| Lecturas |
498  |
|
Es fundamental y hay que apoyarlo, sin duda, pero está muy mal gestionado. Hace tiempo publiqué un artículo muy extenso en la Fundación Sistema analizando país por país la aprobación de aquella “Constitución” Europea, según sus sistemas de aprobación. El cuadro resultante, con los datos oficiales encima de la mesa, es que aquel proyecto había sido aprobado en los despachos, por los “comisarios políticos del pueblo”, y en los pocos referendums se habían, o aprobado por los pelos, o con abstenciones descomunales; los otros se perdieron, y el resto se pasó exclusivamente por los Parlamentos (la casa de los “comisarios”). Hay una filosofía anti-social (no anti-socialista, aunque también), en la construcción europea por la cual al ciudadano se le ningunea, se le desprecia y no se le tiene en cuenta.
Aquel tocho descomunal que era el nuevo Tratado en su versión integra, y que solo servía para cuatro “frikis” de Derecho pero no para el 98% de los ciudadanos, no se la leyó nadie, la versión resumida algunos pero solo un puñado más. La religión partidista en España funcionó muy bien, pero en otros países con mayor tradición democrática les salió el tiro por la culata a los burócratas de Bruselas, y se dieron cuenta de que la ciudadanía no es un factor de una fórmula matemática, sino un ente vivo, que piensa, vive y opina. Al final, después de dos años de fastos grandilocuentes y el salmo a la religión europeísta consagrada en aquella Constitución, se tiró a la basura en meses, y un tiempo prudencial después, se aprobó un nuevo Tratado (esta vez ya sí sin la mentira del artificio democrático, es decir, íntegramente en los despachos y a la cara), y despacharon el expediente sin fiestas, y rapidito, que nos quema. El patetismo alcanzó entonces el sumun y la gente se dio cuenta de lo que había, desde el principio. No podríamos llegar a colgarlo en la pared como la Constitución de los Estados Unidos, pero un Tratado resumido, con una doctrina básica y una serie de valores, que inspirarían el resto de los reglamentos y leyes interpretados por los Tribunales comunitarios, y presentado con pedagogía ante los ciudadanos de forma democrática para su aprobación hubiera sido, al menos, la forma correcta. De ahí se concluiría si lo que los legisladores europeos entienden por valores ciudadanos, y lo que realmente piensa la ciudadanía, al menos se parece, o directamente ellos viven encerrados en los despachos y llevan demasiado tiempo subidos al coche oficial. Va a pasar mucho tiempo hasta que un nuevo paso en esta construcción pase por una urna, entre otras cosas porque lo que pensamos no les gusta. Casi se explica por si misma la consecuencia siguiente, y es que el proceso cada vez se alejará más de la calle, porque el rumbo no tendrá ligazón con la opinión popular (si no está ya difícil de ver en el horizonte donde queda la ciudadanía con respecto a la élite política). El argumentario de la clase política es el de siempre: la UE es una unión de Estados, el sistema electoral a las europeas con listas cerradas para elegir Eurodiputados, los gobiernos elaboran las normas, elaboran los Tratados y además son votados en sus respectivas elecciones nacionales. Es una lógica de “paquetes”; en el paquete de la elección de gobierno, con sistemas normalmente bipartidistas, va incluida además de todas las cuestiones nacionales el rumbo de la UE, en el paquete ideológico y nacional, va incluída la elección cada cierto tiempo de los Eurodiputados, y va incluída la firma de Tratados, de una UE que hoy en día emite derecho propio, e influye hasta en las cuestiones más próximas de nuestra vida diaria, y queremos que eso aumente. Es una reflexión casi aritmética: si la opinión de la ciudadanía es una caja de color rojo y la metes en una caja amarilla y supone el 50% de la caja amarilla, y luego esa caja amarilla la metes dentro de una caja azul que es el 25% de la caja azul, y metes la caja azul en una caja marrón de la cual supone el 10%, la caja roja supone aproximadamente el 0,8% del total. Las jerarquías en los sistemas políticos son necesarias, para garantizar una cierta eficiencia y estabilidad, pero cuando los órganos intermedios se multiplican y se mezclan una cantidad innumerable de cuestiones de diferente naturaleza y contexto que se juegan a una sola carta con una sola papeleta, y cuando todo esto se convierte en excusa, para mantener un cierto estado de las cosas, que convierte la estabilidad en una especie de "paz social" en donde la libertad y un sentido mínimo de democracia se sacrifican, entonces dichos valores de "sana estabilidad" se corrompen, y se convierten en un burdo instrumento de contención de las corrientes de cambio, y no una cualidad más en un contexto de libertad y legitimidad democráticas suficientes. Somos el 0,8% de un proyecto en el cual no pintamos nada. Es muy triste.
Comentarios de los usuarios (0)
|
|
|