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La desaceleración, o crisis, como ustedes quieran, que vive actualmente Occidente, nuestro país incluido, tiene una doble naturaleza. Tiene una indudable naturaleza estructural, devenida de nuestra excesiva dependencia del petróleo, que nos obliga a profundizar en el desarrollo de fuentes de energía alternativas, y de una crisis financiera originada gracias a una defectuosa regulación estatal del mercado financiero que ya no obliga a los que venden productos financieros a responder con valores tangibles. Tiene además, una indudable naturaleza psicológica. En el grado en que los contados casos reales de negocios virtuales detrás de valores inflados artificialmente provocaron una psicosis colectiva, todo el mercado se vio arrastrado con ventas masivas y desvió la atención a otros mercados, incluídos los del petróleo, lo que ha inflado todavía más su desproporcionado valor actual.
A estas circunstancias internacionales hay que añadir una serie de factores caseros en el caso de España. El desplome del sector de la construcción era hasta cierto punto previsible. Además de ser resultado de la especulación sobre un producto de primera necesidad que resultaba anti-social a ojos de la mayoría de los españoles, también era consecuencia de un vicio sociológico a vivir de rentas, que no es sostenible. En España, los propios bancos y cadenas comerciales han activado una serie de políticas de seguridad ante préstamos y compras financiadas. Ahora es más difícil encontrar un Banco o Caja de Ahorros que ceda dinero sin pedir al menos una nómina a cambio, y es una reacción lógica, y seguramente, parte de una lección que habrá que aprender para el futuro. Un mercado debe ser dinámico, pero también fiable; un mercado sin credibilidad es un mercado en donde nunca crece nada. Es cierto que el Estado, aquí y allí, tiene que hacer sus deberes, mejorando la regulación del mercado de capitales, y volviendo más rentable nuevas formas de energía alternativas al petróleo, que en todo caso se enfrenta a su extinción natural. No entender eso sería un error, pero me preocupa igualmente quienes insisten en que la sociedad civil debe zambullirse en un océano de angustia que, afirmo, no solo no ayuda en nada a salir de la situación actual si no que, incluso, puede impedir precisamente elementos esenciales para cambiar el modelo actual, que incluye la confianza social necesaria en nuestra fuerza como sociedad para dejar de vivir de rentas e iniciar proyectos empresariales que precisan un cambio de mentalidad. Los casos de escándalos financieros norteamericanos han sido los menos, y si son consecuencia de un modelo que no funciona, no es menos cierto que las grandes empresas españolas ofrecen cada año ejercicios sólidos de negocio real, la Banca privada de nuestro país es un buen ejemplo de estrategias sólidas de expansión, son poco dados a aventuras irresponsables y la proporción de su negocio dedicado a importantes participaciones industriales (las antiguas empresas públicas privatizadas están principalmente en sus manos) es considerable. España está llena de buenos profesionales que, cada día, hacen su trabajo lo mejor posible. Hemos demostrado que somos capaces de salir de situaciones difíciles en el pasado, y esta solo es una más. Desde mi punto de vista, tenemos capacidad más que suficiente para salir reforzados de esta difícil situación, si aplicamos la suficiente inteligencia, pero sobre todo, si asumimos que ser positivos, hoy por hoy, es también la actitud más inteligente. Sin esa confianza en nosotros mismos, será muy difícil el cambio de modelo que necesita nuestro país.
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