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Aun cuando, de entre los candidatos demócratas, mis simpatías en estas primarias han ida a parar a los candidatos más progresistas (John Edwards y Dennis Kucinich), es de cajón que ahora mismo los dos únicos candidatos con posibilidades reales de ganarlas son Hillary Clinton y Barack Obama. Programáticamente, ambos difieren bien poco. Se sitúan en el centro del complicado espectro ideológico del Partido Demócrata. Pero hay que reconocer una cosa: Barack Obama es, sencillamente, un líder extraordinario. Uno de esos políticos que, con la fuerza de la palabra, sabe conectar con las emociones de las personas de aquella Norte-América abierta y progresista que no cree que los pobres merezcan ser pobres, que se siento orgullosa de aquello que de progresista hay en la historia de su país, que no ve la guerra como solución a todos los males (cabe recordar que Obama es uno de los pocos candidatos demócratas que se opuso desde el principio a la guerra de Iraq). Incluso a mí, que soy escéptico respecto de la voluntad real de cambio de Obama en lo que respecta al modelo social norteamericano, me resulta difícil no emocionarme con sus palabras. Unas palabras que remiten a una Norte-América que, oculta, sigue existiendo.
Y es que hace unos días que vengo pensando en esta Norte-América progresista. Releyendo el famoso libro de George Lakoff sobre lenguaje y debate político, caí en una idea que repite varias veces y que antes había pasado por alto. Una idea que, desde la perspectiva de cualquier catalán de izquierdas, puede parecer extraña: que los valores progresistas son tan norteamericanos como el pastel de manzana. Resulta extraño, como digo, cuando te lo acaban de decir. Norte-América, en el imaginario de una buena parte de la izquierda catalana, es sinónimo de imperialismo, conservadurismo, neoliberalismo salvaje, fundamentalismo cristiano, oscurantismo e incultura. Una imagen que tiene su origen en la complicidad de los Estados Unidos con el mantenimiento del régimen de Franco, pero que principalmente se debe a la propaganda soviética que durante años llegó a nuestro país vía PSUC, por un lado, y al rostro que el país ha sido ofreciendo al mundo desde la revolución conservadora encabezada por Reagan a los años 80, de otra. El rostro de un país dónde hablar de Estado del Bienestar es casi una broma, donde se asume que Estados Unidos es la policía del mundo y dónde impera una cada vez más asfixiante censura religiosa. Pero el caso es que, cuando lo piensas, te das cuenta de que Lakoff tiene razón. Los valores progresistas impregnan la historia de los Estados Unidos como el catalanismo impregna la de Cataluña. Hablar de la Norte-América progresista no significa hablar de una Norte-América subterránea y no-oficial, sino de las páginas más brillantes de la historia de los EE.UU. Significa hablar de la Declaración de Independencia, de la abolición de la esclavitud, del surgimiento del feminismo y la mayoría de los movimientos sociales progresistas que conocemos, de las primeras experiencias de discriminación positiva, del New Deal, de las leyes antimonopolio de Roosevelt (pioneras en la lucha contra el poder de las grandes corporaciones), de la libertad religiosa, de uno de los movimientos sindicales más fuertes del siglo XX. Significa hablar de Thomas Paine, de Franklin D. Roosevelt, de Martin Luther King, de Abraham Lincoln, de Thomas Jefferson. Y significa hablar, contra el tópico, de uno de los países culturalmente más brillantes del siglo XX: el que nos ha traído el jazz, el rock, la novela negra, a Kerouack, a Hemingway. Odio la Norte-América conservadora. La del creacionismo, la teocracia social, la caza de brujas, el poder de las grandes corporaciones y el imperialismo guerrero. Pero no puedo sentir sino simpatía y admiración por la Norte-América progresista. Quizás Obama no será un segundo Roosevelt, no reconstruirá el Estado del Bienestar heredado del New Deal ni hará frente a las grandes corporaciones que gobiernan de facto su república. Pero no hay duda que, mal que bien, se ha convertido en la esperanza de que la Norte-América progresista podrá, cuanto menos, volver a respirar tras llevar años ahogada por el agresivo conservadurismo instalado en la Casa Blanca, casi sin interrupción, desde los años 80. Su extraordinario discurso, Yes we can, ha sido como ya sabréis musicado por un grupo de artistas pro-Obama. Os dejo aquí el videoclip , con subtítulos en castellano, para que entendáis a qué me refería el otro día cuando hablaba de ilusión. Y para que escuchéis, de paso, el clamor de una Norte-América que quiere volver a salir a la luz. Éste artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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