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Los cambios progresivos tienen que ser cambios, no excusas para el estancamiento |
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 Los cambios sociales son complejos y normalmente cuentan con las reticencias de los sectores que no quieren que esos cambios se sucedan. Cuando el cambio se pretende, cuando se desea, es tan importante medir los tiempos como tener claro qué es lo que realmente se quiere y con qué recursos se cuenta.
Se suele insistir en los cambios demasiados acelerados, en las transformaciones que carecieron de base social para echar raíces y de las revoluciones tan ideales que no calaron en la sociedad a la que se dirigían. A mí me gustaría hablar del problema que tiene el entusiasmo por los cambios progresivos y como éste puede esconder todo lo contrario a lo que se pretende.
Supongamos, en una gran simplificación, que una sociedad está situada en el punto 9 de una escala de 0 a 10 y la mayor parte de la sociedad quiere que pase a estar en el punto 3. El paso en un solo momento, además de no ser factible, puede ser desaconsejable, con lo que habrá muchas voces que propugnen un cambio progresivo. El problema está en definir qué ritmo tiene que tener ese cambio progresivo.
Los sectores más conservadores procurarán que los cambios sean tan lentos que casi no se perciban, y que sean más necesarios que transformadores, no superando un límite impuesto por ellos y siempre cercano al punto de partida.
Los que quieren el cambio social pueden caer en la tentación de esta forma de cambiar y convertirse finalmente en involuntarios aliados de los conservadores, a cambio de uno o dos símbolos que les haga conformarse. Los que buscan la transformación pueden y deben asumir el cambio progresivo pero siempre observando algunas premisas como tener claro tanto los objetivos como los pasos y sabiendo que hay que marcar una temporalización, ya que un cambio que se produce en la eternidad no es ningún cambio.
Pero sobre todo hay que descartar la idea de que se pueden hacer serias y profundas transformaciones sociales sin polémica, críticas o crisis social. Hay un punto en el que los cambios acumulados en un periodo de tiempo se hacen insoportable para los sectores conservadores o que consideran que la condescendencia y la paciencia mostrada ha llegado a su fin y comienzan a desatar toda su oposición y furia como si todo se hubiera hecho de golpe y porrazo.
Al final uno puede acabar formulándose esta pregunta: ¿si llegado a determinado puntos de cambios progresivos iba a tener la misma oposición que si lo hubiera hecho en un solo momento o si los cambios hubieran sido más acelerados, por qué no lo hice así?
Entiendo la política como lo hace Alfonso Guerra en sus Memorias. Dice la política para él no es un servicio a los ciudadanos, sino un proyecto de transformación social. Si queremos cambiar la sociedad, hacerla más libre y justa, entonces no nos debemos dejar engañar con el ritmo de los cambios y asumir que algunas veces, no demasiadas pero sí algunas, debemos desechar lo gradual porque en la gradualidad nos podemos ver atrapados como en una tela de araña.
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Escrito por Geógrafo Subjetivo
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viernes, 18 de julio de 2008 |
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