| La izquierda y la transformación |
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Revolucionario idealista, intelectual de salón, soñador trasnochado, conformista hipócrita… cuántas cosas y tan contradictorias entre sí hemos sido, cada uno de nosotros, alguna vez a los ojos de los demás.
Hoy, cuando para la mayoría de los habitantes del “mundo occidental” todas las necesidades básicas materiales pueden ser saciadas al instante, ser de izquierdas o de derechas es prácticamente lo mismo que sentirse parte de un equipo deportivo u otro. La motivación principal de estas personas no es la ideología, ni la solidaridad ni la fraternidad, váyanse a creer, sino la autocomplacencia. Sentirse bien con uno mismo respetando las ideas en un plano teórico, eso es lo que hoy importa. Ahí está el intelectual de izquierdas, autoproclamado revolucionario, que año tras año acude al mismo congreso a dar conferencias magistrales en las que analiza los problemas del mundo y, si apetece, propone alguna que otra alternativa. No hará nada más, pero se sentirá bien consigo mismo. Bonitas palabras que se escuchan y leen, pero faltas de un interés posterior en dar pasos firmes en la práctica. Estudiantes, profesores, asalariados… todos los sectores tienen representantes en este, tan expandido y común, sentimiento de autosatisfacción. Escondido, por otra parte, bajo excusas en forma de críticas, cómo no, que consideran a la acción práctica como utópica, irreal, fantasiosa o idealista. Si queremos una izquierda que no sea parte de un espectáculo desolador, el de la vergüenza del mundo civilizado, necesitamos que este sentimiento egocéntrico sea anulado al completo. ¿Dónde está la barrera entre este conformismo de izquierdas y la acción de izquierdas? Pues en la transformación real, es decir, en el momento en el que se modifican las bases estructurales que dan origen a un problema determinado. Esa persona que a sí misma se considera de izquierdas, porque o bien es republicana, comunista, o incluso anarquista, si no tiene como objetivo esta transformación real, no es sino parte de un espectáculo que ella misma critica. Obviamente es necesaria la lucha teórica y la formación intelectual, pero es igualmente evidente que de por sí solas no sirven de nada. Complementemos la contemplación con la transformación, que ya se olvidó esta básica premisa. No es mi intención limitar el concepto político de izquierdas a lo estrictamente revolucionario, sino demostrar que lo que no está guiado por una motivación de transformación no es sino una farsa con la que uno se puede sentir realizado. Todavía no hemos asumido que somos resultado del cosmos, de la naturaleza y de la vida, y que nuestras diferencias son culturales, mentales y de conciencia. Si observamos sólo en lo superficial, veremos únicamente diferencias entre nosotros. La persona de izquierdas debe saber ver más allá, en lo profundo. Abandonar ese estúpido racionalismo que nos condena a la separación. Tal vez así el sufrimiento ajeno comience a ser parte de nosotros y el espectáculo del que formamos parte, todos, sea visto como un crimen.
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| Escrito por Alberto Garzón | |
| martes, 30 de mayo de 2006 | |
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Revolucionario idealista, intelectual de salón, soñador trasnochado, conformista hipócrita… cuántas cosas y tan contradictorias entre sí hemos sido, cada uno de nosotros, alguna vez a los ojos de los demás.







