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No les ocultaré mi moderada decepción con el resultado que en materia de avance en la laicidad del estado arroja el último cónclave socialista, el famoso 37 Congreso Federal. El rechazo de la propuesta de Izquierda Socialista de proceder a revisar los acuerdos de 1979 con la Santa Sede y el timorato abordaje de la simbología religiosa institucional, con el anuncio del mantenimiento de los funerales de estado, ha sido un triste y pobre bagaje. Es verdad que del 37 Congreso salen reforzadas otras políticas sociales y socialistas, tan o más importantes que la necesaria profundización en la laicidad del estado, pero esto no acaba con mi frustración.
El consuelo para tontos que supone el enterarse de que uno no está sólo en sus cuitas sólo sirve en este caso para poner de manifiesto que no estoy defendiendo una utopía irrealizable en solitario, sino que más bien formo parte de un cierto clamor popular más o menos numeroso pero en todo caso relevante. Relevante sí, pero mayoritario no. Y en democracia, en esa democracia en que creo, lo mayoritario es preeminente y tratar de impulsar una idea, sea o no objetivamente legítima, contra la opinión de la mayoría sólo puede implementarse a través de la negociación y el diálogo, buscando convencer y no someter. Es tan perjudicial para mis – nuestros – intereses imponer por decreto una laicidad artificial contra el criterio mayoritario como caminar en la dirección contraria y volver a confundir poder temporal y espiritual. En este sentido conviene señalar que la diferencia entre los regímenes totalitarios y aquellos que definimos como democráticos radica en que en los primeros una elite política, económica y social ostenta el poder fundamentado en la posesión de la verdad absoluta, circunstancia que legitima al régimen para imponer su criterio a la masa; en los segundos, el estado está sujeto a la soberanía popular, es por tanto el pueblo quien legitima al gobierno y no al revés, por lo que la acción política está orientada a dar respuesta a las demandas de la ciudadanía. En democracia, esta democracia que yo defiendo, la soberanía nacional radica en el pueblo, lo que supone que es éste, el pueblo, quien determina el camino a seguir y la velocidad en que se recorre. La ciudadanía española no está por la labor de una ruptura drástica con la Iglesia Católica y en todo caso parece que lo que se impone, contra mi criterio – y el de otras muchas personas – es una progresiva desligazón sin aspavientos. Eso es lo que parece indicar la paulatina pérdida de importancia que la religión experimenta en las sociedades occidentales, de tal manera que cada vez son menos quienes acuden regularmente a los oficios religiosos y el descenso en las vocaciones sacerdotales comienza a ser muy importante. En este sentido parece más o menos evidente que España, como el resto de las sociedades post-industriales euro-americanas, camina lenta pero inexorablemente hacia un estado laico y republicano, la lástima es que no estaré aquí cuando eso ocurra.
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