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En Barcelona se ha iniciado el debate para dignificar el papel de los consellers de distritos. Estos son el escalafón más bajo de la estructura política institucional. Són (bueno, somos...), una especie de “vecinos significados” que tienen un papel pequeño en la gestión municipal de cada distrito de la ciudad de Barcelona.
El impulso que se quiere dar es dignificar el papel de los consellers de distrito con una mejora de sus condiciones, un papel más institucional y un reconocimiento mayor de su labor. Y es verdad que los consellers de distrito (o vocales de distrito para el ayuntamiento de Madrid) tienen poco reconocimiento, y toda iniciativa en este sentido es buena... Pero todo esto me sirve para iniciar un análisis de los problemas de la política de proximidad tal y como está estructurada las administraciones hoy en día. Se dice que los ayuntamientos son la administración más próxima al ciudadano y la que asume de forma subsidiaria problemas que no son de su competencia (como problemas de políticas sociales, vivienda, etc...). Hasta el punto es así que el candidato socialista a la presidencia lleva en su programa una mejora de la financiación de las administraciones locales que llevan décadas asumiendo “lo que no les toca, pero que no hay más remedio que gestionar”, y hasta tal punto es así, que ningún candidato a alcalde de ninguna ciudad de cierto tamaño se dedica a poner en su programa (y en su acción de gobierno) propuestas que sean sólo sobre las competencias municipales... No hay alcalde que no tenga propuestas y acciones de gobierno alrededor del tema de la vivienda, los servicios sociales o la seguridad ciudadana a pesar de que son competencias principalmente (aunque no en exclusividad) autonómicas. Y es que la proximidad lleva a identificar los problemas directos del ciudadano y el ser la administración más próxima lleva a que estos problemas les estallen en primera instancia a esta. Es decir, los fallos, insuficiencias o carencias de todas las administraciones terminan por verse en la vida política municipal. Esto es así, y en el caso de los distritos de un ayuntamiento es aún más claro y evidente. Además, la administración más próxima es también la que menos recursos y capacidades tiene para solventar problemas, con lo que la paradoja llega a su punto álgido. Desde la perspectiva hipermunicipalista los ayuntamientos se comen todos los fallos y son los que menos recursos tienen para arreglarlos. Muchos alcaldes se transforman en negociadores y facilitadores para intentar o bien a través de las diputaciones (que coordinan los diversos municipios para intentar solventar problemas de carácter genérico pero que son de competencia municipal, por ejemplo la reciclaje de residuos urbanos que en el caso de ayuntamientos pequeños es insostenible tener una empresa de recogida de reciclaje de estos residuos pero que entre muchos ayuntamientos sí) o bien a través de conseguir de otras administraciones que se vayan solventando los problemas. De ahí que la reivindicación histórica sea siempre la de que los ayuntamientos son los olvidados y que merecen una especial atención y una delegación de mayor poder. Volviendo al tema de los consellers de distrito.. creo que el problema real no está en que los consellers no tengamos el suficiente reconocimiento (problema que está ahí, pero que no es el prioritario) sinó que estamos vacíos de competencias, y que los distritos no tienen suficiente entidad para poder tener una estructura política competencial como las de un municipio de tamaño semejante. Los distritos asumen muchos problemas y quejas ciudadanas pero no tienen las competencias, ni tan siquiera el regidor de distrito, ya no sólo los consellers, para poder arreglarlos. De ahí se deriva que tal vez la solución pasa por dotar de más dinero y más poder a los ayuntamientos y estos, los que tienen cierta embergadura, lo deleguen a su vez en los distritos. Pero eso es lo que se llega cuando nos quedamos en una primera capa superficial. Proximidad muchas veces no significa tener la mejor capacidad para solventar los problemas. Aunque la sabiduría convencional nos indica que un “conseller de barrio” es la persona más idónea para saber si en tal o cuál barrio, o un alcalde para saber si en su ciudad, es necesario un centro de salud mental; esto no es así. ¿Porqué?, porqué la tendencia de los representantes locales es al hiperlocalismo... como no, con cierta carencia de visión de conjunto. Los alcaldes, en general, tenderán a llevar cuantos más recursos e inversiones del resto de administraciones a su ciudad mejor. Su tendencia es a “cuanto más, mejor”, en lugar del objetivo ideal del bien común que sería “cuanto más eficiente mejor”. La política de proximidad por sí sóla nos puede llevar a identificar que en tal pueblo es necesario cubrir la demanda de servicios de salud mental públicos porqué hay 10 enfermos sin atender correctamente. La demanda existe y el alcalde de turno querrá que sus ciudadanos tengan un centro de salud en el mismo pueblo. Pero en el pueblo de al lado hay 20 enfermos sin atender (o una mayor población y por tanto un conjunto de enfermos potencial mayor) y por tanto se ha de colocar allí, en este segundo pueblo, para poder atender los de los dos pueblos. Si ahora las competencias de salud mental estuvieran delegadas en las administraciones locales y estas a su vez gestionaran directamente el dinero destinado a esta competencia, el alcalde del primer pueblo ni el del segundo tendrán capacidad para montar un centro de salud mental por sí sólo... y ambos querrán poner el centro en su territorio. Podrán llegar a un acuerdo, incluso formar una superestructura (una diputación, por ejemplo) para poder acordar lo que beneficia a ambos pueblos, pero esto tiene un coste y además en caso de que exista (cómo siempre puede pasar) un alcalde díscolo, o que no sepa o quiera colaborar, no podremos llegar al acuerdo y todos los ciudadanos se verán perjudicados. Que la competencia en salud mental se quede a un nivel superior hace que el “bien común” no se confunda con “el bien común de mis vecinos inmediatos” y es que la política de proximidad hace pisar de tierra y atender los problemas pero también tienen la tendencia a secuestrar mentalmente a los políticos locales y a dejar a un lado “el bien común” (sea este definido como sea, da igual si el bien común es del estilo “liberal” o “socialista o rawlsiano”) por el “bien de mis vecinos (votantes)”. Con ello no digo que los ayuntamientos o los ciudadanos que realizan algún tipo de activismo en la política local no tengan visión de conjunto, dejen de ser solidarios o la proximidad lleve a la estrechez de miras... Alerto de que la proximidad por sí sóla no es un valor. Es un valor cuando podemos garantizar el bien común (en especial por los que están peor, independientemente de que nos sean próximos o no) y la proximidad nos proporciona esa visión “de piedra picada” de los problemas que viven los ciudadanos. La clave está en no dejarse secuestrar por los problemas que viven los ciudadanos a los que se es próximo y no dejarse arrastrar en una visión hiperlocalista. Y por fín vuelvo a donde había comenzado... el debate de la descentralización de los distritos que comenzó hace años al crearlos y crear las figuras de los regidores y consellers de distritos y que ahora se encuentra resolviendo como dignificar las figuras de los consellers de distrito, no puede ser tan pueril de quedarse en la demanda de más y más competencias por parte de los distrito, como la solución mágica a los problemas de los ciudadanos. Porqué tal vez el problema en más de un caso no radica en que el distrito no tiene la competencia y no puede decidir, sinó que tal vez el que le toca decidir no realiza proximidad, esta vez ya no sólo con los ciudadanos (que de por sí es grave), sinó con los consellers de distrito o los regidores de distrito para poder atender y valorar las demandas que ellos hacen para su territorio. Porque de hecho, hasta una administración tan alejada como la administración central del estado puede tener proximidad en algunas de sus actuaciones, y como he dicho antes: el estar más cerca de los problemas no hace tener las propuestas más acertadas para velar por el interés general.
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