| Jóvenes, noche y espacio público |
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Es evidente que en el imaginario colectivo el binomio jóvenes y noche es uno de los que, históricamente, más éxito ha tenido. Socialmente existe la convención de atar y relacionar muy estrechamente estos dos elementos, casi hasta el extremo de llegar a una casi identificación entre ambas realidades.
Es cierto, pero, que los y las jóvenes son los protagonistas de unos ciertos tipos deusos de la noche (como tiempo de ocio y recreo) y sus espacios relacionales de referencia.
La noche ha acontecido un espacio preferencial de sociabilidad por los jóvenes, donde estos son capaces de hacerlo suyo, conquistarlo e informarlo con normas y valores propios, con códigos de conducta y comunicación compartidos. Los cambios sociales han provocado que los jóvenes hayan debido reclamar nuevos usos del tiempo y de los espacios, así como una nueva forma de gestionar el horario plenamente adaptada a sus necesidades, demandas e itinerarios (vitales, formativos, laborales, d’ocio...). Lo que empezó el Ayuntamiento de Barcelona con el programa pionero ‘Barcelona "Bonanit" es hoy una realidad trasladable a muchas de nuestras ciudades. El objetivo era y es el de normalizar el uso de la noche formulando e iniciando un cambio general en la oferta de servicios y recursos nocturnos de los municipios. Este proceso de normalización ha de incluir una apuesta firme por la ampliación y diversificación de la oferta sociocultural pública y no comercial, el ocio no consumista y la intervención en los ámbitos tanto del espacio público como de los equipamientos de uso juvenil o la oferta privada “lleure” y recreo. Un reto de primera magnitud para el mundo local y su administración es el de la gestión del conflicto de intereses y la necesaria conciliación de usos y hábitos que se debe dar entre los diferentes agentes, colectivos y personas que conviven y realizan sus actividades en el espacio público. Es este el espacio de convivencia dónde se ejercen de manera más visible las relaciones cívicas. Estas son, necesariamente y por definición, fruto del ejercicio práctico y armónico de toda una serie de derechos, obligaciones, legitimidades, intereses, normas y valores que regulan actitudes y comportamientos que todos debemos ser capaces de definir, consensuadamente, como aquellos que persiguen el bien común y el respeto por todas las formas culturales y cívicas d’expresión. Es precisamente desde las instituciones des de dónde se debe liderar este proceso de ofrecer herramientas a los municipios para que puedan disfrutar de una auténtica capacitación en el hecho de la intervención en el territorio, en el espacio público. El civismo, la gestión de la diversidad, la promoción de políticas de igualdad de género, la generación de conocimiento alrededor de los nuevos derechos de ciudadanía y el reto de la inmigración, la dinamización juvenil a los centros de secundaria y el medio abierto, la prevención de las conductas y hábitos de riesgo entre adolescentes...son todas apuestas estratégicas por políticas locales que tienen, tanto en las personas como en la transformación de sus realidades y entornos, sus principales objetivos para la acción política. Es un hecho innegable que los ayuntamientos están abordando, muchas veces sin los recursos y competencias suficientes, toda una serie de fenómenos vinculados a la gestión cívica de la convivencia en el espacio público que pone en valor una nueva forma de ejercer la ciudadanía. Una ciudadanía que reclama una mayor calidad de vida, un entorno mediambiental equilibrado y sostenible y una renovación del compromiso institucional por la regeneración y dignificación de los barrios y las ciudades sobre nuevas bases. Estas ya no venden relacionadas de manera prioritaria con las dotaciones equipacionales, d’espacios públicos o de nueva trama urbana. La nueva ciudadanía postmaterialista pide un mayor acento sobre una correcta gestión de la convivencia en los espacios cívicos existentes, sobre los valores, el consenso y el respeto al conjunto de normas, derechos y obligaciones con los que nos dotamos para garantizar la conciliación de usos, culturas, hábitos y expresiones. Y es evidente que el colectivo juvenil es uno de los que está protagonizando y liderando este proceso de cambio social dónde las nuevas formas de expresión de la ciudadanía y los nuevos derechos que la acompañan dominan la actual agenda política e institucional a todos los niveles. A las conclusiones de un reciente informe promovido por diferentes instituciones y realizado por la Fundación Jaume Bofill podíamos identificar estos elementos que definen la nueva condición juvenil en función del uso horario y espacial que de la noche hacen los y las jóvenes. Y el debate principal alrededor del cual giraban todas ellas es el de la diferencia todavía existente entre el modelo de ocio institucionalizado que se ofrece y aquel que los y las jóvenes piden como propio y para la definición del cual no descartan la participación activa de la administración y sus instrumentos de intervención. Los y las jóvenes defienden, básicamente, un modelo d’ocio integrado a la ciudad y dónde el espacio público pueda ser utilizado por la noche todo definiendo claramente tanto los límites d’uso y prácticas como las diferentes fórmulas por lograr la plena conciliación de intereses diferentes. El espacio público se define como un marco básicamente convivencial dónde los diferentes agentes deben ser sensibles y conscientes de las realidades y necesidades ajenas. Así, la ciudad acontece el escenario privilegiado por un pacto por la noche liderado por los jóvenes, por un nuevo contrato social donde estos son los auténticos protagonistas y sujetas activos de participación. Los y las jóvenes apuestan por un ocio nocturno no consumista, diverso y económicamente accesible. El reto que tienen las administraciones es el de poder ampliar y diversificar la oferta pública de ocio cultural nocturno, regular la oferta privada y contemplar el uso social de las instalaciones, básicamente escolares, por parte de los jóvenes y sus agrupaciones asociativas fuera del horario lectivo. También se hace necesario adaptar los horarios de los diferentes servicios y equipamientos generalistas (deportivos, culturales, cívicos...) y de uso estrictamente juvenil (casales, bucs de ensayo, puntos de información...) a la realidad vivencial y las necesidades de sus usuarios principales. Evidentemente al fin y al cabo debería venir acompañado de otras mejoras que faciliten la accesibilidad y la movilidad de los jóvenes por el territorio como por ejemplo una fuerte apuesta por el transporte público nocturno (también interurbano) y la connectividad entre espacios deocio y núcleos urbanos. Esto desborda los límites y las posibilidades de las políticas locales de juventud, pero también nos hace patente que se debe contar con el mundo local, con la proximidad y complicidad de los ayuntamientos ofreciéndo las herramientas y los recursos necesarios, poder hacer realidad un cambio de esta envergadura. Un cambio al que estamos todos llamados, para el que necesitamos tiempo para remover muchos obstáculos, pero por el que necesitamos indefectiblemente la concurrencia y participación decisiva, activa y protagonista de los y las jóvenes de las ciudades y pueblos de nuestro país. Comenta el artículo
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| Escrito por Luis Fernando García | |
| domingo, 23 de abril de 2006 | |
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Es evidente que en el imaginario colectivo el binomio jóvenes y noche es uno de los que, históricamente, más éxito ha tenido. Socialmente existe la convención de atar y relacionar muy estrechamente estos dos elementos, casi hasta el extremo de llegar a una casi identificación entre ambas realidades.
Es cierto, pero, que los y las jóvenes son los protagonistas de unos ciertos tipos deusos de la noche (como tiempo de ocio y recreo) y sus espacios relacionales de referencia.







