Se abre el telón. Un viejo con aspecto socrático divaga:
Catalunya al igual que las demás naciones hispanas es pesimista. Más allá de los Pirineos, hacia el sur, nunca nos creímos que fuésemos un pueblo elegido. Supimos muy pronto que no estábamos tocados por ninguna varita mágica, de la misma forma que tampoco creímos en un futuro glorioso. Nuestra herencia grecorromana como hijos del mediterráneo, nos lleva al drama, a combinar según soplen los vientos del destino la comedia y la tragedia. Libres de dios y dioses el destino azaroso nos labra.
Cervantes creó al caballero de triste figura, que vivía en un hermoso y falso sueño, huyendo de una certera fealdad real. Cataluña lleva demasiado tiempo viviendo un sueño, hermoso donde los haya. Este sueño fue su supervivencia, su destino, su salvación. Irónica ironía, aquella certera fealdad posiblemente no exista, la realidad es otra, pero ella sigue prisionera de un sueño, un sueño opuesto a una realidad que existió, pero en un mundo en el que todo fluye, en el que todo cambia, esa realidad ahora no existe. Esta realidad es otro drama, otro destino el cual requiere otra representación, otros autores. Lleva impreso la tragedia, la comedia, pero no es la misma obra, no, no es la misma obra la cual creó el sueño en el que vive.
La lógica de ser hispano romanos hizo que nunca creyéramos en los dioses, los adorábamos por tradición y por costumbre, pero nunca creímos en ellos. De la misma forma, no nos creímos por encima de nadie, ni escogidos ni destinados a los más altos honores dados por el destino. Tampoco fuimos ingenuos y no creímos que otros pueblos, otras naciones fueran escogidas por los dioses aunque ellas se creyeran tocadas por las estrellas en su proclamada superioridad. Sólo quisimos vivir en la agradecida tierra que hay más allá del sur de los Pirineos, donde el clima es bueno y la luz del sol dibuja colores que en otros sitios de Europa jamás han visto. Cataluña es un Don Quijote que vive obsesionado con la dura realidad y anhela el sueño de su amada idealidad.
Y la amada idealidad está aquí, hace tiempo que lo está. Pero paradójicamente no despertamos del sueño. Acostumbrados a la tragedia desconfiamos de ella, nos negamos a estremecernos en ella. ¿Es el triste destino de los idealistas pesimistas? ¿Es esta península llena de un extraño talento que compensa su luz con una tristeza inmanente en su carácter? ¿Es la tristeza que deriva en pesimismo, como el triste final de aquel famoso hidalgo que cabalgó por las llanuras castellanas y que en busca de aventuras vino a Cataluña?
Aquellos molinos de viento desaparecieron ya. Ahora tierra quijotesca, deberías estar contenta, vivir tu parte de comedia, reírte de ti, de los otros y de tu destino, puesto al final, como suele ser en la mayoría de las obras, todo sale bien. Porque en definitiva lo más importante, lo más grande es la vida y Cataluña está viva, muy viva. Esta tragicomedia tiene un final feliz: a pesar de todo, de los dramas pasados, todo ha salido bien. Cae el telón.
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