
Si difícil, por no decir imposible, es poner puertas al campo y murallas al mar aún lo es más poner puertas al hambre.
Son tiempos en los que todo el mundo habla de crisis económica y los ciudadanos la empezamos a percibir: los pescadores se movilizan para defender su duro y sacrificado modo de vida, los transportistas piden ayudas al gobierno para paliar la subida de los precios de los carburantes, los agricultores se quejan de lo exiguo de sus ingresos... Y todo ello ocurre en el primer mundo, en el mundo de los que hemos tenido la suerte de nacer en un lugar de privilegio. Porque en otros países de lo que se habla es pura y llanamente de la posibilidad física de subsistir ante una crisis de alimentos que amenaza con acabar con las vidas de millones de personas. Ante esa situación no hay ni puertas ni murallas. Ante la desesperación de unos seres humanos condenados a una muerte segura no hay impedimentos para intentar llegar donde se vive mejor, donde la vida -si la comparan- es lo más cercano a vivir en un paraíso. Huir de su infierno y buscar un futuro mejor es el siguiente paso. No importa el medio, hay que llegar.
La reacción de los países ricos es de temor. Sus intentos de controlar los flujos migratorios se han manifestado ineficaces desde todo punto de vista: ni contratos en los países de origen ni inmigración regulada ni filtros en los aeropuertos, puertos y aduanas. La miseria es más fuerte. Los ciudadanos se sienten agredidos e instan a sus gobiernos a tomar medidas cada vez más drásticas. Los grupos más conservadores presentan a los inmigrantes como enemigos que o bien ocupan puestos de trabajo que no les pertenecen o acaparan servicios sociales a los que no tienen derecho o nos invaden con costumbres que no son las nuestras. Los gobiernos reaccionan ante estas voces y adoptan medidas cada vez más restrictivas. Algunas son algo más que eso. Lo ocurrido en Italia con el nuevo gobierno de Berlusconi es un claro ejemplo de ello. Considerar delincuente a una persona por no tener un papel o perseguir a los gitanos por pertenecer a una etnia es algo más que una política restrictiva. Es represiva y xenófoba.
El Consejo de Derechos Humanos de la ONU a través de la alta comisionada para los Derechos Humanos, Louise Arbour ha alertado sobre el agravamiento de problemas como la intolerancia y xenofobia contra los inmigrantes y las minorías. Arbour se refirió a la radicalización de las políticas para controlar la inmigración ilegal en Europa y, en ese contexto, dijo que las leyes aprobadas en Italia para criminalizar ese estatus y los ataques contra gitanos de origen rumano son particularmente preocupantes. Tales hechos -agregó- reflejan las "políticas represivas" de las que se están dotando los países europeos, así como las actitudes de intolerancia y xenofobia, que se están extendiendo entre la población.
El gobierno italiano que preside Berlusconi utiliza leyes que bien pudieran haber sido dictadas por los regímenes de Musolini y Hitler. Son leyes que hacen enrojecer de vergüenza al comprobar que no hemos aprendido nada de nuestra historia. Exacerbar sentimientos xenófobos sólo puede conducir al odio y al enfrentamiento. Mientras estos mismos gobernantes hacen más bien poco o nada por potenciar los países subdesarrollados y dotar de expectativas de futuro a quienes no tienen más remedio que pasar a ser delincuentes para huir del hambre. Sólo las políticas que fomenten el desarrollo al tiempo que acaben con los regímenes corruptos que gobiernan estos países serán eficaces. El futuro pasa por invertir en educación -para preparar a sus jóvenes-, en sanidad -para acabar con males endémicos-, en tecnología -para que puedan ser competitivos-... Todo está por hacer. Más de medio planeta vive en plena Edad Media.