios de la unión con España los que tienen que explicar y argumentar constantemente su posición. La pregunta está dejando de ser “¿y para qué la independencia?” para pasar a ser “¿y para qué España?”. Y es por eso que hasta en un partido como Convergencia, pero también en partidos como ICV o incluso el PSC, empezamos a ver coqueteos con expresiones como “soberanía” o “derecho a decidir”. No son los partidos los que están cambiando a la sociedad catalana: es ella misma la que está cambiando, y la que está forzando a introducir la cuestión de la soberanía dentro de la agenda política, aunque sea para discutirla. Lo cual me lleva al tema que trataré en el último artículo: el carácter popular y “normal” del independentismo catalán de hoy en día. Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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