| La pesadilla de un neoliberal |
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Un joven profesional, vital, dinámico y, sobretodo, bien preparado era feliz. Muy feliz. Directivo de una multinacional, tenía una más que generosa retribución salarial, sin contar los magníficos incentivos en función de sus resultados. Casa con piscina, jardín y pista de paddle en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad.
Un ostentoso vehículo a su disposición, el carné de tribuna de su equipo de toda la vida, tarjeta American Express Oro y libre acceso al club social más selecto. Pero este joven que había llegado lejos en la vida estaba especialmente orgulloso de su familia. Una esposa guapísima que regentaba una galería en el centro de la ciudad y un hijo de 6 años que asistía a uno de los colegios más elitistas y con más prestigio. Todos ellos bien protegidos gracias a la mutua médica que les evitaba esas incómodas esperas que sufrían los usuarios de la sanidad pública. Lo que tenía se lo había ganado, con su esfuerzo. Y no entendía esto del Estado del Bienestar y mucho menos que tuviera que contribuir con sus impuestos para sostener servicios que no utilizaba. Ni él ni su familia sabían de otra Sanidad que no fuera la de su médico privado. Su hijo no iba a la escuela pública sino a una institución escolar donde formaban a los alumnos para un mundo muy competitivo. El transporte público era para obreros y preferían un buen plan de pensiones.
Pero este joven profesional que nunca había conocido más que el éxito personal, descubrió un día que su esposa se había enamorado de otro joven tan profesional o más que él. Todo muy civilizado. Pero no fue tan fácil asumirlo. Y como el que no quiere la cosa empezó a perder interés en su trabajo. Su baja concentración afectó a los resultados y, por tanto a su nivel retributivo. Por entonces ya había multiplicado sus gastos. Pagaba la mitad de la hipoteca de la casa con piscina y pista de paddle donde ya sólo vivían su ex-mujer y su hijo. El se había alquilado un apartamento en el centro y, como es lógico, tenía que pagar su parte de la manutención del crío. La presión y el disgusto le afectaron más de lo que podía pensar. Empezó a beber. El que había sido un tío deportista empezó a dejarse, a abandonarse de tal forma que empezó a tener problemas graves en el trabajo. Meses después lo perdió y con el su status económico y social. No podía pasar la manutención del hijo, ni pagar su parte de la hipoteca. Tuvo que mudarse a un apartamento más modesto. Los amigos con los que se codeaba en el club social, con los que departía durante el descanso de los partidos en la tribuna del campo, dejaron de llamarle. Poco a poco sus ahorros desaparecieron y no tenía a quien recurrir. Buscaba trabajo pero su depresión y sus problemas con el alcohol habían corrido como la pólvora y nadie se atrevía a ofrecerle una nueva oportunidad. Su ex-mujer decidió que su situación personal no le avalaba como buen padre y le ganó la custodia en los tribunales. Este duro golpe lo hundió más si cabe en esta especie de espiral de la que no sabía o no podía salir. Y nadie le echaba una mano. De vez en cuando recordaba aquellas conversaciones en el club donde él y sus amigos profesionales pontificaban sobre la insostenibilidad del Estado del Bienestar. Recordaba, ahora que se encontraba al borde del abismo, cuando pensaba que la ayuda del Estado era para fracasados, para el lumpen de parásitos que no sabían hacer nada en la vida. Dejaba la mirada fija y el pensamiento se deslizaba traidor hacia aquella época en que se sentía seguro y estaba convencido que sólo con tu esfuerzo podías ser un triunfador. No necesitaba derechos con su impulso profesional tenía suficiente. Ahora, que su vida se volvía imposible, que no tenía más dinero que el del paro qué tanto había denostado por sus efectos perniciosos sobre el dinamismo de las personas, empezaba a revisar todos aquellos planteamientos liberales. Conoció otros que cómo él lo tenían todo y un revés inesperado de la vida los había colocado en la calle, literalmente. Y las cosas cambiaron en su interior. A veces, sólo un trauma es capaz de modificar nuestra actitud ante las cosas. Sólo un impacto personal de gran magnitud puede hacernos variar la concepción que tenemos de las cosas. Pero el Estado del Bienestar no es cosa de pobres. Su existencia encierra toda una concepción de derechos y deberes que nos permite avanzar de forma colectiva sin dejarnos a nadie por el camino. Un eficaz sistema público de sanidad, educación, de pensiones y prestaciones públicas, a la vez que un intenso despliegue de políticas sociales implica más igualdad y mejores garantías de cobertura personal para todos. Independientemente de la capacidad económica de cada cual, el Estado tiene la obligación de ofrecernos las mismas posibilidades de desarrollo personal, las mismas oportunidades de progreso más allá de las circunstancias individuales. A cambio, debemos sostener el sistema contribuyendo con nuestros impuestos a través de un modelo fiscal progresivo que le exija más a los que más tienen. Eso sí, les pido que no aprecien en los problemas de las personas que no tienen trabajo o cobran sueldos de miseria, en los que dependen de las ayudas sociales de las becas para que sus hijos estudien, en los que asisten a los comedores sociales, no un fracaso personal sino el resultado de un modelo económico que expulsa al que no responde al arquetipo vigente. Y todos corremos este riesgo, los neoliberales igual que el resto de los mortales. Comenta el artículo
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| Escrito por Miguel A. Escobar | |
| martes, 11 de abril de 2006 | |
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Un joven profesional, vital, dinámico y, sobretodo, bien preparado era feliz. Muy feliz. Directivo de una multinacional, tenía una más que generosa retribución salarial, sin contar los magníficos incentivos en función de sus resultados. Casa con piscina, jardín y pista de paddle en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad.
Un ostentoso vehículo a su disposición, el carné de tribuna de su equipo de toda la vida, tarjeta American Express Oro y libre acceso al club social más selecto. Pero este joven que había llegado lejos en la vida estaba especialmente orgulloso de su familia. Una esposa guapísima que regentaba una galería en el centro de la ciudad y un hijo de 6 años que asistía a uno de los colegios más elitistas y con más prestigio. Todos ellos bien protegidos gracias a la mutua médica que les evitaba esas incómodas esperas que sufrían los usuarios de la sanidad pública. Lo que tenía se lo había ganado, con su esfuerzo. Y no entendía esto del Estado del Bienestar y mucho menos que tuviera que contribuir con sus impuestos para sostener servicios que no utilizaba. Ni él ni su familia sabían de otra Sanidad que no fuera la de su médico privado. Su hijo no iba a la escuela pública sino a una institución escolar donde formaban a los alumnos para un mundo muy competitivo. El transporte público era para obreros y preferían un buen plan de pensiones.






