| Lecturas |
375  |
|
Tenemos la ilusión de que la política se rige en el campo de la racionalidad. El azar no entra en el territorio político, y caso de así ser es circunstancial. Las verdades políticas, sean de la índole que sean, no están sujetas al caprichoso destino, suertes y azares varios.
Y no es así. La política como esencia humana, como característica y actividad humana, tiene (como todo lo humano) un alto componente de azar. Movimientos sociales, revoluciones, cambios políticos no son movidos como marionetas, tampoco por supuestas manos ocultas y oscuras. Nada está predeterminado ni decidido. En definitiva, aquella célebre expresión del Romeo de Shakespeare, soy un juguete del destino, no es la expresión repetida hasta la saciedad por políticos de antaño, actuales y venideros, para ellos el azar no existe, todo lo tienen controlado. Y no me refiero a la suerte en la política: la suerte como tal, como encadenamiento de los sucesos fortuito o casual. A la suerte se le presupone el adjetivo buena. En cambio a la negación de la suerte sí que la acompañamos con el adjetivo mala, aunque en positivo también se admite la expresión buena suerte. No, el azar es otra cosa, no implica una sucesión de acontecimientos ni tampoco una dicotomización entre bueno y malo. No hay un buen azar ni un mal azar, sólo hay azar. Por esto, cuando uno oye la expresión estaba destinado a ser presidente, primer secretario o otras nominaciones referidas a una estructura política o similar debería tomárselo como una expresión vacía y tópica. El destino, el hado, esa fuerza desconocida que rige nuestras vidas como si nada más nacer ya estuviéramos predeterminados nada tiene que ver con la política como actividad esencialmente humana. Los primeros políticos de la historia, aquellos padres de la democracia ateniense jamás creyeron en el dios hado. Ellos no excluían el azar, el caprichoso azar, la casualidad, tan humana, tan terrenal. Nada está escrito y todo es posible. La suerte como sucesión de hechos quizás sí que pueda estar predeterminada o que uno pueda labrársela, pero el azar no. Y el azar sí que es parte de la política, la suerte no. Si los profesionales de la política fueran conscientes de esto quizá actuarían mejor ante las crisis, económicas, políticas, personales o como mínimo se humanizarían. Puesto que su sitio, su ser en el mundo político tiene un alto componente de azar, de humanidad, la conciencia de una característica tan humana como es el azar debería hacerlos más humanos o a caso pensar como humanos.
Comentarios de los usuarios (0)
|
|
|