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Apuntaba Orwell en su 1984 que el objetivo final de la neolengua era la desaparición del pensamiento crítico, a base de eliminar paulatinamente los conceptos lingüísticos que facilitan la abstracción. Y me ha venido a la memoria esta idea a cuento del enésimo manifiesto en “defensa” del castellano – o español, que no me voy a meter en guerras terminológicas. Claro que la lengua patria goza de un léxico profuso y abundante y no se puede comparar a esa neolengua que usaba un vocablo para referirse tanto a una acepción como a su contrario. Pero sí creo que limitarse al uso de una sola lengua, teniendo la oportunidad de emplear más de una, es cerrar la puerta a determinadas habilidades que pueden ser útiles en el desarrollo intelectual.
Está más que demostrado que conocer más de un idioma desde tierna edad facilita enormemente el aprendizaje de nuevas lenguas, y si me permite usar la anécdota como dato estadístico, en mi experiencia escolar los estudiantes que vienen de entornos familiares bilingües tienen, en general, mejores resultados en el estudio de una tercera lengua. Y precisamente tiene que ver con la capacidad de abstraer conceptos lingüísticos, lo cual es beneficioso no sólo para aprender nuevas lenguas, sino para conocer mejor las que ya hablamos (a pesar de ello, las diferencias en conocimientos del castellano entre alumnos catalanes y el resto de España son mínimas, aunque se puede atribuir a la supremacía del uso del castellano sobretodo en las ciudades de más de 100.000 habitantes, que al fin y al cabo representan la mayoría de la población, y que se traduce en una pobre incidencia del bilingüismo real). A cualquiera con un mínimo de sentido común se le antojaría deseable que sus vástagos crecieran conociendo, al menos, dos idiomas, y más aún si éstos forman parte de la vida diaria en su lugar de residencia. El problema con la polémica sobre la política lingüística es que nos encontramos en una clara situación de diglosia, en la que una de las lenguas se come una importante porción del pastel – las comunicaciones en el ámbito privado y convivacional – mientras la otra se abre paso a codazos en otros ámbitos – educativo e institucional principalmente. La lengua fuerte tiene adjudicados estos espacios desde hace mucho tiempo, hasta el punto que los acaba considerando como un territorio propio. Los intentos de la lengua débil por hacerse un hueco en estos ámbitos son vistos como una invasión, especialmente cuando dicha lengua débil intenta mantenerse mediante políticas de discriminación positiva que aseguren su permanencia a pesar de su situación de desventaja. Es un poco como la ley de Paridad: si ponemos igual número de mujeres que de hombres allí donde la proporción era antes de 2 contra 8 equivale a quitar espacio político a los hombres. Como ese espacio les ha sido dado por sentado durante generaciones, les sienta fatal perderlo. Cuando uno ocupa una posición de privilegio, alcanzar una situación de igualdad siempre implica tener que sacrificar algunas de las ventajas de las que goza el grupo privilegiado. En el caso de la igualdad entre sexos, significa tener que batirse el cobre en igualdad de condiciones “a pesar” de pertenecer al “club de los chicos”. En cuanto a la lengua, significa tener que perder el tiempo en pedir un formulario en castellano.
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