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En este tercer texto propondré la modificación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos para que den amparo a uno de los derechos más importantes para el ciudadano: la libertad de acceso al conocimiento, la libertad de aprender por cualquier camino con la sola limitación de su curiosidad y sus capacidades intelectuales. Si aprender es tomar conciencia de las cosas, del universo; si aprender es descubrir y comprender los misterios de la realidad circundante, problemas y soluciones, preguntas y respuestas, es evidente que el ser humano, tanto que homo sapiens –el mono sabio- detenta, por su propia naturaleza cognitiva, el derecho de acceso al conocimiento
. Ningún límite podemos imponerle, pues aminorar este derecho es limitar la posibilidad de ser uno mismo, pues el hombre encuentra su ser en la comprensión del universo y de su propia relación con él. Saber es sinónimo de ser. Sólo tomando conciencia de las cosas crece el espíritu de los hombres. No creo que exista un derecho con una fuerza y contundencia superior al derecho a saber, tan solo el derecho a la vida e incluso pensando en ella, ¿qué valor tiene hundidos en la total ignorancia? En un segundo paso propongo la introducción de derecho a ganarse cada cual es sustento con todo lo aprendido, por cualquier medio a su alcance. Los conocimientos conforman en gran medida la fuerza de trabajo y la fuerza de trabajo es lo único de que dispone el ciudadano para vender en los mercados de trabajo. Ese derecho se lo quiere arrebatar la propiedad intelectual para eliminar la competencia de elementos molestos. No trata de competir con lo mejor del ser humano sino desconectar a los mejores seres humanos, que pudiendo ser mucho más competitivos son anulados, aduciéndose para ello que las ideas son propiedad de otros y que por tanto no pueden ser “explotadas”. (Es sorprendente que las ideas casi nunca son propiedad privada de sus creadores, obreros como tantos otros, sino de los simonitas, los nuevos amos de saber, que siempre encuentran un camino para hacerse con la exclusividad. ¿Acaso la propiedad intelectual no es intransferible? ¿Entonces, por qué se puede comprar y vender en la práctica con un mero contrato mercantil?) Puede que los mejores no puedan competir y sean arrojados a las interminables listas de parados que adornan las sociedades simonitas, pero no deja de ser absurdo que sea desde el conocimiento, desde el saber, que los condenemos a la iniquidad. La eliminación de la competencia hace innecesario, por otro lado, la incorporación de nueva fuerza de trabajo: el producto se vende sin necesidad de añadir valor. No hay competencia. Es un monopolio efectivo. No puedo comprender un ser humano cautivo de la propiedad intelectual: la libertad de conocer es la primera libertad del homo sapiens; la segunda es la libertad de trabajar aplicando todo conocimiento adquirido, pero ojo, esto debe servir tanto para el ciudadano que desarrolla nuevos conocimientos como para el que aprende del acerbo universal, tanto uno como otro deben poder ganarse el sustento con su esfuerzo y para proteger la libertad de uno no podemos destruir la de otro, tal y como hace la propiedad intelectual. Existe una solución muy sencilla para satisfacer tanto el derecho de unos como el de otros y, desde luego, no tiene nada que ver con la propiedad privada de las ideas ni vulgaridades por el estilo. Será expuesta en el último texto de los cinco. Gracias por su amable lectura Carlos Raya de Blas
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