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Hace cosa de un año largo, quizá más, salió a la luz el manifiesto Euston. Un manifiesto que fue muy bien recibido entre determinados sectores progresistas del Estado español, normalmente entre los más escorados hacia el liberalismo. El manifiesto fue promulgado y firmado por diversos progresistas vinculados al mundo académico y científico, y pretendió romper con determinados aspectos de la izquierda europea considerados por sus impulsores como desfasados y contradictorios con los propios valores izquierdistas. Se trata de un documento en muchos aspectos muy saludable, que pide a la izquierda romper con toda forma de tiranía, dejar de justificar regímenes dictatoriales (como el cubano, por ejemplo) y abandonar el antiamericanismo visceral y sistemático que informa la visión geopolítica de cierta izquierda. También contiene ideas muy necesarias en cuanto a la necesidad de recobrar las raíces ilustradas de la izquierda, lo cual implica pelear contra el relativismo cultural y la fiebre postmodernista que ha penetrado con fuerza en las últimas décadas dentro de las filas de la izquierda postcomunista y ecologista.
No obstante, el manifiesto no me gusta. Y no me gusta porque en no pocas ocasiones pasa de romper con clichés ciertamente indeseables propios de la izquierda europea a asumir posturas con un inconfundible sabor derechista. Por ejemplo, cuando denuncia el antiamericanismo de cierta izquierda, lo hace utilizando un discurso muy próximo al chovinismo pronorteamericano (“Estados Unidos es una gran nación”, etc). Un servidor, admirador de la Norteamérica más progresista (la de los Luther King, los Roosevelt o los Paine), no puede leer ciertas cosas sin sentir un cierto repelús. Peor aún son las consideraciones en materia de terrorismo y política exterior. El manifiesto es claro y rotundo en su condena del terrorismo islamista y de los atentados del 11-S, algo de nuevo muy saludable y de lo que no puede presumir toda la izquierda. Pero, sorprendentemente, cuando se habla de la invasión de Iraq el manifiesto entra en ambigüedades para acabar, de hecho, saludando tal invasión. Así, se afirma que los firmantes del manifiesto “tuvieron diferentes posturas” con respecto a la misma, pero afirman que su triunfo ha supuesto “la liberación del pueblo iraquí”. Curiosa liberación la de estar ocupados por una potencia extranjera que invadió el país sin ningún otro motivo real (como han venido confirmando los hechos) que apuntalar sus intereses económicos y geopolíticos en Oriente Medio. El manifiesto entra en aguas especialmente pantanosas cuando ridiculiza las denuncias de Amnistia Internacional sobre la prisión de Guantánamo. En mi opinión, en todos estos terrenos el manifiesto peca del mismo defecto que reprocha a la izquierda a la que pretende criticar: denuncia contundentemente ciertas violaciones de Derechos Humanos y de los valores progresistas para luego disculpar, y en realidad celebrar, otras. A mi no me parece bien que se justifiquen las violaciones de Derechos Humanos que se cometen en Cuba bajo la dictadura de Fidel Castro con el pretexto de que “los disidentes son agentes del imperialismo”, pero tampoco me parece bien que se disculpen las violaciones de Derechos Humanos que se llevan a cabo en la zona de la isla bajo administración norteamericana con la excusa de que “los detenidos son terroristas”. El hecho de que tanto unos como otros izquierdistas desconfíen de lo que Amnistía Internacional dice sobre un caso y otro nos demuestra que, en cuanto a crédito moral, ni los “defensores de Cuba” ni los eustonianos andan tan lejos los unos de los otros. Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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