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miércoles, 09 de julio de 2008
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Las causas del auge del independentismo catalán (y IV): el carácter del nuevo independentismo Imprimir E-Mail
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ImageEn los anteriores artículos he discutido la explicación que Joan Ramon ha dado del origen del actual auge del independentismo catalán. En éste último artículo discutiré, muy brevemente, la imagen que Joan Ramon ofrece del independentismo catalán. “¡Estemos alerta!”, nos recomendaba Joan. ¿Y por qué? Porque, según él, dentro de éste auge del independentismo se encuentran no pocos elementos extremistas. Dice, por ejemplo, que solo con darse una vuelta por la Internet independentista es fácil encontrar mensajes que “rallan en la xenofobia”. Joan Ramon reconoce que ningún dirigente de ningún partido catalán comparte estas visiones intolerantes (supongo que se debe referir a Esquerra, pues de los partidos catalanes de primera división es el único que defiende la independencia), pero eso no obsta, según él, para reconocer éste carácter extremista de una parte del independentismo sociológico. Y eso ocurre, según él, en cualquier movimiento “radical”, aclarando que con “radical” no quiere decir “extremista”.

Bien, yo empezaría por negarle la mayor a Joan: no creo que el independentismo catalán tenga una presencia de elementos extremistas mucho más notoria que otros espacios políticos, como la izquierda (incluso la socialdemócrata, que ya es decir), la derecha, el ecologismo, el feminismo y demás. Es cierto que uno puede hablar con relativa facilidad con independentistas catalanes que (por ejemplo) defienden la actividad de ETA, pero no es menos cierto que uno se puede encontrar votantes del PP que simpatizan con el franquismo, simpatizantes del PSOE que justifican, disculpan o minimizan el turbio asunto de los GAL, o feministas que consideran que los hombres son inferiores a las mujeres. Como se suele decir, hay de todo en la viña del señor. Otra cosa, claro, es que determinados medios de comunicación maximicen unos casos y minimicen otros, creando la (falsa) impresión de que Cataluña está al borde de la batasunización.

Otro asunto añadido es el que según Joan Ramon es el origen de tales brotes de extremismo dentro del actual independentismo catalán: según él, éste “se alimenta, en buena parte (sus masas), de gente sin demasiada formación ideológica, con una alta carga de visceralidad y de maniqueísmo (aquello de botibotiboti ...)”. De nuevo, creo que Joan Ramon atribuye al independentismo una característica que es, en realidad, algo general en cualquier “confesión” política. Dese usted una vuelta por la Festa de la Rosa y ya verá cual es el nivel de “formación ideológica”, de “visceralidad” y de “maniqueismo” de una parte nada despreciable de las bases del PSC. Un servidor, que vive en el Baix Llobregat, feudo del PSC donde nos haya, está habituado a ver jóvenes que votan al PSC, según confesión propia, “porque mi familia vota al PSC”. Y que añaden a ello una carga de odio al PP que, de nuevo, se explica casi exclusivamente en términos de tradición familiar. Y, sin embargo, estoy seguro que Joan Ramon coincidirá conmigo que “alertar” contra el “peligro” que esto supone seria, cuanto menos, exagerar un poco.

Pero es que, además, ésta caracterización que Joan hace del carácter de las bases del independentismo llega en la hora más inoportuna posible. Porque lo cierto es que la actual y emergente generación independentista es seguramente la más “normal” y a la vez la más preparada de las generaciones independentistas que se han dado en Cataluña desde la Transición. En los años 80, el independentismo conformaba un espacio parecido al que conforma hoy el anarquismo en Cataluña: marginal, con fuerte presencia en el underground político pero con una nula influencia en la realidad política y social del país, y compuesto por gente por un lado muy ideologizada pero por otro lado con más consignas que discurso propiamente dicho. Los intelectuales del movimiento, en aquella época, eran casi exclusivamente filólogos y algún que otro historiador (una curiosa excepción seria el matemático Josep Guia, máximo dirigente del PSAN desde la noche de los tiempos). A finales de los 80 y principios de los 90 el independentismo se extendió, más estéticamente que política, a todo un sector de la juventud catalana, especialmente de fuera del área metropolitana de Barcelona y particularmente situada entorno a la adolescencia tardía, que veía en el independentismo un banderín de enganche de su rebeldía juvenil (como pasa, por cierto, con el grueso de la izquierda). La intelectualidad en esos tiempos siguió siendo más o menos la misma. Hoy, por el contrario, el independentismo es una opción sostenida seriamente ya no solo ni principalmente por jovenes de entre 16 y 20 años con un pañuelo palestino al cuello, sino por todo un sector de jóvenes adultos de entre 18 y 35 años, que con los años se han ido convirtiendo en padres y madres de família, que pertenecen a lo que se suele llamar “la ciudadanía de a pie”, y que representan un independentismo pragmático y “tranquilo” alejado del aliento de la utopia. Esas son, realmente, las “masas” del actual independentismo. Y sus intelectuales ya no son solo filólogos y gente del mundo de la lengua, sino economistas (Elisenda Paluzie, Ramon Tremosa), politólogos (Xavier Solano), sociólogos (Salvador Cardús), juristas (López Bofill, López Tena) y en general gente proveniente de numerosos campos del mundo de la reflexión social, que conforman, como digo, la generación independentista más preparada que se recuerda. Y es que esprecisamente por eso por lo que “se nota en el aire” que el independentismo está en auge: porque ha dejado de ser un movimiento simpáticamente (o no tanto) freak para convertirse en una opción normal y corriente, que es el primer paso (aunque no el definitivo) para convertirse en una opción mayoritaria.

Para acabar, una nota: obsérvese que Joan Ramon hablaba de “resurgir” del independentismo catalán y yo, en cambio, he hablado de “auge”. La razón no es baladí: para que una cosa “resurja” primero tiene que haber “surgido”. Y lo cierto es que el independentismo catalán no “surge” como espacio sociológico real hasta principios de los 90. Antes de eso nos podemos encontrar con fuerzas políticas que lo defienden (cómo, en su dia, el Estat Catalá de Macià o, más tarde, el PSAN, el MDT o IPC), pero cuyo espacio político prácticamente se reduce a ellas mismas. Antes de los 90, la opción casi única del catalanismo era lo que podríamos llamar el “regeneracionismo”: no se trataba de separarse de España, sino de cambiarla, de conseguir que se convirtiese en un lugar donde también los catalanes pudiesen sentirse cómodos. Un buen resumen de esa actitud histórica del catalanismo se puede encontrar en el famoso “Escolta, Espanya!”, de Joan Maragall. No es extraño que el auge del independentismo, esa opción inveteradamente minoritaria, empezase a nacer socialmente en un momento de estancamiento del regeneracionismo mayoritario (el pujolismo) y que haya tomado su definitivo empuje en cuanto se ha estancado el otro regeneracionismo conocido en la Cataluña post-Transición (el federalismo de izquierdas à là PSC, en entredicho desde el bluff estatutario y el agnus horribilis catalán que fue 2007). El independentismo catalán no es la pulsión natural del catalanismo histórico, sino más bien su respuesta natural ante la enésima confirmación de que España se resiste a reformarse. No deja de ser curioso que uno de los primeros en constatar ésta realidad haya sido el nieto del poeta. Sin atreverse, eso si, a dar el paso al independentismo. Eso ya le corresponderá, me temo, a la generación de sus hijos.

Éste artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.



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Escrito por Lluís Pérez   
lunes, 25 de febrero de 2008
 
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