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miércoles, 03 de diciembre de 2008
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Ciberactivismo y organizaciones políticas: que se pierde con las resistencias al ciberactivismo Imprimir E-Mail
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ImageEl reciente fiasco (parcial, tampoco dramaticemos) del cibermilitante en el 37 congreso del PSOE, las resistencias de algunas federaciones socialistas a esa figura y la cierta mirada de soslayo que varios militantes (de piedra picada) hacen de todo esto del ciberactivismo pone en solfa que el ciberactivismo y esto de la política 2.0 está mostrando cierta resistencias por parte de las bases de las organizaciones políticas. de la política 2.0 está mostrando cierta resistencias por parte de las bases de las organizaciones políticas.

Sigue siendo vigente el artículo (ya canónico) de Antoni… pero existiendo unas resistencias capaces de dejar la figura del cibermilitante en algo anoréxico, ¿es posible la política 2.0 en las organizaciones políticas?

Primero de todo me gustaría poder resolver algunas dudas.

¿Quién sale perjudicado de la resistencia organizativa?

 

Lo que pierde el ciberactivista:

Vayamos al grano, ¿quien es el que más sale perjudicado de las resistencias a la política 2.0? ¿los que utilizamos estas herramientas o los que no?. Esto me recuerda a un artículo de Fernando Savater que indicaba que en el ámbito público le preocupaba que la gente no tuviera interés por lo público a un nivel egoista. Si él (o cualquiera) que necesita que los servicios públicos y la política funcionen bien, garanticen libertades, mejoren la autonomía personal, etc… y las decisiones sobre estos servcios y la política han de tomarse considerando la opinión de un montón de personas que por su falta de interés fomentan otro tipo de política (la del eslogan, etc…) él se ve perjudicado a un nivel general.

Bien, en este aspecto que las organizaciones políticas, y sobretodo sus bases no tengan en buena consideración la política 2.0 es un perjuicio general, tanto para los ciberactivistas como para el resto. El hecho de que nuestros compañeros de las organizaciones políticas no tengan sensibilidad hacia el ciberactivismo nos deja cojos en más de un sentido.

Pero además, los ciberactivistas tenemos necesidades de nuestras organizaciones políticas si queremos hacer activismo por ellas. Por ejemplo, el tener acceso a información y argumentarios, a las notas de prensa de la organización (para tener una idea de porqué nuestra organización defiende o no un determinado tema o asume una determinada postura), aún cuando no la necesitemos en ese momento siempre viene bien. También necesitamos acceder a personas que tengan cierta información clave (pero no privilegiada, tan sólo es poder preguntar el “cómo” de un determinado tema). Muchas veces eso lo conseguimos por nuestro activismo “de piedra picada”, ya que la gran mayoría de ciberactivistas también somos militantes o activistas clásicos. Resistencias en este sentido nos dejan sin una fuente de información importante.

 

Lo que pierde la organización política:

Por otro lado la organización política pierde… pero ya veremos cuanto y cómo y “que parte de la organización” se ve más perjudicada.

A nivel de estrategia comunicativa la organización pierde “capilaridad” o sea capacidad de llegar a otras personas que de otra manera no llegaría (lo que llamaré “hipótesis clásica 1” sobre lo que se puede ganar en la web 2.0). La pérdida desde el punto de vista de esta hipótesis perder (o desmovilizar a un ciberactivista) es equiparable a perder un columnista en una revista local que se pone en las tiendas. Lo leen poca gente, pero la gente que lo lee lo hace con cierta confianza y cercanía.

También a nivel de “combate ideológico” la organización pierde, en la “hipótesis clásica 2”, suponemos que la blogosfera y las redes sociales en su conjunto son como un mass-media con muchos nano-medios. Sería como si apareciera un “segundo mapa televisivo” donde hubiera miles de canales de televisión con nanoaudiencias. En esa hipótesis, el perder ciberactivistas, desmotivarlos o no dotarlos de herramientas lo que hace es perder “espacio” en contra de las tesis rivales. En la “hipótesis clásica 2”, podemos encontrarnos que la pérdida de un ciberactivista signifique perder un “soldado” en una guerra comunicativa en la que cuanto más voces y más fuertes sean estas mejor. La organización necesita que los mensajes sean favorables a sus propuestas e intereses, cuantas más voces críticas es equivalente a tener muchas radios en contra, y cuanto más ciberactivistas favorables es equivalente a tener muchas radios favorables.

Más allá de las “hipótesis clásicas” que contemplan la blogosfera y las redes sociales como una zona para conseguir la hegemonía comunicativa y llegar a sectores sociales a los que no consigue llegar, las organizaciones políticas se ven perjudicadas al ofrecer resistencias al ciberactivismo, que son de otra índole. Aunque no estamos en los EEUU y el “efecto Obama” es algo que no se dará a menos a medio plazo (la sociología es algo que pesa como la ley de la gravedad y nuestra sociedad es distinta a la de los EEUU en su relación con la política), no podemos negar que a otra escala efectos como este pueden darse.

Lo que más fuerza tiene la web 2.0 es la capacidad de alimentar una democracia deliberativa. El debate no se ciñe sólo a lo que ocurra en las instituciones, lo que pase en los mass-media o lo que ocurra dentro de los rituales políticos de las organizaciones. Esto ya se daba ya con anterioridad a la utilización de la web 2.0: el debate político se produce en el bar, en los institutos, en el mercado, en las conversaciones informales, etc… esa “democracia deliberativa” se produce de forma informal en la realidad de piedra picada. Lo que proporciona la web 2.0 es una mayor visualización, difusión, interacción y sobretodo la capacidad de que esta “conversación” tenga una mayor profundidad, dure más y llegue con más solidez y tenga más capacidad de influir en más gente y en lugares de tomas de decisión.

Si una organización política decide (de forma colectiva) no tomarse en serio el ciberactivismo estará perdiendo fuerza en su interacción con esa democracia deliberativa. A nivel interno el debate de las ideas será menos fresco, los rituales de la organización, necesarios para garantizar un funcionamiento formal y democrático (formal) interno, ahogan gran parte de la capacidad de debate y reflexión de sus miembros: ciñe y constriñe los temas a debatir a los que en cada momento interesan más a la organización, que no necesariamente coinciden con el de cada uno de los militantes, y además las interacciones suelen ser limitadas (unos pocos minutos) y en unas relaciones jerárquicas. La web 2.0, aunque no está ausente de las jerarquías existentes en la realidad (no es lo mismo mi blog que el del primer secretario de la Federación de Barcelona), sí permite que cada uno adapte su agenda a los temas que le interesan y a su vez encuentre otros miembros de la misma organización política que quieran reflexionar al respecto. Es más ese debate puede seguir dándose antes y después de la reunión y actividad (ejemplos de ellos los veo en los compañeros del PSOE de Moratalaz y en los compañeros del PSC de Horta-Guinardó), cosa que permite que el enriquecimiento sea mayor, que la próxima reunión los debates tengan mayor profundidad y calado y permitir que la difusión y participación del relato político sea mayor.

 

Es decir, la organización política pierde capacidad de construcción de un relato político serio y con mayor profundidad. Pierde calidad en las reflexiones, y pierde ideas, un bien muy escaso en cualquier organización política ávida de ideas para generar proyectos. Con la consiguiente pérdida de calidad democrática y política de la organización. Es más lo que se pierde organizativamente puede ser más… muchos miembros (actuales y potenciales) encuentran en la web 2.0 su válvula de escape para sentirse partícipes de un proyecto político, no aceptan que los mecanismos rituales de la organización sean la única forma de participar. Si esta realidad es negada, rechazada o resistida implica que podamos perder esos militantes, perder activismo, otro bien escaso dentro de las organizaciones políticas.

Por otro lado, la organización política no puede aspirar a ser un buque blindado que nada le debe afectar en su purismo ideológico. O tienen “oídos” en todos los lugares para captar las necesidades de los ciudadanos, sus inquietudes, miedos, esperanzas, etc… o sus proyectos puede que queden muy bien en el papel pero no tengan reflejo en la sociedad. La “conversación” que ocurre en la web 2.0, permite tener unos oídos más (complementando la hipótesis 1 clásica), pero además podemos participar directamente del relato político que se construye en ese ámbito. Y a nivel institucional eso es importante, las administraciones han de poder gestionar y hacer políticas que estén (y más a nivel local) muy acorde con los intereses de sus ciudadanos. Muchos de ellos no se van a dirigir a las administraciones a nivel clásico: asistiendo a plenarios, haciendo instancias, organizándose en asociaciones vecinales, etc… o se organizan puntualmente en plataformas temporales si el tema les afecta lo suficiente o expresan su opinión (contraria, neutra, favorable) por las vías que más facilidad tienen. En algunos casos será el militante de la escalera, al que le ponen la cabeza como un bombo, en otros casos utilizarán internet y las formas de comunicación de la web social. Con la ventaja (como he dicho antes) que ese debate en la red social tiene más posibilidades de ganar en profundidad, perdurabilidad y llegar a más gente. No estar significa dos cosas, como he dicho antes, perder capilaridad, pero sobretodo que las instituciones y partidos no aprovechen una vía para poder “parecerse” más a la sociedad en la que están embebidos.

En un entorno de baja politización, con tasas de afiliación inferiores al 1% a la de votantes (al menos para los partidos de masas y los catch-all), cualquier vía para poder dialogar, escuchar y participar adquiere una especial importancia. ¿Cuantos votantes pueden conocer directamente y con certeza de que lo son, los afiliados de una agrupación de uno de los grandes partidos? ¿al 10%, al 15% de los votantes? ¿cuantas conversaciones oyen los afiliados de un partido en la calle? El modelo del partido socialdemócrata austríaco jamás ha funcionado en España, no hay un militante en cada edificio. Por tanto el dejar de lado el ciberactivismo sería como obviar a los militantes que pertenecen a entidades vecinales o los que participan de entornos sociales o profesionales activos.

 

Por otro lado también (y esto es la hipótesis futurista 1), para algunos la política 2.0 es la política que será mayoritaria en un futuro, la que provocará los cambios, donde se “batirá el cobre”, en mi anterior artículo hablaba de ello. No seguiré profundizando, pero en la peor de las perspectivas el cuidar el ciberactivismo no dejaría de ser un “seguro” de futuro, en el que “quien no esté” tiene la partida perdida de inicio.

Lo peor de todo para mi opinión no deja de ser perder un (ciber)activista al no darle un mínimo reconocimiento a su trabajo (igual que se mal reconoce el trabajo del militante de piedra picada o el que está en el mundo sindical o en las entidades, o escribe una columna o en la actividad institucional). Cualquier forma de activismo en una sociedad tendente al individualismo y a la pasividad respecto a la política no deja de ser una joya para las organizaciones políticas. El ciberactivismo además tiene la capacidad de generar cibercampañas, y formas de activismo que concuerdan mucho con esta sociedad individualista, de causas temporales que nacen y mueren. Tal vez no sea la sociedad que más nos guste, pero sí es la que se encuentran las organizaciones políticas, si no pueden hablar en los mismos códigos que los ciudadanos que la conforman, si no saben moverse en esa “sociedad consumista” de “cibeciudadanos individualistas” las organizaciones se parecerán cada vez menos a los ciudadanos y a la misma sociedad… lo que provocará aún más un ahondamiento en el divorcio entre política y ciudadanía. ¿Es la web 2.0 la herramienta posible para poder superar la crisis de identificación entre política y ciudadanía?, no me atrevo a decir eso, pero sí que es una oportunidad que las organizaciones deberían intentar.

 

 

Lo que pierde el militante no ciberactivista.

 

Por último (y no menos importante) está lo que pierde el militante no ciberactivista. Hemos hablado del ciberactivista (militante o no, pero simpatizante de una organización política) y de la propia organización. ¿Y el militante de piedra picada, de toda la vida, pierde algo?. En un artículo siguiente hablaré de lo que siente que pierde si se dá un reconocimiento al ciberactivismo (sobretodo uno que les excluya), pero en este caso, el militante que no le interesa esto del ciberactivismo, refractario al uso de internet como herramienta de activismo político, y que mira de soslayo al tipo raro de su agrupación que tiene un blog con contenidos “que no tienen control de la ejecutiva”, ¿puede perder algo si el ciberactivismo no es reconocido?.

De forma colectiva sí, lo hemos visto antes… pero a nivel individual también tiene pérdidas. Manel Castells ya lo decía “aunque internet no te interese, tu vida se ve afectada por la red”, y en parte Bourdieu lo decía de otra manera “quien no hace política se la hacen en su contra”. El militante no ciberactivista que no tiene contacto con los ciberactivistas, no interactúa con ellos, los rechaza, o bien estos lo ignoran tiene un problema serio: hay un ámbito de debate político en el que él “podría participar” aunque fuera de forma indirecta que le deja fuera. Mientras que la radio, la televisión o la prensa uno no puede participar e interaccionar con ella (más allá de cartas al director o experimentos participativos que se han realizado), y el mensaje que se genera y al que podemos mirar es de forma pasiva, donde “para ser noticia” tenemos que acceder a elementos con “poder” (como los redactores jefe) que consideren que lo que hacemos es noticiable, y por tanto nos vemos sometidos a un estrecho cuello de botella, la web 2.0 todo puede ser noticia y puede ser comunicado. Un militante que tenga inquietudes sobre la pesca del cangrejo en el río del pueblo puede comentarlo en su agrupación y seducir con este tema a un bloguero que con su modesto blog informa de que los cangrejos están saliendo verdes por la contaminación, y esto a su vez puede enganchar con otro bloguero interesado en temas ambientales que le preocupa los vertidos que se realizan en ese río, etc… Los blogueros que a su vez son militantes son personas que se pasan por la agrupación, si las organizaciones políticas desmovilizan a sus ciberactivistas, estos irán menos por la agrupación o bien marcharán de la organización y los militantes no ciberactivistas no tendrán acceso a esa conversación, ni siquiera de forma indirecta.

 

Sería mucho pero que el militante no tuviera acceso a ese mundo y además su organización se volcara al ciberactivismo dejándole como “un producto obsoleto dentro de la sociedad postindustrial”, cosa que se podría dar si la relación de la organización política con los ciberactivistas fuera la misma que hace con algunas élites sociales. Este modelo puede darse, cuando las organizaciones políticas necesiten lanzar campañas o captar opiniones en algunos temas pueden recurrir a los ciberactivistas, los opinadores y determinados personajes que tienen un mayor nivel de información e influencia y canalizar las propuestas a través de ellos y no de su organización. El hecho de excluir a los ciberactivistas de las organizaciones políticas puede provocar un efecto de “puenteo” de las direcciones intermedias y las bases de las organizaciones políticas entre la dirección y determinados ciberactivistas. Y eso perjudica seriamente al militante de piedra picada, refractario al ciberactivismo, y además ahonda aún más en la distancia entre unos y otros. No quiero describir lo que lleva a largo plazo ese modelo, pero se parece mucho al partido demócrata de los EEUU, con organizaciones políticas desmovilizadas que se transforman únicamente en plataformas electorales… modelo que ni ciberactivistas ni militantes desean.



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Escrito por Jose Rodriguez   
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