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Es deprimente ver cómo en estos tiempos la subida del precio del crudo – que no deja de ser grave – suscita más indignación y más movilizaciones que el salto atrás que la UE ha dado en uno de los aspectos clave de la lucha obrera: vamos, que en una sociedad normal, subirnos la histórica marca de las 40 horas semanales y dejarla en 60 debería hacerse merecedor de un asalto al Palacio de Invierno, cuanto menos.
Sin embargo hay que comprender a nuestros ilustres dirigentes europeos: la crisis anda aporreando nuestras puertas y hemos estado viendo cómo nuestras economías se desangraban durante años por la deslocalización de empresas en busca de costes más bajos. Y ahora que el petróleo anda por las nubes, lo último que estas empresas quieren ver es cómo el ahorro en costes laborales se lo come el subsiguiente aumento del gasto en transporte. La solución ofrecida por la UE les viene de perlas: el límite de las 60 horas permitirá a los inversores instalarse tranquilamente en las factorías de los países del Este recién incorporados a la Unión, que además están convenientemente más cerca de sus mercados potenciales que Indonesia o Guatemala. De dónde sacarán tiempo esos mercados para consumir sus productos habrá que verlo, pero estoy segura de que el sector del comercio sabrá aprovechar la situación ampliando sus horarios de apertura hasta la medianoche, para nuestra comodidad. Los ideólogos del mercado libre defenderán que las 60 horas son sólo un límite máximo, y que la jornada laboral ha de negociarse individualmente entre trabajador y empresario. Ya, lo mismito que mi sueldo, que yo entro a negociar en el despacho del jefe y salgo, en el mejor de los casos, con una palmadita en la espalda y un “ya lo hablaremos el mes que viene”. Tendrás suerte si la próxima nómina no te viene con la carta de despido. Un buen ejemplo de mercado desregulado lo encontramos en las condiciones de trabajo de los inmigrantes sin papeles: aquí, empresario y trabajador mantienen una relación laboral en la que la administración no se inmiscuye. ¿El resultado? Una buena parte de los trabajadores sin papeles desempeñan jornadas de hasta 60 horas semanales, aún cuando sus salarios no reflejan estas horas extras. Si hay alguien lo bastante iluso como para creer que un trabajador está en condiciones de negociar de igual a igual su jornada laboral, que se de un paseo por los establecimientos de hostelería de cualquier población turística. Si quieren, hasta les puedo dar el nombre de alguna empresa en la que no hace falta ser un chino indocumentado para trabajar como un ídem. * Véase "South Park: Más grande, más largo, sin cortes"
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