| Lecturas |
426  |
|
La humanidad ya no rige su evolución cognitiva por el interés general sino por el interés de unos pocos que gracias a la propiedad intelectual han privatizado el conocimiento.
Cuando el conocimiento es mercancía, su desarrollo y distribución se orienta por motivos económicos. El criterio es de pura rentabilidad económica y poco importan las necesidades de aquellos millones de personas que no disponen de haberes suficientes para pagar los conocimientos y los productos derivados de esos conocimientos. Cuando hablamos de Ciencia, y en particular de Medicina, el cariz que toma el asunto es siniestro. Las farmacéuticas invierten millones de euros en investigar cosméticos para atender los mercados de ciudadanos ricos mientras desprecian la imperiosa necesidad, por ejemplo, de finalizar el desarrollo de la vacuna contra la malaria. Los cientos de miles de seres humanos que mueren por malaria no son ricos, sino indigentes, por tanto, no es rentable investigar y no se investiga. Por otro lado, y no es poca la valentía, unos pocos organismos y particulares se enfrentan al poder de las multinacionales e invierten nimios recursos que poco a poco van dando resultado. Me pregunto, si dispusieran del 10% del presupuesto de investigación de una sola de esas corporaciones, ¿hace cuántos años dispondríamos de una vacuna efectiva? ¿Cuántos millones de vidas habríamos salvado? La Ciencia es patrimonio de la Humanidad, los conocimientos genéricos y la investigación básica son reconocidos como libres, o sea, propiedad pública, pero las multinacionales encuentran siempre un resquicio para impedir el uso práctico de los mismos adjudicándose patentes (los estados así se las reconocen) que siendo particulares, concretas, desactivan la competencia que la aplicación práctica de aquellos conocimientos amplios podría crearles. Nadie se atreve a entrar en costosos litigios por la libertad de uso del saber, sólo los poderosos pueden pagar el medio millón de dólares que por media cuesta un juicio de estas características, por ejemplo, en EE.UU. La propiedad intelectual es usada como freno a la competencia, como herramienta destructora de los efectos beneficiosos del mercado, transformando el idílico panorama del capitalismo industrial en un escenario de monopolios y oligopolios que yo llamo “simoníaco”. La simonía, como mi querido lector sabe, es la compra venta de cuestiones espirituales, y el conocimiento es la sustancia primera que compone nuestra alma o intelecto. El capitalismo simonita brota del capitalismo industrial, ahora, sin competencia. Un magnífico panorama para las corporaciones resultantes de la concentración de capitales. Los dueños de la Ciencia hacen y deshacen sin traba alguna, pero fíjese usted que los que deciden nunca son los científicos, ni su ética, ni sus valores y visiones del mundo. Los científicos son asalariados sin voz ni voto, obreros que venden su fuerza de trabajo por que no les queda más remedio que comer todos los días. Ellos no son los culpables, son otras víctimas, y muchas veces cabeza de turco hacia quien desviar la atención. En resumen, el saber es un negocio magnífico al fundamentarse en monopolios de explotación. Pero esto no es lo peor de la propiedad intelectual: los dueños del saber –empresarios, carteles y grupos de poder- deciden qué conocimiento se desarrolla, cuál se da a conocer, cuál se oculta deliberadamente, quién conoce, por qué conoce y e qué momento. Si la Ciencia tiene dueño la Humanidad deja en manos de unos pocos el decidir hacia dónde marcha. La tecnología servirá presa a los designios de los nuevos señores feudales. El resto, nosotros, usted, vivirá de la forma que ellos le digan, incluso cuánto tiempo vivirá, si morirá por una enfermedad o si tendrá la suerte de que alguno de los amos se moleste en encontrar una solución para su enfermedad. Depende de cuánto dinero disponga. Carlos Raya de Blas
Comentarios de los usuarios (0)
|
|
|