| Deconstruyendo el futuro |
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Se habla mucho del futuro de la tecnología como motor de la economía y el desarrollo. Se fomenta la creencia de que las empresas son el motor de la innovación, el único que funciona para algunos sectores de pensamiento liberales.
Ellos fundamentan su defensa del sistema privado de investigación por los beneficios a los consumidores que se supone que ofrecen. No entraré a criticar aspectos como la presión que sufre el ser humano por el consumismo exacerbado, ni si esos beneficios tecnológicos están bien equilibrados y le ofrecen al hombre lo que necesita, o sólo un paliativo de sus deseos. Es decir, si el hombre busca libertad, ¿le ofrece a tecnología la posibilidad de alcanzarla? O le ciega con sucedáneos mientras mantiene su estilo de vida, produciendo y consumiendo objetos que no le acercan ni un ápice a esa libertad. Soy un apasionado de la ciencia y la tecnología, pero no puedo dejar de preguntarme si realmente lo que necesitamos es lo que nos ofrecen las empresas que la controlan. Veamos un ejemplo. Técnicamente, curar una enfermedad, como la diabetes, debería ser relativamente fácil con los conocimientos de que disponemos hoy día. Pero no se hace. El motivo, igual que con el SIDA y otras enfermedades crónicas, es que es mucho más lucrativo proveer a millones de diabéticos de insulina, tiras reactivas, agujas, lancetas, etc. que curarles de una vez. Un caso claro de cómo las empresas privadas priman sus beneficios por encima del bienestar del consumidor, la calidad del producto o el desarrollo tecnológico y social. Desde sectores liberales se dirá que la solución a eso es más mercado. Claro, como sólo llevamos cincuenta años o más no tenemos ejemplos claros de que el mercado no funciona sin un Estado que lo compense. Las empresas tienden, como la naturaleza, a imponerse unas sobre otras en función de su fuerza, rapidez y recursos. La competencia real sólo existe en mercados en los que no existan barreras de entrada controladas por las empresas, y estos sectores son cada vez menos. Cualquier industria de peso requiere una cantidad de inversiones, de tecnología, de conocimiento que sólo empresas de gran tamaño pueden conseguir. Ergo, la competencia real no existe si el Estado no compensa este déficit. Hasta aquí podríamos encontrar paralelismos con el pensamiento liberal, pero me temo que las soluciones que daríamos a este problema no son las mismas. Ante el mercado disfuncional y desequilibrado, la solución para el equilibrio consiste en crear un poder público eficiente que sirva de contrapeso al desmesurado poder oligopolístico de las empresas. No en crear otros monopolios privados que pensarán en el beneficio económico por encima del social. La clave es, por lo tanto, encontrar un equilibrio entre poderes privados y públicos que permita la existencia del beneficio privado, pero manteniendo el cuidado al consumidor y a la sociedad como motor principal del movimiento económico social. Y eso es algo que las empresas privadas no son capaces de hacer. Todos conocemos casos de avances tecnológicos que han sido frenados aduciendo que no generan beneficios, pero, ¿beneficios para quien? ¿Para la sociedad o para las empresas? ¿Disponer de energía casi gratuita no beneficia a la sociedad? ¿O comida barata en todo el mundo? ¿O redes inalámbricas de conexión a Internet gratuitas? ¿O alagar la esperanza de vida cinco o seis años más? Todas esas tecnologías están al alcance de la mano, de nuestra mano, pero no podemos tenerlas, porque no nos dejan. Los grandes movimientos de agricultores presionan al Estado para que cierre las fronteras a alimentos baratos, las empresas de telefonía prefieren cobrarnos treinta o cuarenta o cincuenta euros al mes en lugar de proveer esta tecnología universalmente, las farmacéuticas prefieren mantener enfermos crónicos como vacas lecheras antes que curarlos. Las inversiones son costosas, desde luego, pero como se ha dicho hasta la saciedad el capitalismo, un sistema muy eficaz, pero desde luego no el que más, no permite la eficiencia. El sistema de empresas provee tres o cuatro redes de telefonía móvil, más dos o tres tendidos de cable, más otros dos de fibra óptica, más la venta de redes wi-fi, TDT, etc. En lugar de aunar en uno sólo todos los sistemas, prefiere duplicar, triplicar o multiplicar las inversiones creando una ineficiencia que, en aras de la competencia, malgasta recursos de forma bochornosa. El liberalismo empresarial consiste, en la actualidad, no hablo sobre los modelos de papel que se defienden desde páginas y think tanks por defensores que no han pisado una empresa privada en su vida, el liberalismo, decía, consiste en que diversas empresas se reparten un mercado por el que compiten, pero en el que nunca van a hacer los movimientos necesarios para echar a las demás del mercado, porque eso supondría perder beneficios. Pero tampoco pueden entrar nuevos jugadores porque las barreras de entrada son muy grandes. Y el mismo sistema mantiene esas barreras de entrada que impiden acceder a él. Si una empresa quiere entrar, por ejemplo, en la telefonía móvil, es el Estado quien debe promover las tarifas que permitan alquilar la red, como pasó con Internet, como acaba de ocurrir con las compañías virtuales de telefonía móvil. Decidme, por favor, qué eficiencia hay en crear cinco veces la misma infraestructura. Como buen pesimista, creo en la doble, y la triple redundancia. Pero esto es ridículo. Se achaca al Estado ineficiencia, y se dice que el mercado es elegante. Decidme, repito, que hay de elegante en crear varias veces la misma cosa para hacer lo que se puede hacer con una. Si por lo menos hubiese innovación, si por lo menos alguna hiciese algo distinto, pero las que lo hacen son las menos, porque el liberalismo no cree en el desarrollo tecnológico, sino sólo en el económico y en los beneficios (que, por otra parte están desvirtuados al no incluir en ellos el coste medioambiental y social). Por que el único progreso en el que se cree desde la empresa es el que permite nuevos productos que generen ingresos escalonados. No hay interés en traer ningún gran cambio porque eso supondría establecer inestabilidad a un sistema que dominan. Imaginemos por ejemplo una empresa que apuesta por la tecnología del hidrógeno y la implanta, creando automóviles baratos y completamente limpios, que además gastan mucho menos. ¿Qué ocurriría en el sector del automóvil? No lo sabemos, por eso nadie lo hace. Por eso tenemos que esperar a que se encarezca el petróleo, o se agote (es decir, décadas), para que todo el parqué de automóviles se cambie, y mientras seguiremos quemando recursos naturales, contaminando el medio ambiente, y destrozando uestra salud. Eficiencia dicen. No son las empresas, ni el liberalismo en su conjunto, las que velan por los consumidores. Es su tan denostado Estado el que durante todos estos años ha proveído de las normativas, leyes y recursos necesarios para que las empresas crezcan y ganen dinero. Y el que debe evitar, en el futuro, que existan monopolios y oligopolios que conformen lobies que impidan el fomento de la tecnología y el progreso social y humano. Las empresas no creen en el liberalismo, sólo lo usan. Es curioso como, para hablar de tecnología hay que acabar hablando de las empresas, pero no como los grandes proveedores tecnológicos, que sin duda lo son. Sino en su vertiente más oscura la que impide el progreso real, ofreciendo las migajas de una innovación que no nos hace más libres, sino sólo igual de consumistas. Las empresas comienzan a invertir en nanotecnología, biotecnología y en Inteligencia artificial, los estados en Fusión e industria aeroespacial. Todas ellas áreas de desarrollo tecnológico que crearán grandes revoluciones en el futuro, y nuevas interacciones se crearán, que conducirán, si mantenemos el estado actual de las cosas, a una explotación de estas tecnologías exclusivamente por parte de empresas privadas. ¿Podremos encontrar el equilibrio ya mencionado para que las empresas obtengan sus beneficios y al mismo tiempo estas tecnologías calen en la sociedad creando mejoras ostensibles en la calidad de vida de las personas, en el medioambiente y en las perspectivas de futuro de nuestros hijos? De otra forma, volveremos a estar como estamos ahora. Con grandes avances tecnológicos como internet, como el Wi-Max, o Google en todas sus variadas formas, y con movimientos que impiden la difusión cultural, como las demandas contra esta última empresa que pretendía ofrecer al público millones de libro gratis. Con empresas que evitan deliberadamente el desarrollo tecnológico, a pesar del paraíso que podríamos construir si encontrásemos un sistema más eficiente. ¿Podremos hacer que la tecnología sirva al Pueblo? ¿Qué lo haga verdaderamente libre? ¿Qué nos proporcione los medios para mantener limpio el medio, crear una riqueza sin igual y eliminar las carencias básicas que atenazan a tres quintas partes del mundo? ¿O podrán evitarlo de nuevo?
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| Escrito por Francisco Agenjo | |
| lunes, 15 de mayo de 2006 | |
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