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Una de las señas legitimantes del capitalismo es la acción de la libre competencia: es libre porque deja que los actores económicos actúen en igualdad de condiciones bajo unas mínimas normas genéricas, y es competencia porque deja que la selección natural actúe en los mercados como si de la selva se tratase. En teoría, tal mecanismo beneficia al conjunto de la sociedad ya que todo depende de nuestro esfuerzo y la misma amenaza de la libre actuación del prójimo consigue que saquemos de nosotros lo mejor. Por otra parte, se postula como el mejor mecanismo para regular los precios asegurando al consumidor conseguir siempre el mejor producto al precio más bajo en un supuesto entorno de información perfecta. Sobre estos axiomas –aquí esbozados- se sostiene todo el sistema capitalista.
Vamos a dar por cierta su legitimidad, y ahora me pregunto, habida cuenta las restricciones a la libre competencia que impone la propiedad intelectual, ¿estamos seguros de que podemos llamar capitalismo al nuevo sistema de producción? ¿Cómo puede legitimarse un sistema de mercado sin competencia y sin igualdad de oportunidades? ¿Por qué los intelectuales gozan de carta de monopolio y el resto de los agentes económicos no?
En mi opinión, se trata claramente de un nuevo sistema de producción que es evolución del capitalismo industrial. A falta de otras herramientas conceptuales bauticé el nuevo sistema monopolista con el nombre de capitalismo simonita, o simonismo. (La simonía, según la RAE, es la compraventa de cuestiones espirituales y desde luego, las ideas son la sustancia primera que compone nuestro espíritu.) El simonismo se basa en la compra venta de ideas en régimen de monopolio: es el mercado sin libertad, sin competencia que lo legitime y en búsqueda de recuperar la legitimidad perdida el legislador nos dispara: "la obra pertenece al autor por el mero hecho de su creación." ¿Y ya está? Parece un poco absurdo, pero todo el simonismo se basa en esta sentencia tan elemental como estúpida.
¿Se imagina, querido lector, que le dijéramos al médico, policía o transportista que la salud, seguridad o movimiento les pertenecen por el mero hecho de su creación? Mejor no contestar, es evidente que son objetos inaprensibles de los cuales es imposible predicar la propiedad privada. Es el caso de las ideas: las ideas son inmateriales, inasibles e inapropiables en exclusiva. Las ideas son la conciencia de las cosas y el hombre tiene el derecho absoluto a tomar conciencia de todo lo que le rodea sin restricción alguna. De casta le viene al galgo y por algo nos decimos homo sapiens. Entonces, ¿cómo recompensar el trabajo de los intelectuales y científicos? ¿Acaso no reciben su recompensa los médicos, policías y transportistas sin que a nadie se la haya ocurrido la peregrina idea de adjudicarles la propiedad privada sobre lo que hacen? Si lo conseguimos con ellos, ¿qué nos impide encontrar una solución justa para recompensar el trabajo de los sabios?
Existe una alternativa a la propiedad intelectual, desde luego, pero no tenga prisa mi respetado lector, paciencia, en los siguientes cuatro textos explicaré por qué y cómo podemos sustituir la deleznable propiedad privada sobre las ideas. Se sorprenderá de la sencillez de la alternativa y comprenderá que la justicia siempre está al alcance de quien la busca. Si quieres saber más bájate el ensayo en PDF "La Revolución de los sabios. Una alternativa a la propiedad intelectual" en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=24752
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