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miércoles, 03 de diciembre de 2008
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Reseña de “Vida de consumo”: Somos un objeto de consumo que puede ser deshechado Imprimir E-Mail
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ImageEsa es una de las más alarmantes conclusiones a las que se llega después de leer “Vida de consumo” de Zygmunt Bauman. Como consumidores hemos llegado a considerar al otro como un producto que puede ser deshechado, descartado o bien “consumido”. Las relaciones en la sociedad de consumo adquieren la volatilidad de la propia acción de consumir. Y por supuesto nosotros también somos productos que pueden ser deshechados por otros.

Bauman en su “vida de consumo” realiza una demodelora crítica al consumismo. Relata la transformación de la sociedad de la modernidad sólida (la de los ejércitos conscriptos, la de la producción en masa, la de lo ejércitos de obreros industriales) a la de la modernidad líquida (la de unos valores relativos, cambiantes en cualquier momento, de la cultura del consumo). Nos explica como ha pasado de la ética del trabajo a la ética del consumo.

En la primera modernidad los excluídos eran aquellos que por sus carencias físicas, psíquicas, personales o sociales no podían aportar nada a la sociedad productiva. O sea, no podían ser reclutados como soldados, o aportar un valor en la cadena de producción, o realizar las tareas (a las que normalmente relegaban a las mujeres) de apoyo y asistencia a estas tareas.

En la modernidad líquida, sin embargo, los excluídos son aquellos que son consumidores fallidos. El “parado” (típica figura del excluído en la modernidad sólida) no es un excluído en la sociedad consumista por el hecho de no trabajar, sinó por el hecho de que no puede consumir de la misma manera que una persona con unos ingresos más adecuados. Los pobres no son una fuente inagotable de mano de obra disponible (como en la sociedad productiva, es decir aquella donde la producción aparecía como elemento más relavante de la actividad humana), sinó unos excluídos que no podemos esperar de ellos nada ni proporcionan oportunidad alguna porqué son literalmente consumidores fallidos.

Esa es al menos una de las conclusiones que llega el autor. Como toda descripción paradigmática siempre es parcial. La actividad productiva sigue siendo importante en la sociedad de consumo, a pesar, que como indica Bauman primero somos consumidores, luego trabajadores o profesionales. Y es verdad que las generaciones que nos hemos visto embebidas en los valores de la sociedad de consumo desde bien pequeños hemos sido adoctrinados (por esa mano invisible de la que habla Adam Smith, no necesariamente por ningún poder fáctico con cara y ojos) a la optención del placer inmediato, reduciendo el tiempo al mínimo desde la aparición del deseo a su satisfacción. En cambio la ética del trabajo postergaba la satisfacción del deseo. Siempre era mejor ahorrar para poder comprarse un pequeño capricho, ahora en cambio el incentivo es endeudarse para conseguirlo lo antes posible.

No haré una valoración moral de este cambio de valores, también la modernidad sólida tiene sus “peros”, ¿es preferible una sociedad de hedonistas dispuestos a casi todo por la satisfacción de sus deseos, deseos que a su vez son incentivados por la propia sociedad o una sociedad de productores donde se anteponga el “bien colectivo” a los intereses individuales de forma que seamos piezas en un engranaje?. En ambos casos se trata de una descripción parcial, simplificadora, pero en cierta manera intuitiva y muy ilustradora de una visión del ser humano al menos en apariencia cáustica.

Seguramente cada individuo tiene sus propios criterios, sus mecanismos de reacción y compensación de la presión social, y no somos esos monstruos hedonistas, aunque a veces lo parezcamos; pero repito, el poder de la descripción de Bauman es tal que permite entrar a reflexionar.

Por último y como más demodelora conclusión, se llega a que esta ética del consumo llega incluso a las relaciones entre seres humanos. Buscamos en el otro un producto, unas características que nos satisfagan, nos proporcionen los beneficios de la relación social minimizando los costes. Descartamos relaciones porqué estas tienen menor “valor de mercado”; incluso cuando hemos optado por “consumir” una relación determinada pueden aparecer pasado un tiempo insatisfacciones (al igual que nos pasa con muchas de las cosas que compramos) y deshechamos esa relación porqué “el producto no satisface nuestras espectativas”. Pero esto también se gira a la inversa, nosotros somos productos que pueden ser deshechados por nuestros semejantes, hasta el punto de tenernos siempre alerta para que nuestro valor de mercado sea alto:

“la identidad es una condena a realizar trabajos forzados de por vida. (...). Recordemos que a los consumidores los mueve la necesidad de convertirse ellos mismos en productos – reconstruirse a sí mismos para ser productos atractivos – y se ven obligados a desplegar para la tarea las mismas estratagemas y recursos utilizados por el marketing. Forzados a encontrar un nicho en el mercado para los valores que poseen o esperan desarrollar, deben seguir con atención las oscilaciones de la oferta y la demanda y no perderle pisada a las tendencias de los mercados, una tarea nada envidiable y por lo general agotadora, dada su bien conocida volatilidad.”

Esta propuesta que nos puede parecer exagerada, es posible que no esté tan alejada de la realidad, y que nos sea una herramienta útil para algunas aproximaciones a los valores que socialmente se promueven y propagan alrededor de nuestra identidad en la sociedad del consumo. Esta idea, trasladada al mundo laboral ya orbita desde hace mucho tiempo. Numerosos consejeros laborales, libros e incluso programas de formación están orientados a hacernos un “producto laboral” más atractivo que otro. Cualquiera que haya pasado por bastantes entrevistas de trabajo al final se siente como un producto a la espera de ser comprado. Esta lógica que aceptamos como válida (al existir un mercado laboral con su oferta y demanda), según Bauman se traslada a nuestra identidad, a nuestras relaciones sociales, a lo que somos y nos describe como yo a nosotros mismos. Y es posible que así sea... Se hablan de muchos productos, actividades y actitudes como elementos con “moneda social”, es decir el que los tiene, las realiza o lo “és” tiene un mayor valor de moneda social para un determinado grupo. De ahí la potencia que tienen las marcas, no porqué con ella identificamos unos productos o gamas de productos, sinó porqué forman parte esencial de la identidad de muchas personas, y el comprar tal o cuál producto de una determinada marca ayuda a afianzar “lo que somos”, que rápidamente puede ser deshechado por un “nuevo yo”.

Bauman en su libro consigue, tal vez sin buscarlo, la provocación. Desde una visión poco moralista ya que otro tipo de valores y sociedades también generan psicosis, formas de manipulación y excluídos; podemos analizar de forma crítica a través de los razonamientos de Bauman nuestra sociedad del consumo. 



Comentarios de los usuarios (2) RSS feed comment
Escrito por Carles, on 04-06-2008 17:40,
1. Los kikos estan rancios
Es absurdo y romantico el debate que mantiene un sector del pensamiento que se clasifica como izquierda y derecha. La izquierda como tal quedo obsoleta a finales de S.XIX, solo hay que ver los macronumeros y la derecha es otra contradicción como la izquierda. Quizás sería más práctico dejar de miraros los dedos de los pies y mirar como funciona la economia. Aunque ya se sabe, no hay nada mas entretenido que un tonto con una tiza.
 
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Escrito por Jose R., on 05-06-2008 11:27,
2. ya...
Claro, la izquierda está obsoleta porqué lo dicen los macronúmeros, ¿no?. Fantástico... por eso la existencia de un estado del bienestar sigue siendo sostenible desde hace más de 60 años y los macronúmeros de países que tienen un fuerte estado del bienestar y una economía envidiable tienen los mayores niveles de igualdad, de libertades individuales y de oportunidades que los "estados liberales donde el debate izquierda-derecha está olvidado". Ya... negamos la mayor, la necesidad de una gestión pública y de que la política pueda incidir en la actividad económica de forma positiva y así nos quedamos con el mensaje típico de neocon de "no hay alternativa". Venga, kilos de doctrina gratuita.
 
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