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Éranse una vez un filósofo, un cura, un intelectual, y un político discutiendo sobre la ley del aborto. El intelectual matizaba sobre el plazo que debía entenderse como mínimo para ejercer el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo, y especulaba con la hipótesis de marcar el límite en el momento de inicio de la diferenciación celular.
Gracias a sus atrevidas hipótesis había logrado que sus aburridos artículos despertaran cierto interés. El cura hablaba del divino mandato de la santa madre iglesia, que anteponía la futura vida nonata a la de la madre, al fin y al cabo una simple mujer. Gracias a sus continuas declaraciones públicas había logrado doblar sus ingresos y multiplicar su popularidad tras haberse beneficiado de su intervención en varias tertulias televisivas de actualidad. El político discutía, en los ratos libres que le quedaban los múltiples ocupaciones que le exigía su continúa participación en actos públicos, Consejos, y Comisiones, sobre la conveniencia o no de modificar las actuales leyes, en función del momento socio-político y le restaba importancia frente a los acuciantes problemas que nos deparaba la coyuntura económica del momento. El filosofo finalmente rentabilizaba sus reflexiones con la impartición de ponencias, congresos, mesas redondas y seminarios de cara a la publicación de algún sesudo libro. Las mujeres no esperamos que la clase política se identifique con nosotras, ni que el clero respete nuestra vida, ni que los intelectuales y filósofos asuman que nadie tiene derecho a decidir sobre el cuerpo y la vida de ninguna de nosotras por encima de nosotras mismas. No esperamos que los machistas se repriman, y prescindan de sucios ataques, en su afán por oprimir a las mujeres. Tampoco queremos impornerle a nadie nuestra moral ni obligar a abortar a ninguno de ellos. Las mujeres españolas simplemente exigimos una ley de plazos que nos garantice el derecho a decidir sobre nuestra maternidad, sobre nuestro cuerpo y sobre nuestra vida personalmente siempre, que regule para ello el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo dentro de las 14 primeras semanas, sin informe médico preceptivo, y en los supuestos amparados por la Ley a partir de ahí, una ley que nos proteja ya, de curas, y otros especimenes machistas que presumen de políticos, filósofos, y hasta de intelectuales.
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