| Antonio Burgos, el conservadurismo servillano y el miedo a la Modernidad |
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Muchas veces, leyendo la prensa sevillana, tengo la impresión de que los líderes sociales y los opinadores hablan de una ciudad que no es la que yo conozco, a la que considero mi “patria chica” o en la que he vivido muchísimos años. Hay un continuo olor a pasado perdido, a una edad dorada que se pierde en manos de los tiempos modernos, provocando una reconcentración sobre las “esencias sevillanas”. Sevilla es una ciudad fragmentada. Toda ciudad actual de ciertas dimensiones lo es a causa de su extensión, pero en Sevilla se lleva esa fragmentación al plano espiritual. Está la Sevilla de toda la vida (la del centro histórico y de algunos barrios) y la otra Sevilla en la vive la mayor parte de la población, sin “duende”, sin sabor y que tiene los problemas de cualquier concentración urbana sin las ventajas de la belleza que la historia ha dejado. Sevilla, como todos los municipios españoles, elige a su Ayuntamiento, pero como en ningún otro sitio de España los concejales y el Alcalde no ostentan la representación de la ciudad y de sus ciudadanos, especialmente si los cargos electos son de izquierdas. Los representantes de Sevilla y de los sevillanos no son electos por ellos sino solamente por un grupo y generalmente son los presidentes de asociaciones empresariales, capitoste de hermandades, decanos de colegios profesionales, clubes sociales y recreativos o representantes e cualquier organización que sea cooptativa en el ingreso de sus miembros. Esta estructura de representación, a través de los “órganos naturales” de la sociedad, es propia de la ideología conservadora. En Sevilla se han defendido las élites sociales conservadoras que consideran que su representación virtual es de más calidad que la representación real de los electos por los ciudadanos. Esta representación virtual se torna más fuerte cuando el partido, que es el instrumento político de estos sectores, no dirige el Ayuntamiento. La fuerza mediática de los sectores conservadores, que tienen asiento y voz en casi todos los medios locales de comunicación, que los colocan como interlocutores, fuentes de información, analistas y juzgadores de todo lo que pasa en la ciudad, de todo lo que se hace y se debería hacer. Ellos, desde periódicos, emisoras de radio y televisiones locales no solamente intentan marcar la política local, sino que lo que hacen más efectivamente es construir una mentalidad, una filosofía de lo que es bueno, de lo que es bello, de lo que es conveniente y de lo que es moral. Una Filosofía es el reflejo de las actitudes más conservadoras (y reaccionarias) que se pueden encontrar, recurriendo incluso a la idea de la “pars sanior”, formulada por Bernardo de Claraval y que viene a decir que sólo deberían tener poder decisivo, voto, los mejores y los mejores son los que coinciden con la perspectiva del que establece los criterios. Estos sectores conservadores odian la Modernidad y todo lo que representa. Pero no la Modernidad como expresión de nuestros tiempos, sino todo lo que ha hecho que Occidente sea Occidente desde la Ilustración. La igualdad no les convence porque parte de la desigualdad entre los seres humanos, la fraternidad sólo como la admiten como beneficencia y la libertad para ellos mismos, eso sí, para los demás el más servil de los sometimientos. El problema no es que piensen como quieran, sino el problema es que tienen influencia debido a que defienden los intereses de su clase o grupo social que les presta los medios para adoctrinar. Su mensaje de fondo, con miles de argumentos y asuntos, es que nada debe cambiar, que todo está bien como estaba. Defienden el adoquín sobre el granito para pavimentar en lo que es una muestra más de cómo los conservadores y reaccionarios intenta proyectar su inmovilismo a toda la sociedad, hasta en los detalles más aparentemente inocuos, aunque para ellos, con cierta razón, el paradigma estético es una forma excelente y muy eficaz de control social.
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| Escrito por Geógrafo Subjetivo | |
| lunes, 21 de abril de 2008 | |
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