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Se le ocurrió al todopoderoso emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1498. Debió ser una ocurrencia relativamente novedosa y hasta moderna en su época, aunque la idea ya venía teniendo éxito en los países bajos. Esto hace más de 500 años y ya entonces acceder al coro de los “Niños Cantores de Viena” debía ser una gran oportunidad para quienes lograban formar parte de este coro de voces blancas en el que según costumbre machistas de la época no se admitían niñas.
Hace unos días asistí a uno de sus conciertos en Cáceres. Disfrutamos de un espléndido grupo de voces, niños que recorren en su gira toda Europa, que tienen la oportunidad de estudiar música y canto con profesionales de gran prestigio. Una experiencia magnífica para cualquiera, especialmente con aspiraciones musicales. Y sin embargo otro ejemplo más de como hoy al igual que hace medio siglo muchas oportunidades sigue incomprensiblemente vetada a las niñas. Para la mayoría de la gente, estos detalles son tonterías, pero a mí me duelen esas niñas para las que la igualdad de oportunidades parece una entelequia, como me duelen esas mujeres que permanecen atadas a sus hogares mientras los hombres se reparten la influencia y el poder en el mundo, y por supuesto en nuestro entorno más próximo. ¿Saben ustedes que porcentaje de mujeres hay en el Tribunal Constitucional, o entre los miembros de la Academia de Yuste, o sin ir más lejos, entre los de la comisión de expertos que ha redactado el borrador, forzosamente machista, del nuevo Estatuto extremeño? Hablo de paridad, un tema que la “derecha” desprecia por considerar que las desigualdades no son fruto de la falta de oportunidades sino responsabilidad individual de cada mujer, y al que una gran parte de “la izquierda” considera de importancia “secundaría”, siempre compitiendo “contra” la carestía de la vivienda, la precariedad laboral, los accidentes laborales…y tantos otros problemas que a su vez padecemos las mujeres, siempre agravados con los derivados del machismo. Ahí los tienen, a donde quiera que la vista fijen, como decía Gustavo Adolfo Bécquer. Levanten su mirada y permanezcan impasibles si quieren. Yo ni puedo, ni quiero hacerlo.
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