| El Estatuto de Catalunya, todos queremos más |
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Hace sólo unas pocas semanas la mitad de España vociferaba contra la propuesta de nuevo Estatut para Catalunya, mientras la otra miraba con recelo el texto y su contenido. Ahora nadie se quiere ser menos. Parece que España ya no se rompe.
No sólo no se rompe sino que ha dado un paso de primera magnitud hacia la ampliación y consolidación del modelo autonómico.
Cuando la propuesta de Estatut para Catalunya se presentó en el Congreso de los Diputados, toda la caverna bramó el fin inminente de España. Lo llamaban finamente la ruptura del consenso constitucional al que llegamos todos tras aprobar la Carta Magna en 1978. Y mientras desde todas las tribuna mediáticas de la derecha se clamaba la caída del cielo sobre nuestras cabezas, desde algunas de la izquierda auguraban idénticos males, pero con la boquita pequeña. Bueno pues meses después, nadie quiere quedarse sin un estatuto nuevo a estrenar. Y todos de una forma más o menos explícita se miran en el espejo de Catalunya. Lo que hasta ahora era un crimen de consecuencias balcanizantes, ahora se antoja una buena fórmula para avanzar en las competencias de cada comunidad autónoma. Todo un ejemplo para mejorar incluso la autoestima histórica de todas las regiones y nacionalidades de España. Eso sí, todos se aprestan a mejorar y actualizar sus marcos competenciales con el máximo disimulo, pero también con la máxima decisión. Incluso en contra de las directrices de partido. Y si no que le pregunten a Mariano Rajoy que ha tenido que plantarse ante sus barones autonómicos para exigir que a nadie más se le ocurra ponerse a reformar nada de nada. Aunque, por cierto, sin mucho predicamento. Su barón balear, Jaume Matas, ha decidido impulsar su correspondiente reforma. Es una cuestión electoral, desde luego. Ningún presidente autonómico sabe cómo explicar a sus ciudadanos que si los catalanes han conseguido determinados avances y reconocimientos, ahora desde su región no se va a pujar por lo mismo. Quedaría feo. Es más, recuerdo cómo urbi et orbe se criticaba la reclamación de los derechos históricos por parte de Catalunya y ahora se exige el máximo respeto para la realidad nacional andaluza. La verdad es que yo me alegro de que todos o casi todos los presidentes de Comunidad autónoma que se rasgaban las vestiduras, ahora se afanen en no quedar por debajo. Y más me alegro de que España siga intacta, tan unida o desunida como siempre. Hemos avanzado en la descentralización del Estado. Y, cómo si se tratase de una gripe, ha mejorado nuestras defensas ante el virus de la España uniformizada, centralizadora, cainita. Ya nadie recuerda la tan traída y llevada pregunta sobre la nación, los derechos y la igualdad con la que el PP pretendía convocar un referéndum ciudadano. Bastante tiene Rajoy con parar la marea reformista en su partido y decidir que hace con lo de la realidad nacional de Andalucía. De mientras, en Catalunya debemos tomar buena nota de lo ocurrido y trazar un plan que nos acerque más a España para que nos comprendan mejor. De todos los habitantes de este mundo, seguro que los más parecidos son los catalanes y los madrileños, los andaluces y los vascos o los gallegos y los murcianos. Aunque alguien se enteste en explicar los que nos diferencia, seguro que son muchas más las cosas que nos unen. Se trata de ponerlas en valor, de explicarlas. Sólo eso nos permitirá sustentar el edificio de la tolerancia y el respeto cuando vengan las crisis. Y en todos los matrimonios las hay. Es verdad que hay un cierto sentimiento anticatalán. Y es verdad que se fomenta por interés político y electoral. Por eso, debemos en Catalunya dejar cada vez menos espacio vital a los que se mueven como pez en el agua en el terreno de la desconfianza, la manipulación y la mentira. Hay que salir de nuestra realidad nacional un poco más. Dejarnos ver cómo somos, con nuestras debilidades y nuestras fortalezas. Explicar que somos un cúmulo de cosas y que no queremos renunciar a ninguna de ellas. Tenemos que pensar que mientras en Extremadura saben de nosotros lo que explican determinados medios de comunicación -allí hay pocos catalanes-, en Catalunya, fruto de los movimientos migratorios que la han enriquecido, en cada familia se produce la convivencia activa entre extremeños, gallegos, andaluces, madrileños, vascos y… todos los demás. Este factor nos capacita especialmente para ser exportadores netos de tolerancia y cohesión. Somos más los que pensamos así que los que se referencian en purezas inexistentes y en realidades trasnochadas. Esa es la nación que debemos reivindicar con fuerza, junto con nuestra convicción de que sólo un modelo de Estado descentralizado que acerque el poder de decisión a los ciudadanos es realmente eficaz, participativos y aporta mayor valor añadido en términos de calidad democrática del sistema. Quizá esta crisis no nos ha ido del todo mal aunque algunos piensen que podríamos haber conseguido más. Hemos conseguido algo mucho más eficaz de cara al futuro: que todo el mundo quiera más poder para su comunidad autónoma y se pongan a buscar en su pasado argumentos que la certifiquen como realidad nacional e histórica. Ahí es nada.
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| Escrito por Miguel A. Escobar | |
| lunes, 24 de abril de 2006 | |
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Hace sólo unas pocas semanas la mitad de España vociferaba contra la propuesta de nuevo Estatut para Catalunya, mientras la otra miraba con recelo el texto y su contenido. Ahora nadie se quiere ser menos. Parece que España ya no se rompe.
No sólo no se rompe sino que ha dado un paso de primera magnitud hacia la ampliación y consolidación del modelo autonómico.







